El 14 de junio de 1986 yo tenía veintitrés años y estrenaba cargo como secretario particular del poeta Eduardo Lizalde, a la sazón Director General de Publicaciones y Medios de la Secretaría de Educación Pública. Cuando se anunció la muerte de Jorge Luis Borges, un grupo de periodistas se aposentó en la oficina para conocer la opinión de mi jefe, quien no estaba ahí. Lo llamé para informárselo, pero él fue contundente: “No me da tiempo de llegar; responda usted a la entrevista”.
Había leído la mayoría de los cuentos del argentino y declaré, sin empacho, que me gustaba, pero no me emocionaba. “Siento que, a veces, la inteligencia le estorba”. Cuarenta años después de aquella aseveración, debo rectificar: Borges me emociona, pero solo hasta que he comprendido un texto suyo… o hasta que creo que lo he hecho. No soy el único al que le pasa.
Me jacto de ser un lector competente de poesía; de gozar las palabras, lo mismo cuando enhebran imágenes que cuando, yuxtapuestas, sugieren una relación entre conceptos que nada tienen que ver entre sí. Salvo excepciones, no intento “desentrañar” lo que quiso decir un poeta ni lo que quiso decir el compositor de un concierto para oboe: me gusta o no. Punto.
Con Borges es diferente: su actitud lúdica y desafiante obliga a avanzar con cautela: ¿Se está burlando de mí? ¿Lo estoy entendiendo? ¿Le estoy siguiendo el juego? ¿Ya libré todas las trampas que me ha puesto? ¿Tropecé y ni siquiera lo advertí? No lo disfruto si antes no lo descifro.
Para complicar la lectura, su estilo es “apretado”, como advirtió André Maurois: “Casi matemático”. Cada palabra, cada frase exige una atención desmesurada. No hace concesiones ni siquiera en su poesía. Hombre enamorado de la filosofía y de la ciencia, se sabía un escritor para escritores. Invariablemente buscó jugar, provocar, desafiar…
Echando mano de los malabarismos verbales a los que fue tan propenso, Octavio Paz considera que “sus ensayos se leen como cuentos, sus cuentos son poemas y sus poemas nos hacen pensar como si fuesen ensayos”. Acierta. Comencemos con sus poemas. El gólem, por ejemplo:
Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el hombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de “rosa” está la rosa
y todo el Nilo en la palabra “Nilo”.
¿Podría explicarse mejor el diálogo de Platón que en estos cuatro versos? Aquí están amalgamadas semiótica y semántica en una cápsula. Y esta fusión conmueve. Su capacidad de sintetizar puede llegar al extremo cuando se interna por la filosofía o cuando se mofa de sí mismo:
La meta es el olvido.
Yo he llegado antes.
También cuando se encara con psicólogos y neurocientíficos prominentes que, en pleno siglo XXI, siguen discutiendo qué es el yo:
Somos nuestra memoria,
somos ese quimérico museo de formas inconstantes,
ese montón de espejos rotos.
Pasando a sus ensayos, también hace falta una buena dosis de atención para dilucidarlos. La crítica literaria se convierte en ellos en género literario. Entre anécdotas y leyendas, va desbrozando el camino del lector para mostrarle un mundo que creía conocer, pero del que estaba muy lejos. A partir de la frase de un pensador célebre o de una idea filosófica de Hume o un verso de Coleridge, pone en duda el sentido de la realidad y la originalidad: ¿Lo que vemos es lo que vemos? ¿Cómo podemos estar seguros de ello? ¿De veras existir implica ser percibido, como apuntó Berkeley? El tiempo, el infinito, la eternidad son temas transversales en su obra ensayística. Están presentes en ella lo mismo que su escepticismo. Duda de todo. Todo lo cuestiona.
Pero la densidad no solo implica síntesis, sino enfoque. Ahí están sus Nueve ensayos dantescos, donde invita a reflexionar sobre los problemas de Ugolino de Pisa, condenado a roer el cráneo de su antiguo victimario, o sobre los motivos que tuvo Francesca de Rimini para serle infiel a su marido.
“El tiempo, el infinito, la eternidad son temas transversales en su obra ensayística. Están presentes en ella lo mismo que su escepticismo. Duda de todo. Todo lo cuestiona”.
Ahí están las fichas de su Biblioteca personal y de La biblioteca de Babel, donde capta la esencia de casi cien obras maestras de la literatura universal y de sus autores. El dato desconocido que nos proporciona o el novedoso ángulo desde el que contempla un libro convierten cada una de estas miniaturas bibliográficas en un festín.
En lo que a sus cuentos se refiere, su afición por la filosofía y la ciencia le obliga a echar mano de un estilo que deviene crónica, como si se limitara a referir lo que ocurrió y evitara mostrar simpatía o antipatía por sus personajes: así son, más allá de lo que el autor o el lector hubieran preferido.
Para confundirnos –se advierte cuánto lo disfruta–, su erudición geográfica es apabullante. ¿O no lo es? Habla de tierras ignotas y mundos nunca antes explorados; mezcla pueblos de la antigüedad y referencias históricas indudables con estadísticas sacadas de su imaginación. Desfilan pueblos y ciudades que podrían existir… o no.
Aquí no acaba la provocación: también alterna pasado, presente y futuro, haciendo que los lectores tengamos que retroceder unas páginas, o leer incluso todo el relato de nuevo, para descubrir dónde caímos en la emboscada… o si nunca caímos en ella.
“Detesto a Borges”, me dijo alguna vez un amigo: “No lo entiendo”. Y, en este caso, no le pude decir –como habría podido decirle de Octavio Paz –: “No es para que lo entiendas sino para que te regocijes con su pirotecnia verbal”. Aquí no hay sauces de cristal ni chopos de agua, sino árboles sembrados por los antiguos druidas, cuyas raíces condujeron al laberinto del Minotauro. ¿O no fue Borges quien escribió sobre esto?
Pensemos en El jardín de los senderos que se bifurcan, en La muerte y la brújula, en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius o en Las ruinas circulares… Este último recuerda la película Matrix: ¿Qué ocurre en nuestra cabeza y qué en la realidad? Para empezar, ¿qué es la realidad? Lo que nosotros vemos, escuchamos o tocamos ¿es lo mismo que ven, escuchan y tocan los otros? ¿Cómo podemos estar seguros?
En El sur, mi cuento predilecto (y quizá lo es porque Borges llegó a decir que era el suyo), uno no sabe si lo que ocurre solo sucede en la mente de un infortunado joven que agoniza en un hospital o si pasa “en realidad”. Cada lectura puede llevarnos a una conclusión distinta. Para mí es imposible leer a Borges sin pensar en aquella serie que tanto disfruté en mi infancia: La dimensión desconocida (The Twilight Zone).
Cuando preguntaron a Anders Österling, presidente del Comité Nobel, por qué no le habían otorgado el premio a Borges, este respondió: “Es demasiado exclusivo, demasiado artificial en su ingenioso arte en miniatura”. Aunque esta no era una razón para descalificarlo, hay que coincidir con Österling: Borges es un autor elitista hasta la indecencia. Sus pasadizos y espejos, sus artificios y sus celadas están concebidos para muy pocos.
Hoy, muchos borgianos, cuando dilucidan por qué hay que leerlo en 2026, aducen que porque se adelantó a la Inteligencia Artificial o porque sus trampantojos sin salida son una metáfora de nuestra época, asfixiada por realidades múltiples. Vargas Llosa lo leía por el “glacial racionalismo de su prosa”, donde “hay casi tantas ideas como palabras, pues su precisión y su concisión son absolutas”.
En lo personal, leo y releo a Borges porque ningún autor, como él, logra estremecerme a partir de sus provocaciones intelectuales. Cuarenta años después de su muerte, puedo enfrascarme en una discusión sobre lo que quiso decir en Pierre Menard o en El Aleph, o puedo descubrir que la lectura que había creído entender no la había entendido y que, en cambio, la que aseguraba no haber interpretado correctamente, la interpreté bien desde el principio.