Constantin Brancusi, Pájaro en el espacio, 1923. Esta versión en mármol blanco se encuentra en la colección del Museo Metropolitano de Arte (The Met) de Nueva York.
Artes Visuales

Constantin Brancusi, el escultor de la esencia

Constantin Brancusi (1876-1957) fue un escultor rumano que revolucionó el arte moderno al rechazar la imitación de la naturaleza en favor de la búsqueda de la "esencia de las cosas". Su impacto histórico se consolidó con el juicio Brancusi contra los Estados Unidos (1927-1928), donde el veredicto legal a su favor obligó al Estado a reconocer que el arte puede retratar ideas abstractas, abriendo así el camino para el arte conceptual y cambiando para siempre la definición jurídica de qué constituye una obra de arte.


Por Constanza Martínez Achim

Constantin Brancusi nació el 19 de febrero de 1876 en el pequeño pueblo de Hobița, al pie de los Montes Cárpatos rumanos. En esta región rural, el joven Brancusi aprendió el oficio tradicional de la talla en madera, una conexión táctil con los materiales naturales que definiría su práctica artística de por vida.

En 1904, Brancusi emprendió un viaje épico hacia París. Recorrió gran parte del trayecto a pie. Al llegar, se encontró con una escena artística que medía el valor de una escultura por la perfección de su mímesis o imitación de la naturaleza.

El referente absoluto era Auguste Rodin, quien había revolucionado la disciplina al dotar a sus figuras de una carga emocional y psicológica, visible en sus superficies rugosas que capturaban la luz, como en El pensador o Los burgueses de Calais. Aunque Brancusi estudió brevemente con él, rechazó una invitación formal para trabajar en su taller en 1907. Fue entonces cuando supuestamente pronunció su célebre sentencia: "Nada crece a la sombra de los grandes árboles".

A diferencia del detalle anatómico de Rodin, Brancusi buscaba el núcleo más puro de los objetos. "Lo que es real no es la forma externa, sino la esencia de las cosas", declaró el artista en sus notas de taller. Sus esculturas capturan justo eso. Un pájaro no es sus plumas ni sus garras. Un pájaro es el vuelo. Una cabeza no es sus rasgos individuales. Una cabeza es el pensamiento, el sueño, el existencialismo.

Esta síntesis se manifiesta claramente en El beso (1907-1908). A diferencia de la versión homónima de Rodin, la de Brancusi presenta a dos amantes tallados en un solo bloque de piedra caliza. Los cuerpos se funden en un solo volumen donde apenas unas líneas sugieren la unión. Es el acto de amor llevado a su mínima expresión formal y su máxima potencia simbólica. No hay detalles anatómicos ni expresiones faciales reconocibles. Sin embargo, el cariño y la unión están ahí. La obra en su aparente sencillez logra provocar ternura y suavidad.

Auguste Rodin, El beso, 1882. Esta icónica escultura se encuentra en el Museo Rodin de París.
Constantin Brancusi, El beso, 1916.

La originalidad de Brancusi radicaba en su capacidad para mirar más allá de las corrientes artísticas occidentales de su época. Su origen campesino lo vinculaba con una tradición de formas folclóricas rumanas, donde la geometría y la simplicidad eran la norma. 

Además, Brancusi reconocía la profundidad del arte africano y la escultura antigua como la egipcia y la cicládica. En las máscaras africanas encontró la validación de que simplificar no es perder información, sino revelar lo que no siempre es evidente. No estaba inventando la abstracción sino recuperando de tradiciones que el etnocentrismo había tachado de "primitivas".

Esa apertura cultural dio pie a sus series más famosas, como los Maiastra y, posteriormente Pájaro en el espacio. Inspiradas en un ave mágica del folclore rumano, estas piezas son columnas de bronce pulido que parecen proyectarse hacia el cielo y representan el movimiento suspendido.

Su obra no fue libre de escándalos. En 1920, su escultura Princesa X fue retirada del Salon des Indépendants debido a que su forma estilizada resultaba provocadoramente fálica para la moral de la época, a pesar de que el artista insistía en que representaba la esencia de la feminidad.

Constantin Brancusi, Princesa X, 1915-1916. Esta versión en mármol se encuentra en la colección permanente del Sheldon Museum of Art.

 

Sin embargo, el episodio más controversial ocurrió en 1926. Al llegar una versión de Pájaro en el espacio a Nueva York, los funcionarios de aduanas se negaron a clasificarla como arte. Bajo la Ley de Aranceles de 1922, la escultura artística se definía como "imitaciones de objetos naturales, principalmente la forma humana". Al no parecerse a un pájaro real, fue etiquetada como "utensilios de cocina y suministros hospitalarios", lo cual vino con un impuesto del 40%.

Indignado, Brancusi escribió a su amigo el artista Marcel Duchamp en una carta fechada en febrero de 1927: "Lo que hacen es un brutal desafío a mi arte”. El fotógrafo Edward Steichen, propietario de la escultura, presentó una demanda financiada por  la escultora y coleccionista de arte Gertrude Vanderbilt Whitney —quien pocos años después, en 1931, fundaría el Museo Whitney. Así comenzó uno de los juicios más importantes de la historia del arte moderno: Brancusi versus Estados Unidos.

Durante el proceso, la defensa presentó una figura de un halcón del antiguo Egipto de 3,000 años para demostrar que la ausencia de pies o plumas no invalidaba la representación del animal.

El veredicto llegó en 1928 y fue a favor de Brancusi. El juez J. Waite escribió en su resolución: "Ha ido desarrollándose una nueva escuela de arte, cuyos exponentes intentan retratar ideas abstractas en lugar de imitar objetos naturales. Ya sea que estemos o no de acuerdo con estas nuevas ideas, pensamos que el hecho de su existencia y su influencia sobre el mundo del arte debe ser reconocido por los tribunales." Así el Estado reconoció que su definición de arte estaba desactualizada y que la abstracción tenía derecho a existir. El juicio no solo liberó a Pájaro en el espacio de pagar aranceles pero abrió la puerta al arte conceptual en Estados Unidos y cambió para siempre la manera en que la ley define qué es una obra de arte.

Brancusi murió en París el 16 de marzo de 1957, a los 81 años. Dejó 1,200 fotografías y 215 esculturas. Dejó también una pregunta que el juicio de 1928 formalizó pero que su obra lleva planteando desde mucho antes: ¿qué es el arte y quién tiene derecho a definirlo?

 

Bibliografía: 

 

  • La tête d'obsidienne (1974), Edition Gallimard, André Malraux.
  • « C'est un oiseau ! » Brancusi vs États-Unis, ou quand la loi définit l'art (1996), Nathalie Heinich.

 



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