Actualidad Artes visuales

Dieciséis ciudades, un balón: el atlas artístico del Mundial 2026

Por primera vez en la historia de los Mundiales, cada ciudad anfitriona cuenta con un cartel propio creado por un artista local. cada ciudad anfitriona cuenta con un cartel propio creado por un artista local. El resultado es una colección sin precedentes que reúne dieciséis miradas sobre México, Canadá y Estados Unidos a través del diseño, la ilustración y la cultura visual. Fascinada por la manera en que estas obras condensan la identidad de un lugar, Gabriela Gorab emprendió una investigación para conocer a sus creadores y reconstruir las historias detrás de cada imagen. Desde tradiciones ancestrales y paisajes urbanos hasta símbolos comunitarios y memorias personales, los carteles revelan cómo el arte puede convertir un acontecimiento deportivo global en un retrato colectivo de las ciudades que lo reciben. 


Por Gabriela Andrade Gorab

Cómo catorce artistas convirtieron a México, Canadá y Estados Unidos en un solo cartel compartido

Por primera vez en la historia de los Mundiales, el trofeo no llegará a una sola sede engalanada con un único cartel oficial: llegará a dieciséis ciudades, cada una con su propio retrato hecho a mano. Es la primera Copa del Mundo organizada por tres países —México, Estados Unidos y Canadá— y también la primera en la que cada ciudad anfitriona encargó su propia obra a un artista local, en lugar de heredar una imagen genérica diseñada desde una oficina central. El resultado es un experimento curatorial sin precedentes: catorce visiones distintas, catorce biografías distintas, un solo balón rodando por todas ellas.

La carga simbólica no es menor. Hasta ahora, los pósters de un Mundial habían sido un solo gesto gráfico, una imagen-resumen de un país anfitrión. Esta vez, FIFA decidió fragmentar esa responsabilidad: cada comité organizador local convocó —por concurso abierto, por invitación directa o por encargo a una figura ya consolidada en su comunidad— a un artista capaz de traducir su ciudad en un lenguaje visual propio. Once de los catorce ganaron su lugar compitiendo contra cientos de propuestas (Filadelfia recibió más de 400; Los Ángeles, más de 900); otros, como Mario Cortés en México o Rubem Robierb en Miami, llegaron por trayectoria e invitación directa.

El cierre de esa colección llegó apenas a cien días del silbatazo inicial, cuando FIFA reveló el decimoséptimo cartel: el póster oficial del torneo, firmado en conjunto —otra vez, primera vez— por tres artistas, uno de cada país sede. Si los dieciséis carteles de ciudad hablan en voz propia, este último habla en coro.

A continuación, un recorrido por las tres naciones anfitrionas a través de las voces de quienes hicieron el trabajo: nueve entrevistas directas y la investigación necesaria para completar el mapa.

México: una sola mano para tres ciudades

A diferencia de Canadá y Estados Unidos, donde cada sede tuvo su propio artista, México decidió algo distinto: confiar sus tres ciudades —Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey— a un único creador. Mario Cortés, conocido como “Cuemanche”, fue invitado a partir de una relación previa con los comités organizadores (había trabajado ya como diseñador para el equipo de Monterrey y firmado el cartel del evento “Juego de Leyendas”), y aceptó el reto de construir, no un cartel, sino un sistema visual capaz de sostener tres identidades sin perder coherencia entre sí.

Su método partió de la geometría. Cortés diseccionó el manual visual que FIFA ya había desarrollado para el torneo —el lobo, los íconos del brief— y a partir de esa estructura construyó un lenguaje propio de figuras geometrizadas capaces de narrar historia, arquitectura, tradición y la experiencia de ir al estadio.

“La intención de los pósters es hablar de quiénes somos y también invitar a preguntarnos qué es lo que nos representa”, explica el artista.

El resultado es una trilogía que dialoga con la tradición muralista mexicana sin replicarla literalmente: frisos, geometrizaciones, capas que —como dice Cortés— “no se leen a la primera”. En el cartel de la capital aparecen el Ángel de la Independencia, el Palacio de Bellas Artes, los ajolotes y las trajineras, junto al estadio Azteca. En el de Guadalajara, los mariachis conviven con el Volcán de Tequila, la Basílica de Zapopan, los tastoanes y la torta ahogada. En el de Monterrey, el Cerro de la Silla y el Parque Fundidora enmarcan al estadio BBVA, con halcones sobrevolando la escena.

Cortés concibió las tres piezas como mapas emocionales más que como ilustraciones promocionales: invitaciones a que el público internacional —dice— “no nada más venga con ánimos de conocer”, sino que se interese genuinamente por lo que cada ciudad tiene detrás del estadio. Las piezas, además, tendrán vida más allá del cartel: formarán parte de una colección coleccionable en ediciones Panini, lo que amplía su alcance hacia un público que ya tiene una relación afectiva con el objeto-estampa.

Canadá: el norte en dos registros

Las dos sedes canadienses —Vancouver y Toronto— produjeron dos respuestas casi opuestas en procedimiento, aunque hermanadas en ambición: una mirada hacia el territorio y la memoria ancestral, y una mirada hacia la velocidad y la geometría urbana.

Jamin Zuroski, Vancouver: honrar a los ancestros

Jamin Zuroski, artista ’Namgis de las Primeras Naciones radicado en Vancouver, construyó el cartel de su ciudad a partir de una decisión clara: antes que ilustrar el evento deportivo, quería honrar a sus ancestros.

“Realmente quería destacar elementos del diseño de las Primeras Naciones en este póster porque siento que honrar a nuestros ancestros es de enorme importancia”, explica.

Su pieza combina el form line design de la costa noroeste, el balón, el perfil urbano de Vancouver y la orca —especie que, dice, comparte con el ser humano un territorio frágil y asombroso, “tan especial como ver a los jugadores de FIFA: un espectáculo absoluto”.

Formado bajo la tutela de Carey y Victor Newman —mentores Coast Salish y Kwakwaka’wakw— y vinculado desde la infancia a las ceremonias culturales de Alert Bay, en la Isla Cormorant, Zuroski entiende su trabajo como un recordatorio de que el fútbol “es más grande que lo que sucede en la cancha”: el entrenamiento y la construcción de comunidad ocurren, sobre todo, fuera de los estadios. Con más de 25 años de práctica en talla de cedro, mural, pintura y diseño digital, Zuroski resume su intención en una frase que funciona como epígrafe de toda la colección:

“Que sigamos compartiendo nuestros dones con el mundo, con autenticidad e integridad”.

Dave Murray, Toronto: el instante antes del gol

Si Zuroski mira hacia atrás, Dave Murray mira hacia el instante exacto. El ilustrador torontino —con una trayectoria que incluye trabajo para la postemporada de la MLB 2024 y el inaugural NHL Four Nations Face-Off— quiso capturar“ese segundo antes de que el jugador golpee el balón: ese segundo de esperanza, miedo y pura exaltación que todos sentimos viendo fútbol”. Su jugador-héroe avanza sobre una vista aérea de Toronto, ciudad que, explica Murray, era imposible de representar eligiendo solo uno o dos íconos —de ahí la decisión de tomar distancia y mostrarla entera.

El patrón de cuadrícula que estructura el fondo cumple una doble función: evoca tanto el trazado urbano de calles y autopistas como la idea de la ciudad como un “quilt”, una colcha de piezas distintas que conforman un todo —metáfora, dice Murray, de la población multicultural de Toronto. Hay incluso un guiño escondido: la posición del balón en el cartel coincide exactamente con la ubicación del BMO Field, sede real de los partidos. Murray reconoce la influencia de carteles mundialistas históricos —Italia 1934, México 1970, Múnich 1974— y de movimientos como el futurismo, el art déco y el constructivismo ruso, fusionados con una sensibilidad contemporánea que él mismo describe como “atemporal y completamente propia”.

Estados Unidos: nueve ciudades, nueve maneras de mirar el país

Con nueve sedes —Los Ángeles, San Francisco, Seattle, Houston, Dallas, Kansas City, Atlanta, Boston, Filadelfia y Nueva York/Nueva Jersey—, Estados Unidos produjo la colección más extensa y más heterogénea de las tres naciones anfitrionas. Aquí conviven el humor pop, la épica futurista, el folclor marítimo y el textil comunitario.

Stephanie Leal, Houston: Dare to Dream

Nacida en Monterrey y formada en la Universidad de Houston, Stephanie Leal tituló su cartel Dare to Dream y lo construyó sobre los dos apodos que definen a su ciudad:Space City y Bayou City. El astronauta Orion —con el trofeo del Mundial reflejado en el visor— porta un sombrero vaquero que conecta tanto con el rodeo más grande del mundo como con las raíces mexicanas de la propia artista, mientras una seña en forma de “H” reivindica el orgullo local. Exdiseñadora principal del Houston Dynamo FC, Leal entiende su pieza como prueba de que “la creatividad y el trabajo duro pueden resonar a través de culturas”.

LeRoid David, Bahía de San Francisco: el puente como símbolo

Entre más de una docena de bocetos, LeRoid David —ilustrador filipino-estadounidense de segunda generación, oriundo de la Bahía— eligió una imagen que no necesitaba explicación: el Golden Gate y el puente San Francisco-Oakland Bay emergiendo, “duelando”, de la niebla característica de la región. Seis gaviotas representan los seis partidos que albergará la sede; trazos de circuito impreso rinden homenaje a Silicon Valley. David estudió diseño gráfico en San Francisco State University y reconoce influencias que van del art déco al constructivismo, pasando por los cómics y la herencia visual filipina —incluidas las banderas históricas del archipiélago. Su ambición declarada: que el cartel funcione “como una postal que uno guarda o comparte, como un souvenir”.

Shogo Ota, Seattle: la orca y el ukiyo-e

Originario de Japón y radicado en el Pacífico noroeste desde hace más de una década, Shogo Ota fusionó la cola de una orca con el arco del estadio Lumen Field en una sola silueta. Las olas que enmarcan la base del cartel citan directamente el ukiyo-e japonés, mientras las hojas de cedro rinden homenaje a las comunidades indígenas de la región. Fundador del estudio Tireman desde 2012 y colaborador habitual de marcas como Starbucks, adidas y los clubes deportivos de Seattle, Ota —a quien suelen describir como un “camaleón estilístico”— resume su aspiración en términos sencillos: que el cartel se convierta en un recuerdo visual compartido, incluso para quienes no lleguen a presenciar los partidos en persona.

Rubem Robierb, Miami: una carta de amor con plumas rosas

El cartel de Miami, obra del artista brasileño Rubem Robierb, es quizás el más excéntrico de toda la colección: un flamenco —símbolo no oficial pero más querido de la ciudad— en pleno movimiento, como un futbolista a punto de anotar, sobre un balón cuyos pentágonos y hexágonos representan cada uno de los barrios de Miami.

“El balón conecta a los jugadores en la cancha igual que Miami es un juego donde cada barrio, cada cultura, juega su parte”, explica Robierb, residente de Ocean Drive e influido tanto por la arquitectura art déco que ve a diario como por la obra de Zaha Hadid.

Para el artista, la pieza es, sin rodeos, “una carta de amor a Miami”.

John Rego, Boston: un partido bajo el mar

El cartel de Boston nació de una colaboración poco habitual: Rego, profesor en el Massachusetts College of Art and Design —su propia alma máter—, invitó a sus estudiantes a participar del proceso creativo a cambio de una mirada de primera mano sobre el oficio. El resultado, de tema marítimo, integra el Monumento a Bunker Hill, los Tall Ships, el Boston Tea Party y el legendario monstruo marino de Gloucester, todo enmarcado en un borde de arte folk con faros y escenas de vida náutica. Formado en ilustración tanto en Massachusetts College of Art como en la School of Visual Arts, Rego reconoce influencias que van del surrealismo y el absurdismo al arte del Renacimiento del Norte —El Bosco, Brueghel el Viejo—, pasando por Edward Gorey. El cartel, dibujado a tinta china y coloreado digitalmente, fue, según sus palabras, “una carta de amor al fútbol y a las comunidades que lo sienten propio”.

Rich Tu, Nueva York/Nueva Jersey: la Estatua en llamas

Rich Tu, socio y director creativo ejecutivo en Sunday Afternoon y exalumno de Rutgers y de la School of Visual Arts, concibió el cartel de NY/NJ como una declaración de identidad doble: la Estatua de la Libertad, presente desde el primer boceto, funciona como “una dedicatoria a los inmigrantes que hacen grande a este país”, mientras que detalles como la manzana y los motivos florales aluden, respectivamente, a Nueva York y Nueva Jersey. El estilo de Tu —“audaz, colorido, sin miedo”, en sus propias palabras— se nutre de una carrera construida en la costa este, con pasos por MTV Entertainment Group y Nike.

Nicholas McClintock, Filadelfia: ganar entre cuatrocientos

De los nueve carteles estadounidenses, el de Filadelfia tuvo quizás el proceso de selección más competitivo: más de 400 artistas de toda Pensilvania enviaron portafolios, diez fueron invitados a desarrollar propuesta completa, y el jurado —que incluyó a la primera dama del estado, Lori Shapiro— eligió finalmente el diseño de Nicholas McClintock, un artista radicado en Pittsburgh. Su cartel, según la directora ejecutiva del comité organizador, Meg Kane, “cuenta la historia de los valores de Pensilvania: tolerancia, libertad y progreso”.

El diseño, inspirado en la arquitectura y el trazado urbano de la ciudad, tuvo además un estreno inusual: fue recreado a escala con flores reales —hortensias, claveles, rosas— en la edición 2025 del Philadelphia Flower Show, uno de los eventos hortícolas más antiguos del país.

“Es el formato más grande que ha tenido mi arte jamás, y creo que tendrá la audiencia más grande también”, dijo McClintock tras la revelación.

José Hadathy, Atlanta: un peach y la memoria de un país

Diseñador de profesión —es gerente de diseño creativo del Atlanta United FC— y futbolista de afición desde la infancia, José Hadathy nació en Quito y se mudó a Atlanta a los nueve años, donde más tarde estudiaría en SCAD. Su cartel, una vista aérea de la ciudad en clave surrealista, esconde guiños deliberados: el durazno —fruta oficial de Georgia—, el sistema de tren MARTA, la casa natal de Martin Luther King Jr., el Wren’s Nest y el Hammond House Museum. Para Hadathy, el proyecto tiene una resonancia personal que antecede por décadas al encargo: recuerda con nitidez la clasificación de Ecuador a su primer Mundial, en 2001, y cómo el país entero pareció unirse bajo la misma camiseta amarilla. “2026 se siente muy parecido a lo que sentí entonces”, dice.

“Cuando la vida se siente más caótica que nunca, el fútbol nos da la oportunidad de mostrarnos que somos capaces de unirnos”.

Matt Cliff, Dallas: el vaquero que vuela

Bajo el título Kicking Cowboy, el artista de Fort Worth Matt Cliff —colaborador habitual de figuras como Leon Bridges y Post Malone, y de franquicias como los Dallas Cowboys y los Mavericks— resolvió el cartel de Dallas con una sola imagen: un vaquero volando a media patada, suspendido sobre el perfil de la ciudad en rojo, blanco y azul. Cliff tardó apenas doce horas en bocetar la propuesta que terminaría por imponerse entre casi cien participantes.

“El vaquero hablaba mucho del lado oeste de Fort Worth, de donde soy”, explicó el artista, “y pensé que la mejor manera de construir esa yuxtaposición entre la cultura del viejo oeste y la sensibilidad moderna de Texas era a través del balón”.

Jadie Arnett, Kansas City: el tejido como comunidad

El cartel de Kansas City, surgido de un concurso abierto a artistas de la región con una bolsa de premios en dos fases, recayó en Jadie Arnett, quien decidió alejarse de los símbolos arquitectónicos —expresamente descalificados por las bases del concurso, junto con el uso de inteligencia artificial generativa— para centrarse en algo más íntimo: bufandas tejidas a mano, símbolo de la comunidad futbolera local. Es, de toda la colección, el cartel visualmente más contenido; también, según quienes lo han descrito, uno de los más cargados de afecto.

Thieb Delaporte-Richard, Los Ángeles: la sede con más historia que contar

De entre más de 900 propuestas —la cifra más alta registrada en todo el proceso—, el comité de Los Ángeles eligió la de Thieb Delaporte-Richard: un collage de palmeras, atardeceres, el perfil urbano y un futbolista rematando un tiro libre desde las colinas de Hollywood. Una postal de cine y de luz, coherente con la ciudad que la produjo.

El cierre: tres países, un solo cartel

A apenas cien días del inicio del torneo, FIFA completó la colección con la pieza que faltaba: el póster oficial del Mundial, ya no de una ciudad sino del evento entero. Por primera vez en la historia de la competencia, tres artistas —uno por cada país anfitrión— firmaron juntos la misma obra: Carson Ting por Canadá, Minerva GM por México y Hank Willis Thomas por Estados Unidos, este último ya consagrado internacionalmente por piezas como The Embrace, el monumento a Martin Luther King Jr. y Coretta Scott King inaugurado en Boston en 2023.

El resultado es un collage cromático organizado en rojo (Canadá), verde (México) y azul (Estados Unidos) —los mismos tonos del balón oficial del torneo, el Trionda—, con la silueta de un futbolista ocupando el centro exacto de la composición, como punto de fuga hacia el que convergen los símbolos de los tres países: una máscara de lucha libre, un sombrero de mariachi, una trompeta y el águila mexicana, junto a referencias visuales de Estados Unidos y Canadá.

“El póster oficial refleja la energía, la diversidad y la pasión compartida por el fútbol que definirán la edición más inclusiva en la historia de la competencia”, declaró Gianni Infantino, presidente de la FIFA, en la presentación de la pieza.

Es, en cierto sentido, el resumen visual de todo lo anterior: si cada uno de los dieciséis carteles de ciudad fue un intento de capturar, en una sola imagen, lo irreductible de un lugar —su comida, su arquitectura, su fauna, su memoria—, este cartel final intenta algo más difícil: capturar lo que ocurre cuando esas dieciséis singularidades se superponen y, por un instante, dejan de competir entre sí para mirar en la misma dirección. Como en cualquier buen partido, lo que queda al final no es la suma de las jugadas individuales, sino la forma que adquirieron juntas.



Te podría interesar

Fútbol: diseñando una pasión, Museo Franz Mayer

El fútbol se diseñó al mismo tiempo que se jugó. La exposición en el Museo Franz Mayer recor...

Por Constanza Martínez Achim

Futbol y Arte. Esa misma emoción

Muchas veces, cuando pensamos en el fútbol —o en quién lo juega— imaginamos figuras jóvenes qu...

Por Constanza Martínez Achim