Fernando Savater, 2015. Fotografía (modificada): Greg Salibian.
32
Literatura

Fernando Savater: “México para mí ha sido mi segundo país”

Fernando Savater y Ricardo Cayuela Gally conversaron en Aranjuez a invitación de la asociación civil Aranjuez Crea Cultura. En este diálogo, el autor de Ética para Amador, reflexiona, con un “sentimiento cómico de la vida”, sobre la educación, la democracia, el sentido de la existencia, la libertad y la ciudadanía. “La alegría es aligerar. Y está vinculada al origen de la filosofía, que es también aligerar el peso de la vida”, afirma el filósofo.


Por Ricardo Cayuela Gally

La presente entrevista es un fragmento de una conversación sostenida entre el autor y Fernando Savater en Aranjuez (Madrid, España), como parte de las Bla Sesiones organizadas por la asociación civil Aranjuez Crea Cultura, encabezada por los artistas Raquel Mora y Santiago Martínez Peral, y con el título de “Ética, ciudadanía y educación”.

Fernando Savater (San Sebastián, 1947), figura fundamental de la intelectualidad española, piensa los asuntos desde la más absoluta libertad. Si uno espera de él una lección ideológica, una mirada de la tribu, un aplauso fácil sobre cualquier tema en discusión, no lo va a encontrar. Lo que hay es un hombre libre que piensa, dice y hace lo que cree mejor en cada momento. Y esto, por raro que nos parezca, le ha costado a lo largo de su vida muchos sinsabores, incluido ser un filósofo que tuvo que llevar escolta en el peor momento de la lucha contra el terrorismo vasco, porque para ETA era un objetivo prioritario. Querer matar a Fernando Savater es algo inconcebible, igual que es increíble que eso haya sucedido en España y que haya gente hoy que lo olvide.

La filosofía nació como las preguntas que se hace la gente común y corriente sobre la vida, no como una disciplina académica, sino como una necesidad humana. Es decir: ¿de dónde venimos?, ¿quiénes somos?, ¿por qué estamos aquí?, ¿estamos condicionados o existe el libre albedrío?, ¿es posible la justicia o no?, ¿y la libertad? En el mundo clásico, era una conversación entre ciudadanos. Luego, la filosofía se volvió una disciplina académica, muchas veces obtusa y cerrada sobre sí misma. Savater pertenece a la estirpe clásica y representa el regreso al origen de la filosofía, la que hacen los simples ciudadanos preguntándose sobre el sentido de la vida.

 

“Si uno resume el conjunto de las preocupaciones de Fernando, lo que descubre es que hay un enorme interés por el ser humano y sus inquietudes, por la libertad y sus enemigos, por la felicidad y sus adversarios”.

 

Para él, estamos “condenados a ser libres” en tanto que tenemos capacidad de elección. Yo puedo decidir una cosa o la opuesta, decir que sí o decir que no. En ese sentido, Savater es un filósofo de la libertad, firme creyente, además, en la felicidad como una virtud moral.

No estoy seguro de que el propio Fernando se acuerde de los títulos de todos sus libros y, desde luego, no en el orden en que los ha ido publicando. Y no por desdén a cada libro, sino por la prolijidad de alguien a quien se le dan en abundancia los bienes. Ha sido un pensador que va desde lo más excelso –ahí está su Diccionario filosófico o su papel de intérprete de la obra de Nietzsche, Schopenhauer o Santayana– hasta un pícaro creador de novelas infantiles y libros de aventuras. Y en medio, una obra que oscila entre la ficción –es novelista y dramaturgo– y el ensayo, en muy distintas escalas y niveles. Si uno resume el conjunto de las inquietudes de Fernando, lo que descubre es que hay un enorme interés por el ser humano y sus preocupaciones, por la libertad y sus enemigos, por la felicidad y sus adversarios.

Ricardo Cayuela Gally. En tus primeros libros tienes una visión muy crítica del Estado, una lectura casi diría anarco-libertaria del mundo. ¿Por qué se forma eso? ¿Y cómo te alejas de esa visión? O quizá no te has alejado del todo.

Fernando Savater. Muchas gracias, buenas tardes. Estoy encantado de estar, primero, en una asociación cívica y que no sea una cosa académica. Me gusta mucho hablar con gente que no está obligada a escucharme, porque durante mucho tiempo la mayoría de los predicadores cultos hemos hablado a públicos que no tenían más remedio que aguantarnos. Un profesor de universidad, sea en la época de Santo Tomás de Aquino o ahora mismo, habla para un público que no tiene más remedio que escucharle si quiere aprobar a fin de curso. Ese público está cautivo. Y el párroco que dice misa el domingo habla a un público cautivo, que no va, por cortesía, a levantarse e irse cuando empieza el sermón. En general, la mayoría de los que han hablado con un cierto engolamiento de la voz hablan a públicos cautivos, que no se pueden escapar.

Fue en el siglo XVIII cuando algunos pensadores como Voltaire o Diderot empezaron a hablar a gente que no tenía obligación de escucharles. Voltaire, por ejemplo, que es un poco el primer columnista que hubo en el mundo, escribía para gente que no tenía por qué escucharle, porque no iba a sacar nada. No ibas a aprobar una asignatura, ni a ir al cielo ni nada por escucharle voluntariamente. Más bien todo lo contrario. Voltaire logró hablar para la gente que realmente quería “conquistar” al hablar. Los grandes salones del XVIII, tan interesantes, llevados normalmente por una dama –Madame du Deffand, Madame Geoffrin, Madame de Sévigné–, estaban basados en la seducción intelectual, en ganarse el derecho a ser escuchados libremente. En aquella época estaba muy de moda la filosofía de Newton. No vamos ahora a elogiar a Newton, que es uno de los grandes genios de la humanidad y su filosofía es fundamental, pero no todos estaban apasionados porque les hablaran de Newton. Voltaire quería hablar de esos temas importantes, pero tenía que revestirlo de una cierta gracia para que quien no tenía obligación de escuchar, escuchase. A lo mejor entre ustedes hay muchos físicos que saben mucho de la filosofía de Newton; yo desde luego no sé nada. La única cosa que sé de Newton es eso de la manzana que se cae del árbol y a partir de ahí llega la teoría de la gravedad y todo lo demás. Bueno, eso no pasó nunca. Eso se le ocurrió a Voltaire para explicar mejor lo que eran las teorías de Newton. 

 

“A mí me han gustado siempre los públicos que no tienen obligación de serlo, sino que están porque les interesa perfeccionar un poco su ciudadanía”. FERNANDO SAVATER

 

A mí me ha gustado siempre, como a Voltaire, como a Diderot –salvando naturalmente las distancias del talento–, hablar para la gente que no tiene obligación de escucharme. Una columna de periódico, nadie tiene obligación de leerla. Tú sabes que te leen porque tienes cierta gracia, como decía Voltaire, que introducía el humor como un cebo para que la gente picase y leyese la columna. El humor era como la cucharada de miel que Mary Poppins pone para que la gente se interese por lo que cantaba y decía. Y a mí me han gustado siempre los públicos que no tienen obligación de serlo, sino que están porque les interesa perfeccionar un poco su condición cívica. Ustedes, supongo, forman Aranjuez Crea Cultura porque quieren ser ciudadanos un poco más perfectos, un poco más completos de lo que les toca habitualmente. Y eso creo que es muy importante y muy elogiable: los ciudadanos que están empeñados en perfeccionar su ciudadanía.

Fernando Savater, 2015. Fotografía: Luiz Munhoz.

 

Cayuela es muy amigo mío. Lo hemos pasado muy bien a un lado y a otro del Atlántico. Y habrá que excusarle por ello sus disparatados elogios. Ahora encima se remonta a mis tiempos anarquistas, imagínense. Yo ya, evidentemente, no tengo mucha edad para ser anarquista, porque para el anarquismo hay que tener una salud de hierro y yo, francamente, ya estoy un poco en la cuesta abajo. Una cosa que me gustaba de los anarquistas es que ellos podían darse órdenes a sí mismos. No necesitaban alguien de fuera que les diera las órdenes. Los anarquistas no hacían cualquier cosa. Al contrario, eran personas muy ordenadas, muy serias, muy trabajadoras. Pero eso lo hacían sin que nadie les ordenase hacerlo. Lo que les molestaba es que hubiera un capataz dándoles órdenes. Y a mí siempre me ha molestado la idea de que alguien tiene que hacer algo por la fuerza.

Cuando hice la mili [el servicio militar obligatorio, hoy desaparecido en España], como había tenido ciertos problemas con la justicia en su época, no me dejaron hacer el servicio militar de los alféreces provisionales, que eran los jóvenes universitarios. Me tocó la mili corriente y vulgar. Y siempre me asombraba que cuando nos reunía en el regimiento el sargento Jofré –que Dios tenga en su gloria– decía: “¡Firmes! ¡Saluden como un solo hombre!”. Yo pensaba: “Pero ¿por qué tenemos que ser como un solo hombre, si somos muchos? Podemos hacerlo como si fuéramos 350 hombres, que es lo que somos”. La idea de tener que hacerlo todo unánimemente, la verdad es que me molesta bastante.

 

“Yo soy una persona bastante disciplinada. Pero obedecer a una orden venida desde fuera no me da la gana”. FERNANDO SAVATER

 

Cuando estaba en la Facultad de Filosofía, todo el mundo era o comunista o becario. Todo el mundo tenía obligaciones. Y había un pequeño grupo que denominábamos “ácratas”, que no teníamos esas obligaciones y que no nos gustaba obedecer. Pero no porque fuéramos especialmente desordenados ni cosas por el estilo. Al contrario. Yo soy una persona bastante disciplinada. Pero obedecer a una orden venida desde fuera no me da la gana. En aquella época yo pasaba por ácrata y escribía cosas incendiarias. Y me metieron en la cárcel, claro, como suele pasar. Fue una época divertida, pero ahora me horroriza un poco recordar las cosas que yo pensaba. Afortunadamente, nadie me hizo caso. Y se me pasó con el tiempo. Tengo la excusa de que vivíamos en una dictadura. De modo que hay algunas cosas ahí de las que escribí que pueden tener cierta gracia, pero no me obligues a releerlas.

Fernando Savater, 2011. Fotografía: Gonzalo Merat.

 

Hay una leyenda, Fernando, que dice que querías publicar tu primer libro y lo que te parecía importante era ir a ver al editor y contarle la obra que ibas a escribir, y cuando llegaste con el editor, te diste cuenta de que tenías que llevar una obra ya escrita y le dijiste: “Se me olvidó. Te la traigo el lunes”. ¿Es cierto eso?

Sí, así fue. Vivíamos en la calle General Mola, como se llamaba entonces Príncipe de Vergara, y yo bajaba andando por la plaza del Marqués de Salamanca hasta el colegio del Pilar, que era donde estudiábamos mis hermanos y yo. Cuando vinimos de San Sebastián, yo tenía 13 años, y siempre pasábamos por la plaza del Marqués de Salamanca, y veíamos allí un edificio muy bonito, que está todavía, donde estaba la sede de Taurus, la única editorial que yo sabía que existía. Y ahí me dijeron que estaba como director Jesús Aguirre, que era un cura, que luego –lo cual tiene cierto mérito– llegó a ser duque de Alba, cosa que no todos los curas llegan a ser. Y tenía muy mala fama. Tenía fama de que era antipático, arrogante, que trataba mal a la gente. Con toda ingenuidad, un día me metí ahí aunque no conocía absolutamente a nadie. Con gran tranquilidad entré, dije que quería hablar con el director, me metieron en su despacho y le conté de mi libro. Un libro de filosofía sobre el nihilismo contemporáneo y cosas por el estilo. Jesús me miraba con cara de susto y no me decía nada, hasta que por fin dijo: “Déjame el libro, ya lo leeré”. Y entonces me acordé de que no tenía ningún libro. Lo había escrito en mi cabeza, pero no estaba en ninguna parte. Entonces le dije: “Bueno, lo traeré el lunes que viene; es que tengo que perfilar algunas cosas aún”. No había escrito una línea. Y en siete días lo escribí, lo llamé Nihilismo y acción, y fue mi primer libro. Jesús Aguirre, en vez de ser tan feroz como decían, a mí me trató estupendamente. El libro le encantó. Aunque me hizo algunas sugerencias: “Deberías quitar esto, deberías cambiar aquello…”. Yo sobre todo estaba admirado de que se lo tomase en serio. En vez de tirarme el libro a la cabeza, lo editó y lo publicó. Ha sido el único libro que me ha hecho ilusión tener en las manos cuando salió y lo vi por primera vez. Y decir: “Esto es maravilloso”. Luego a todos los demás, ya más o menos te acostumbras.

Eso fue en 1970, ¿verdad?

En el setenta, sí. Al final de ese año empecé la mili y evidentemente no fue cómodo: venía con mal expediente, había estado en la cárcel. Tenía tan mala fama que el sargento de nuestro regimiento, que era un manitas y, por ejemplo, decía: “Os voy a enseñar a hacer una pistola con un bolígrafo”, de pronto me miraba y decía: “Tú vete, que eres muy leído”. Y es que se suponía que yo, si tenía un bolígrafo-pistola, iba a hacer algo malo.

El libro salió cuando yo empezaba justo el servicio militar, en Alcalá de Henares. Los fines de semana salíamos de paseo, y yo desde luego volvía completamente borracho. Entonces teníamos una taquilla y guardábamos ahí nuestras cosas. Yo tenía algunos libros. Uno de los días el sargento decidió hacer una revisión de nuestras taquillas, cosa alarmante. Y yo tenía mi libro, Nihilismo y acción. Y pensé: “Esto puede ser tremendo”. El sargento ve esto y me fusila. Lo metí detrás de otros libros, con la mala suerte de que el libro que quedó delante fue El coronel no tiene quien le escriba de García Márquez. Entonces el sargento metió la mano, cogió el libro, miró el título y dijo: “¿Cómo que el coronel no tiene quien le escriba? Todo coronel tiene quien le escriba”. Y por más que le decía que se trataba de otro coronel, él insistía en que nuestro coronel sí tenía quien le escribiese. Total, me dejaron el resto de la semana castigado, pero por lo menos no encontró Nihilismo y acción.

En esos primeros años, Fernando, tienes dos filósofos claves: Nietzsche y Cioran. Háblanos de tu relación con el primero.

Yo diría que Schopenhauer fue antes que Nietzsche. Mi madre había estudiado Filosofía antes de la Guerra Civil y, por la guerra, tuvo que interrumpir la carrera; y después de la guerra estudió Magisterio y ya no terminó la carrera de Filosofía. Pero había sido discípula del primer traductor que tuvo Schopenhauer. Lo primero que leí, porque me lo regaló ella (yo he sido muy devoto de mi madre; eso es lo corriente, pero yo un poco más de lo corriente), fue El mundo como voluntad y representación. Lo leí con 14 o 15 años. Y de ahí, por interés por Schopenhauer, leí a Nietzsche, que era su discípulo. Y efectivamente, durante una época no leía más que Nietzsche y Schopenhauer. Y luego un amor que me entró muy grande por Bertrand Russell. Esos fueron mis maestros de filosofía. Aunque lo que leía fundamentalmente era Salgari, Agatha Christie y Julio Verne, como una persona normal.

Y ahí, ¿cuándo se cuela Cioran, que fue una figura que quisiste mucho?

A Cioran lo conocí porque entonces leía todas las semanas devotamente Le Monde. Por cierto, aprender francés fue una de las suertes de mi vida. En San Sebastián pasábamos todas las semanas a Biarritz y yo me agenciaba los tebeos de Tintín en francés, pero mi madre no me los compraba si no entraba a la tienda y los pedía en francés. Me daba mucha vergüenza, pero no era cosa de quedarme sin Tintín. Y un día, en Le Monde des Livres, el suplemento cultural de Le Monde, apareció un artículo que se titulaba “Cioran: ¿es el diablo?”. Y yo dije: “Caramba, de alguien sobre quien se puede tener esta duda merece la pena interesarse”. Había una librería aquí en Madrid, pero a Madrid venía poco. Venía a ver a mis abuelos, pero no venía con frecuencia, y en la librería de Biarritz no tenían nada de Cioran. Por fin localicé un libro suyo en la librería Miessner, de la calle Serrano, que era donde yo encontraba los libros más difíciles de buscar. El libro de Cioran se titulaba La tentación de existir. Y a partir de ahí empecé a leer a Cioran, que no lo conocía nadie, por supuesto, en España, ni por caso en Francia, donde era muy poco conocido también. E incluso me empecé a cartear con él. Empecé a escribirle y él me contestó. Y así hicimos una amistad que duró 20 años.

Fernando Savater con el filósofo rumano Emil M. Cioran en los años setenta.

 

Otra amistad temprana de esa época fue la de Octavio Paz. ¿Qué fue para ti?

En mi segundo libro, La filosofía tachada, sobre qué es la filosofía y cosas por el estilo, le dedicaba un capítulo a un libro de Octavio Paz que siempre me ha gustado, y me sigue gustando muchísimo, El arco y la lira, sobre la poesía. Como cinco o seis meses más tarde, de pronto, para mi asombro, recibí una carta de Octavio Paz, enviada desde la Ciudad de México. Para mí era como si me hubiera escrito una carta el Espíritu Santo. Octavio, muy amable, me elogiaba el capítulo, me corregía alguna cosa y, a partir de ese momento, tuvimos una correspondencia muy fluida. Y la primera vez que fui a México, logré que El País me pagara el viaje para hacerle una entrevista a Octavio Paz. Fui, lo conocí, nos hicimos amigos, nos bebimos todo el tequila que había en el mundo. Yo llevaba una grabadora que me había comprado para la ocasión; nunca había tenido una grabadora en mi vida. Y le hice –o creí hacerle– la entrevista a Octavio. Y cuando llegué a Madrid me di cuenta de que la grabadora no había grabado absolutamente nada. Y claro, pensé: ¿Cómo les explico yo a los de El País, que me han pagado el viaje, que no he hecho la entrevista? Si lo llego a decir, a lo mejor me hubieran echado antes de los treinta y tantos años que estuve en El País. Pero, en fin, decidí que lo mejor era que yo me inventara la entrevista de arriba abajo. Y como más o menos sabía lo que pensaba Octavio de las cosas, me inventé la entrevista entera. Se publicó en El País con gran pompa y a mí me encantó. De hecho, en las Obras completas hay un volumen que reúne las mejores entrevistas que le han hecho en la vida y está la mía. Yo nunca me atreví a decirle que la entrevista me la había inventado entera. Solamente me pidió que pusiera una nota porque dijo: “Sabes, Fernando, he pensado mejor y eso que te dije de la OTAN ya no lo pienso”. “Ah, pues muy bien, lo corrijo”, le dije. Y yo pensaba: “No lo has pensado nunca, no lo has dicho nunca”.

 

“México fue la primera tierra americana que pisé. A mí México me pareció maravilloso. Yo lo pasé maravillosamente bien. Conocí gente estupenda. Fue una revelación”. FERNANDO SAVATER

 

No conozco muchos autores que sean parte escrita de las Obras completas de Octavio Paz, pero Fernando es uno. ¿Qué fue para ti ir a México? ¿En qué sentido te abrió puertas? ¿Cómo has vivido esa relación con América Latina?

México para mí ha sido mi segundo país. México fue la primera tierra americana que pisé. Tenía veintipocos años y realmente me fascinó. Siempre me ha fascinado América Latina. En aquella época todo el mundo quería ir a Bolonia y a Alemania a estudiar filosofía y yo solo quería ir a América. Yo creo que México es uno de esos países que o te entra dentro y no te lo quitas nunca, o te asustas y ya no vuelves. A mí se me metió adentro. Me encantaban las cantinas. No sé si siguen existiendo, pero en la puerta tenía un letrero: “Prohibida la entrada a perros, mujeres y militares sin graduación”. Todas las chicas que conocía uno en México, que yo procuraba conocer las más posibles, lo primero que te pedían, si querías que te hicieran un poco de caso, era que las metieras en la cantina. Y yo, gachupín, eso suena ya un poco sospechoso, y encima con una chica, pues te jugabas la vida cada vez que entrabas a tomarte un tequila. A mí México me pareció maravilloso. Yo lo pasé maravillosamente bien. Conocí gente estupenda. Fue una revelación. Y todavía ahora, que ya no viajo ni hago nada, a veces me despierto por las mañanas y digo: “Cómo me tomaría yo unos chilaquiles con unos huevos rancheros”.

Fernando Savater con Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, junio de 1987, Valencia.

 

El título de la mesa que nos convoca es “Ética, ciudadanía y educación”. Has ejercido la educación, has pensado sobre la educación, ¿por qué es tan importante? Además, tienes un clásico que todo el mundo conoce, Ética para Amador. Si tuvieras que invitar a alguien a pensar la disciplina de la ética o acercarse a la ética, ¿cuál sería tu invitación?

Mi interés por la educación también tiene que ver con México. El sindicato de maestros mexicano, que creo que es uno de los mayores, si no el mayor, sindicato de América Latina, celebraba no sé qué aniversario y decidió regalar un librito a todos los maestros de México, que eran miles. Y me pidieron escribirlo. De ahí nace El valor de educar, que hice originalmente para los maestros mexicanos.

 

Ética para Amador lo escribí con la idea de que pudiera ser leído por un chico de 14 o 15 años sin necesidad de un adulto que estuviera detrás indicándole lo que tendría que pensar. Mi hijo en ese momento tenía 15 años y se llama Amador.” FERNANDO SAVATER

 

Y bueno, Ética para Amador también fue un encargo. En el fondo, la mayoría de las cosas que he hecho, que luego no han resultado mal en mi vida, han sido encargos. Isaiah Berlin decía: “Yo soy como los taxis, solo voy cuando me llaman”. Pues a mí me pasa igual. Ética para Amador fue una petición de una amiga que era profesora de instituto en Barcelona, en un barrio un poco levantisco, conflictivo, con los típicos chicos malos de barrio. Me invitó varias veces y yo me entendía muy bien con ellos; se reían conmigo o nos íbamos a tomar algo. Y entonces me dijo un día: “Oye, ¿por qué no escribes un libro de ética?”. Se daba Religión en los colegios y cuando llegó el cambio político de la dictadura a la democracia, se introdujo la Ética. Pero la Ética no tenía ningún libro ni nada, simplemente te daban a elegir entre Religión o Ética. Y en Ética se leían periódicos, se hablaba de la píldora, del aborto o de la bomba atómica, pero no había ningún libro que explicara lo que era la ética. Esta amiga me lo pidió y yo escribí un librito con la idea de que pudiera ser leído por un chico de 14 o 15 años sin necesidad de un adulto que estuviera detrás indicándole lo que tendría que pensar. Hay música para adolescentes, cine para adolescentes, hay novelas para adolescentes, pero no ensayos. Intenté escribir un ensayo que unos adolescentes pudieran leer sin necesidad de que nadie les guiara. Mi hijo en ese momento tenía 15 años y se llama Amador. Bromeando un poco con el título de la famosa Ética para Nicómaco1 de Aristóteles, le puse Ética para Amador. Por cierto, aunque Nicómaco era el hijo de Aristóteles, no es una ética que Aristóteles de verdad escribiera para su hijo, sino que, en el ordenamiento de las notas que habían tomado los discípulos que escucharon a Aristóteles, le pusieron Ética para Nicómaco porque se les ocurrió ese título.

Mi libro funcionó. Podía no haber funcionado, pero funcionó. Y funcionó a todos los niveles. Yo me quedé asombrado. Ariel era una editorial pequeñita, de libros escolares. Sus grandes éxitos vendían no más de dos mil ejemplares. Y entonces editó esto y el libro se convirtió en un sorprendente bestseller. Vendió mucho más de un millón de ejemplares.

Cubierta de Ética para Amador de Fernando Savater, ensayo publicado por Ariel en 1991.

Mi hijo creo que no lo leyó completo hasta tarde, pero más o menos me hacía comentarios sobre él y yo le preguntaba cosas. Sobre todo le preguntaba sobre la forma de hablar. Y mi hijo, y un sobrino, que tenía un año menos, me hicieron algunos comentarios. Por ejemplo, en un momento del libro yo decía: “Esto es una birria”. Y ellos no habían oído esa expresión en su vida. Así me corrigieron algunas cosas, pero ya cuando empezaron a decir que querían cobrar derechos, les dije que la ética no llegaba a tanto.

Yo siempre he pensado que la gente tiene un motor interno que explica las acciones y las decisiones que va tomando en la vida. Fernando, ¿cuál es tu motor interno?

Yo soy una persona que ha tenido mucha suerte en la vida. He tenido una familia estupenda. He leído siempre libros, he tenido educación. He tenido una infancia abrumadoramente feliz. Me parece que algo hay que hacer para corresponder a lo que la vida le ha dado a uno. A mí me parecía que algo había que hacer. Sobre todo yo, que me dedicaba a dar clases de ética, de valores: uno no puede estar hablando de ética o de valores en un país donde están matando a la gente a su alrededor sin decir nada. Hay cosas que no se pueden hacer y yo lo entendí en un momento, porque hubo una época en que estábamos muy abrumados. Sobre todo, yo estaba preocupado por mi mujer. Cada dos por tres salía mi nombre entre los que ETA tenía en la mira. Y hubo un momento en que pensamos en irnos del País Vasco. Sara, mi mujer, me decía: “Bueno, ya hemos hecho lo que hemos podido y ahora que le toque a otro, no vas a estar tú siempre ahí”. Y lo estábamos pensando. Yo me paseaba por la playa de La Concha. Entonces tenía que llevar seis escoltas. Cuando salía a pasear, tenía que decir a dónde iba. Dos escoltas iban delante, dos me acompañaban a mí y dos iban detrás vigilando papeleras y tal. Y estando en la Concha, en esas circunstancias, se me acercó una señora y me dijo: “Ay, profesor, mientras le veamos a usted aquí, sabemos que no se han olvidado de nosotros”. Entonces entré y le dije a Sara: “No podemos irnos”.

Otro de los motores de tu vida ha sido el talante alegre, la capacidad de ver la vida en su aspecto positivo, la felicidad…

Mientras vivió Sara, fue así. Luego ya no.

Fernando Savater, 2001. Fotografía: Elisa Cabot.

Eso es cierto. Pero incluso en esas circunstancias has dicho que la alegría es un motor de la ética.

La alegría viene de ligereza. La alegría es aligerar. Y está vinculada al origen de la filosofía, que es también aligerar el peso de la vida. Y sí, la alegría es verdad que se tiene o no se tiene. Yo he sido muy ganso, como dicen en Navarra. Don Miguel de Unamuno tenía el “sentimiento trágico de la vida” y yo he tenido el “sentimiento cómico de la vida”. Lo que sucede es que se le pasa a uno al final. Hace tres años o cuatro me encontré con un joven de ya 40 años, que era hijo de un representante sindical de medicina que estuvo conmigo en la cárcel de Carabanchel. Y tras saludarme y contarme cómo estaba su padre, que llegó a ser un médico muy famoso en su época, me dijo: “Ay, siempre nos contaba lo que le hacía reír en la cárcel”. Es el mejor elogio, me parece.

Fernando Savater. Fuente: Instagram.

Siempre me ha sorprendido por qué fracasó la asignatura que habías planeado, propuesto y se había autorizado en España de Educación para la Ciudadanía, y me pregunto qué pasaría si esa asignatura existiese.

Siempre he creído que era una asignatura necesaria. En su día hicimos bastantes reuniones de profesores, padres, teólogos, un muy variopinto elenco. Nos reunimos varias veces para planear cómo debería ser esa asignatura, pero no llegamos a ninguna conclusión porque había muchos resquemores sobre la asignatura por el recuerdo de la Formación del Espíritu Nacional, que era una asignatura de la época del franquismo que estaba orientada a la exaltación de la Falange. Nadie compra un electrodoméstico sin que te vendan las instrucciones de cómo funciona. Y en cambio creemos que en la democracia podemos todos saber cómo funciona sin haber leído el folleto. Estamos viendo constantemente que la gente no sabe cómo funciona un tribunal, no sabe qué significa realmente la representatividad, en qué sentido los parlamentarios representan a los ciudadanos, etcétera. Y yo creo que todo eso es fundamental, es importante. Y no sería tan difícil hacerlo. De hecho, en Política para Amador intenté hacer algo parecido a lo que entendía que pudiera ser la Educación para la Ciudadanía. Pero después cada vez se fue torciendo más la cosa. Con el presidente José Luis Rodríguez Zapatero ya hubo unos planteamientos muy sectarios, adoctrinamientos intolerables, y ya poco a poco se fue perdiendo el interés por la asignatura, que yo creo que es una asignatura que interesa.

La democracia es un instrumento muy complejo, muy difícil, y requiere ciudadanos que la entiendan.

 Hoy todavía, cuando escuchas una tertulia en televisión o hablas con alguien, te das cuenta de que la mayoría de la gente no sabe cómo funciona el país. Los jueces pueden ser buenos, malos o regulares, pero la gente no sabe cómo funcionan, no sabe cuáles son sus atribuciones, no sabe qué se puede exigir a un tribunal.

Si le tuvieras que decir a un joven hoy por qué hay que volver a los clásicos, ¿qué le dirías?

Hay que volver a los clásicos porque la filosofía es un invento que nació en un lugar y en un tiempo precisos. Nació en el mismo lugar y en el mismo tiempo en que nació la democracia. La democracia es, en lo colectivo, lo que la filosofía es en lo personal, en lo individual. Y ahí surgieron las dos cosas. Un filósofo inglés dijo que toda la historia de la filosofía no era más que notas a pie de página de los Diálogos de Platón. Algo de eso hay. Todavía la filosofía griega es la matriz de la cual surge el resto de la filosofía. Por supuesto, ha evolucionado mucho. Hay temas que no podían plantearse: la reproducción asistida no podía plantearse en Aristóteles porque no existía en su momento. Pero yo creo que el conocimiento de los clásicos griegos y latinos, sobre todo griegos, es la mejor puerta de entrada a la filosofía; por lo menos en mi experiencia de profesor, que ha sido bastante larga, así ha sido. 

¿Qué le dirías a un joven que ya no cree en la democracia, que piensa que la democracia ya no le está dando respuesta a sus inquietudes?

No es cuestión de creer o no creer: la democracia es un régimen imperfecto porque está hecho por seres humanos. No hay regímenes perfectos porque no hay ningún régimen que logre que los seres humanos sean mejores que humanos. Todos los regímenes están sometidos a que las personas tienen unos límites evidentes de honradez, de decencia, de creatividad, etcétera, y la democracia está también dentro de esos límites. Lo que pasa es que no se ha inventado nada mejor. En ese sentido, la frase de Churchill de que la democracia es el peor de los regímenes posibles, si se exceptúa a todos los demás, sigue siendo válida, ¿no es verdad? La democracia está llena de huecos, de imperfecciones, pero no se ha inventado nada mejor. Y sobre todo, la democracia tiene el mecanismo interior para mejorarse. Mientras que otros regímenes, no. Un régimen basado en una persona, en una orden religiosa, ya no admite mejoras. Desde el principio está todo dicho: este es el que va a mandar y los demás van a obedecer. En cambio, la democracia está hecha para ir transformándose a sí misma… o eso esperamos. Creo que merece la pena seguir pensando que podemos mejorar el sistema. Por eso decíamos que también hay que explicarle a la gente en qué consiste, porque claro, la mayoría de la gente dice “Yo no creo en esta democracia”. Pero, primero, antes de creer, ¿sabe usted lo que es la democracia?, ¿sabe usted cómo funciona?, ¿en qué se funda? Todos los demás sistemas políticos tienen otras bases: el bien, la justicia, el reino de Dios en la tierra; la democracia no tiene más que una base, que es la libertad e igualdad de los ciudadanos. Y eso es complicado de mantener, pero merece la pena.

 

“La democracia está hecha para ir transformándose a sí misma. Creo que merece la pena seguir pensando que podemos mejorar el sistema”. FERNANDO SAVATER

 

¿Qué pueden hacer los ciudadanos?

Los ciudadanos nos amparamos unos a otros. No necesitamos un padre espiritual por encima de nosotros. Lo que necesita un ciudadano son otros ciudadanos que compartan su ciudadanía. Nadie es ciudadano solo. No hay ciudadanos únicos. Todos somos ciudadanos porque estamos juntos y porque estamos próximos unos a otros. Eso es lo fundamental: no quejarnos de que no tenemos un amo, sino darnos la compañía necesaria para no necesitar amos. 



1 La traducción más frecuente del título es Ética a Nicómaco. Sin embargo, en el propio Ética para Amador, Savater se refiere a la obra de Aristóteles con el título de Ética para Nicómaco. [N. de la r.]



Continúa leyendo esta edición de Liber

Historia

Gabinete de Curiosidades de Ricardo y María Laura Salinas. Pasión por el coleccionismo y el conocimiento

Sergio Vela, director de Arte & Cultura del Centro Ricardo B. Salinas Pliego, reflexiona sobre la Colección Gabinete...

Por Sergio Vela

Te podría interesar

Rescate y edición de una obra de Francisco Xavier de Gamboa

El filólogo Alberto Pérez-Amador Adam descubrió un valioso documento inédito del jurista novohispan...

Por Alberto Pérez-Amador Adam

Arroz, el alimento que simboliza la fertilidad y la abundancia

El X Foro Mundial de la Gastronomía Mexicana, organizado por el Conservatorio de la Cultura Gastronómica Mexicana...

Por Felipe Jiménez

Yo solo estaba bromeando: la dramaturgia de Hugo Hiriart

Presentamos un homenaje al escritor y director teatral mexicano Hugo Hiriart con este texto del dramaturgo David Olguín....

Por David Olguín

Gabinete de Curiosidades de Ricardo y María Laura Salinas. Pasión por el coleccionismo y el conocimiento

Sergio Vela, director de Arte & Cultura del Centro Ricardo B. Salinas Pliego, reflexiona sobre la Colección Gabinete...

Por Sergio Vela

Portafolio fotográfico de Jorge Luis Borges (Rogelio Cuéllar)

Presentamos una selección del reportaje fotográfico que realizó Rogelio Cuéllar en 1973, cuando Jor...

Por Rogelio Cuéllar

Por qué leer a Borges en el siglo XXI

El escritor Gerardo Laveaga reflexiona sobre las razones para leer a Borges en el siglo XXI: por el “glacial racionalismo...

Por Gerardo Laveaga

Relectura

Con motivo del 40.º aniversario luctuoso de Jorge Luis Borges, Tedi López Mills rememora la conferencia sobre creac...

Por Tedi López Mills

Zaid, dos veces

¿Qué significa leer? ¿Qué es la inteligencia? ¿Se posee o se construye? ¿Cómo ...

Por Julio Hubard