En “La ceguera”1, Borges dice que a lo largo de sus muchas pláticas ha observado que “se prefiere lo personal a lo general, lo concreto a lo abstracto… La gente siempre espera confidencias y yo no tengo por qué negarle las mías”. Supondré que la observación es aplicable a todas las personas y a todas las circunstancias y que puedo empezar contando una historia propia que define en gran parte mi relación con Borges. Durante casi cuarenta años viví con un escritor declaradamente borgeano, Álvaro Uribe; fue por él que leí a Borges por primera vez y también fue por él que lo vi en 1983, cuando asistimos juntos a una conferencia suya en París, en el Collège de France. Recuerdo que el auditorio estaba repleto y que Álvaro y yo logramos colarnos por una puerta de servicio y sentarnos tras bambalinas en unas sillitas medio incómodas, del lado derecho de Borges, lo cual nos impidió verlo de frente, aunque nos permitió contemplar el panorama entero y escucharlo a él de cerca. Recuerdo las manos de Borges moviendo el bastón como si hubiera sido una palanca. Recuerdo mi angustia cuando se le atoraba alguna palabra en la punta de la lengua. Recuerdo cuánto me preocupaba que alguien se riera o se burlara de él.
Ahora –gracias a la grabación que existe en YouTube– sé que la conferencia fue el 12 de enero, que estaban Henri Michaux, Raymond Aron, Claude Gallimard y que el anfitrión y moderador fue Yves Bonnefoy. Borges habló en francés sobre el tema amplio de la creación poética. Dijo que la memoria está hecha de olvido, que en términos literarios la infelicidad es más provechosa que la felicidad y anunció, extraña e innecesariamente, que sus mejores libros son El informe de Brodie, La cifra, El libro de arena, y que los otros podían ignorarse sin problema alguno. El acto, incluyendo las numerosas preguntas del público –a quien Borges le prometió una sola cosa: la sinceridad–, duró poco menos de una hora. Lo inesperado y maravilloso, para mí, ocurre –en el presente de la grabación– a partir del minuto 25 con 23 segundos, cuando aparece Álvaro en la esquina izquierda de la pantalla, sonriendo, aplaudiendo, platicando conmigo, me imagino, aunque yo permanezco invisible. Luego la cámara se enfoca de nuevo en Borges y a veces en Bonnefoy, que lo ayuda con los micrófonos. Una mujer le pregunta sobre la pintura, un hombre sobre el cine. Borges responde con gentileza, sin hacer alusión al hecho de que perdió la vista casi por completo en 1955 y, por lo tanto, no puede ver pintura ni cine. Alguien le pregunta si vive en una torre de marfil y Borges se exalta, mueve aún más el bastón, y lo niega dando ejemplos de su compromiso con la actualidad política. Las luces son muy tenues y amarillas, como lo eran, creo, en esa época. Borges tiene 83 años. Faltan solo tres para su muerte.
Entre Álvaro y sus amigos, Borges –en menor medida, Cortázar, Rulfo, García Márquez– era en ese entonces el autor más admirado, más citado, más imitado, y yo, aprendiz, escuchaba con atención las discusiones y procuraba ponerme al día con los textos. Habré leído casi todos los libros suyos que había en el departamento donde vivíamos (salvo las obras en colaboración) y habré expresado mi asombro con timidez, pues sabía que me faltaba una pieza clave para descifrar ciertos mecanismos, especialmente en los cuentos. Era capaz de seguir las tramas –no contienen una sola frase, aun de transición, que no sea bella, lúcida, conmovedora, paradójica–, pero la resolución fantástica, por decirlo de manera rápida, superficial, se me iba a menudo de la cabeza como “agua en el agua”, según la imagen de Borges en “La otra muerte”. Me acostumbré a los saltos en el vacío y me di cuenta de que no tenía que descifrar, sino solo recordar, pues hacerlo era la prueba de que yo ya estaba en la orilla opuesta, ya había cruzado la “vasta llanura” bajo el “blanco sol” y los misterios restantes los podría solucionar reconstruyendo los acontecimientos; no exactamente con las mismas palabras, como “Pierre Menard, autor del Quijote”, pero sí con las semejanzas suficientes para que se reconociera mi aptitud al utilizar el vocabulario –los sustantivos, por lo pronto– de ese conocimiento: laberintos, espejos, sombras, aljibes, sueños, pesadillas, bibliotecas, tiempo, espacio, ruinas, destino, luna, espada, tigres, hexámetros, metáforas, mapas, eternidad, infinitos.
“Me acostumbré a los saltos en el vacío y me di cuenta de que no tenía que descifrar, sino solo recordar, pues hacerlo era la prueba de que yo ya estaba en la orilla opuesta”.
En mi relectura reciente e intensiva de Borges he comprobado con desánimo que aún me falta aquella pieza clave y que no es externa; no la voy a encontrar hurgando en los cuentos, sino que corresponde a una falla en la forma de mi inteligencia. Podría consolarme con una cita de Borges: “Todas las formas tienen su virtud en sí mismas y no en un ‘contenido’ conjetural”, y concluir que el mecanismo estético no funciona como debería, según los pasos que la trama propone desde un inicio. O podría argumentar que yo prefiero el realismo; nací, de acuerdo con la acepción que Borges le atribuye a Coleridge, aristotélica, no platónica. Me costaría trabajo explicar someramente en qué consiste la diferencia básica. Borges la resume así: los platónicos “intuyen que las ideas son realidades”, los aristotélicos, que son “generalizaciones”. Lo cual significaría que he desarrollado una teoría del mundo y la sostengo ante cualquier disyuntiva y, si no embona, entonces peor para el mundo. Sin embargo, no está en mi naturaleza ese tipo de disciplina, de autoridad o de fe. Suelo ir caso por caso, y en el de los cuentos de Borges –incluso algunos de mis predilectos: “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” o “Funes el memorioso” o “El milagro secreto” o “El Sur” o “El Aleph”–, me toca lidiar con un desconcierto intimidante y con la sensación incómoda de que soy una impostora. Para recuperar la brújula con la que suelo leer y alejarme del vértigo conceptual, me abstraigo del procedimiento y me fijo solo en los desenlaces. Los doy por confirmados y, sobre todo, por inevitables. Si Borges indica que en las regiones más antiguas de Tlön es frecuente la duplicación de los objetos perdidos, lo acepto como una consecuencia lógica del inicio del cuento, donde se establece la conjunción de un espejo y de una enciclopedia. Cuando resulta, además, que el objeto perdido es un lápiz, se esfuma cualquier sospecha. En mi casa, el lápiz que perdí en la noche mientras leía en la sala lo encuentro hoy en la cocina. Borges escribe que el segundo lápiz no es menos real, pero se ajusta más a la expectativa. Ha de ser por la anticipación de la búsqueda. No ignoro que habrá un tercer lápiz y que será probablemente más largo. La perspectiva me entusiasma porque Borges me informa que en Tlön predomina el idealismo.
François Mitterrand impone la Legión de Honor a Jorge Luis Borges, 19 de enero de 1983, Palacio del Elíseo, París.
No separo los ensayos y poemas de los cuentos, pero sí de mi experiencia al leerlos, mucho más simple en la medida en que no me veo obligada a desentrañar acertijos. Estoy convencida de que Borges es un ensayista incomparable; su versión del género está determinada por una extraordinaria inteligencia que razona en modo dubitativo, siempre próximo al relato y a la poesía. El siguiente fragmento de “Nueva refutación del tiempo” es una buena muestra:
cada vez que atravieso una de las esquinas del sur, pienso en usted, Helena; cada vez que el aire me trae un olor de eucaliptos, pienso en Adrogué, en mi niñez; cada vez que recuerdo el fragmento 91 de Heráclito, No bajarás dos veces al mismo río, admiro su destreza dialéctica, pues la facilidad con que aceptamos el primer sentido (“El río es otro”) nos impone clandestinamente el segundo (“Soy otro”) y nos concede la ilusión de haberlo inventado…
A los lectores nos ofrece opciones: si no se advierte el equilibrio, al menos se garantiza la pasión, la ironía, la intimidad. En Tlön la metafísica es una rama de la literatura fantástica. Los ensayos de Borges elevan esta equivalencia a un arte mayor y no cometen la banalidad de establecer conclusiones. En el juego que plantean –donde el escepticismo es una herramienta que el autor usa en su propia contra–, todas son posibles y coexisten. Poco importa que al final termine prevaleciendo la mera sensatez: “El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”.
En alguna conferencia (quizá la que presencié en 1983), Borges declaró que la poesía es más fácil que la prosa porque no tiene que obedecer reglas de continuidad. Con modestia melancólica –otro de sus dones o estrategias–, confiesa en el prólogo de La cifra su derrota Peculiar: “He comprendido que me está vedado ensayar la cadencia mágica, la curiosa metáfora, la interjección, la obra sabiamente gobernada o de largo aliento. Mi suerte es lo que suele denominarse poesía intelectual”. Se podría armar una selección de poemas que contradiría esa humildad tan hermosamente formulada, en la que solo se sostiene lo del largo aliento. Pero para fines de mi breve argumentación la voy a tomar como cierta y voy a añadir que la poesía de Borges es reiterativa, lo cual no considero un defecto, pues cada repetición se interpreta de modo diferente según el contexto y se asemeja entonces a un hallazgo. Señalo, además, una característica distintiva: nunca miente o, para no meterme en los vericuetos de la mentira que presupone una verdad, nunca provoca incredulidad:
Recordar el patio de tierra y la parra, el zaguán y el aljibe.
Haber heredado el inglés, haber interrogado el sajón.
Profesar el amor del alemán y la nostalgia del latín.
Haber conversado en Palermo con un viejo asesino.
Agradecer el ajedrez y el jazmín, los tigres y el hexámetro. […]
No ser codicioso de islas.
No haber salido de mi biblioteca. […]
Haber enseñado lo que no sé a quienes sabrán más que yo. […]
Haber urdido algún endecasílabo.
Haber vuelto a contar antiguas historias.
Haber ordenado en el dialecto de nuestro tiempo las cinco o
seis metáforas. […]
Ser ciego.
Ninguna de esas cosas es rara y su conjunto me depara una fama que no acabo de comprender.
“He comprendido que me está vedado ensayar la cadencia mágica, la curiosa metáfora, la interjección, la obra sabiamente gobernada o de largo aliento. Mi suerte es lo que suele denominarse poesía intelectual”, JORGE LUIS BORGES.
Ricardo Piglia insiste en que debe hacerse hincapié en lo obvio: Borges no salió de la nada, como una especie de fenómeno caído del cielo que de repente, de un día para otro, comenzó a ser el extraordinario escritor Jorge Luis Borges: “La perfección es tal que uno tiene que pensar que fue descartando una gran cantidad de cosas que no le gustaban para llegar a eso que parece un milagro por momentos”2. ¿Qué escritor o escritora no descarta y corrige y reescribe y aun así no consigue acercarse a ningún tipo de perfección? En “Leo a Biorges”3 , Álvaro Uribe postula que “como pocos escritores en el siglo XX, como acaso ningún autor reciente en lengua española, Borges fue capaz en grado sumo de crear belleza… de modificar y enriquecer la idea consabida de lo bello en la literatura”. No pongo en duda la deliberación. Si bien Borges afirma en el prólogo de Elogio de la sombra que no posee una estética, admite que el tiempo le “ha enseñado algunas astucias”. Cuando procede a enumerarlas no son insignificantes:
eludir los sinónimos, que tienen la desventaja de sugerir diferencias imaginarias; eludir hispanismos, argentinismos, arcaísmos y neologismos; preferir las palabras habituales a las palabras asombrosas; intercalar en un relato rasgos circunstanciales, exigidos ahora por el lector; simular pequeñas incertidumbres, ya que si la realidad es precisa la memoria no lo es; narrar los hechos (esto lo aprendí en Kipling y en las sagas de Islandia) como si no los entendiera del todo.
En el ensayo que ya cité, “La ceguera”, Borges sugiere que “para los propósitos de esta conferencia debo buscar un momento patético”, en el sentido más profundo, no lastimero, del término; es decir, una empatía que despierte el deseo de identificarse por la vía indulgente de los sentimientos. Puede suceder que, al leer a Borges, al escucharlo, uno se perciba semejante. Yo confío en que se note su influencia en cómo pienso, cómo leo, cómo escribo. Me cuido de usar sus adjetivos –de veras ya son de él– pero no de estudiar sus paradojas, sus conjeturas, la estructura y el ritmo de sus párrafos, el matiz ingenuo, casi nervioso de su erudición.
En “La divina comedia”, el primer ensayo (o conferencia) de Siete noches, Borges señala, citando a Robert Louis Stevenson, que el encanto es una “de las cualidades esenciales que debe tener el escritor. Sin el encanto, lo demás es inútil”. El comentario no deja de ser vanidoso –Borges se sabe encantador– y exagerado: excluye a una cantidad enorme de grandes escritores y escritoras. Mi lista de los que poseen esa cualidad esencial es muy corta. Borges ocupa el primer lugar. No sé todavía a quién colocar en un lejano segundo.
1 Última de la serie de conferencias que impartió Borges en Buenos Aires en 1977, recopiladas en un volumen con el título de Siete noches, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1980.
2 Borges por Piglia, Eterna Cadencia. El libro reúne las cuatro clases que dio Piglia en la TV Pública argentina en 2013.
3 El ensayo está en el libro del mismo título que se publicó en Tusquets en 2012. “Biorges” alude al Borges de Adolfo Bioy Casares.