Desde sus inicios, el diseño ha sido una parte fundamental de cómo se juega, se ve y se vive el fútbol. Cada balón, cada camiseta, cada estadio, cada cartel oficial es una decisión de diseño. Y cada una de esas decisiones habla de su época, de las tendencias artísticas, de la tecnología disponible y de la política del momento. El fútbol como lo conocemos hoy no se inventó de una vez pero se fue diseñando.
Fútbol: diseñando una pasión, la exposición que actualmente ocupa las salas del Museo Franz Mayer, curada por Kevin Moore, trata justamente de esto. La muestra traza la historia del deporte más popular del mundo a través de los objetos que lo han ido conformando —balones, camisetas, trofeos, carteles, souvenirs y transmisiones. Está organizada cronológicamente y dividida por los países que han sido sede del Mundial en América, desde el primer mundial en 1930 hasta el próximo en 2026. El recorrido es, en ese sentido, una doble historia, la del fútbol y la del siglo que lo ha visto crecer.
La exposición arranca en Uruguay 1930, el primer Mundial de la historia. Que haya sido ahí no fue casualidad. El país había ganado las medallas olímpicas de oro de 1924 y 1928 y quería celebrar el centenario de su independencia demostrando al mundo que era una nación moderna y progresista. Construyó el estadio Centenario, que en ese momento era el más grande del mundo fuera del Reino Unido. Desde su primera Copa Mundial, el fútbol fue también un acto político.
Los objetos de la época dejan claro que no era el mismo deporte que conocemos hoy. Los balones estaban hechos de cuero, eran pesados y difíciles de controlar, especialmente cuando se mojaban. Las camisetas eran de tela gruesa, muy distintas a las prendas técnicas y ligeras de hoy. La transmisión llegó al público a través de la radio, el único medio disponible entonces para llevar el partido más allá del estadio. El cartel oficial, con su estética y tipografía art déco, es indistinguible del arte gráfico de esa década. Y el estadio Centenario, que puede verse en una maqueta y en fotos en blanco y negro, tenía las gradas tan cerca de la cancha que los aficionados prácticamente compartían el espacio con los jugadores.
La razón por la que el siguiente Mundial en América tardó veinte años en llegar a Brasil, en 1950, tiene que ver con la Segunda Guerra Mundial. Europa, devastada por el conflicto, no estaba en condiciones de organizar el torneo, y Brasil tomó la oportunidad para proyectar su propia imagen de nación moderna con la construcción del Maracanã, un estadio de 200,000 espectadores que por décadas eclipsó a cualquier otro en el mundo. Ese mismo Maracanã quedó marcado por la derrota de Brasil ante Uruguay en la final, un trauma tan grande para Brasil que el uniforme blanco que vestían ese día fue declarado de mala suerte y, fue reemplazado por el verde- amarillo, elegido por votación públicay que hoy todos reconocemos.
A medida que avanza la exposición, avanza también la tecnología y en la sección dedicada a México 1970 es donde más se nota. Fue el primer Mundial transmitido por satélite y el primero en emitirse a color en Europa. El Adidas Telstar, balón oficial de ese torneo que hoy reconocemos como el símbolo universal del fútbol, fue diseñado con paneles hexagonales blancos y negros precisamente para verse mejor en televisión en blanco y negro. México 1970 también fue el primer mundial en tener una identidad visual completa para un Mundial con un logo, tipografía y mascota, influenciados por el op art y por la misma tipografía que Lance Wyman había diseñado para los Juegos Olímpicos de 1968, también con sede en México.
Por otro lado, muchos de los objetos del Mundial de Argentina 1978 son documentos políticos. El torneo fue organizado bajo la dictadura militar del general Jorge Rafael Videla, que lo utilizó como herramienta de legitimación internacional. Hubo identidad oficial, carteles y mascota, pero también una gráfica de resistencia —carteles, dibujos y pancartas de protesta que se apropiaron de la imagen oficial para cuestionarla.
El fútbol tampoco fue ajeno a los desastres naturales. Meses antes de México 1986, el terremoto del 19 de septiembre de 1985 devastó la Ciudad de México y mató a miles de personas. La exposición recuerda que el mundial estuvo a punto de no realizarse, y que seguir adelante fue también una decisión política. Los carteles de la fotógrafa Annie Leibovitz, comisionada para ese torneo, muestran jugadores en medio de ruinas prehispánicas y paisajes arqueológicos, una manera de decirle al mundo lo que era México más allá del desastre.
En la memorabilia de cada época podemos ver rastros de un mundo que ya no existe. Los souvenirs incluyen estampillas de correo y programas impresos, objetos que hoy simplemente ya no tienen lugar en un mundo donde todo cabe en una pantalla. Y sin embargo algunos elementos persisten: los escudos de los clubes, las mascotas, los colores de las selecciones.
La exposición también tiene una sección dedicada al segundo Campeonato Mundial Femenino que tuvo sede en México en 1971, un torneo que la FIFA nunca reconoció oficialmente, a pesar de haber llenado el Estadio Azteca con 110 000 espectadores en la final, donde la selección mexicana llegó a disputar el subcampeonato. El diseño de ese torneo fue un reflejo de los prejuicios hacia las deportistas. Las porterías estaban pintadas de rosa, los shorts eran más cortos que los masculinos y la mascota era una mujer llamada Xóchitl con una figura exageradamente curvilínea que tenía poco de atleta y mucho de estereotipo. Hay incluso una caricatura de la revista Fútbol de México y del Mundo que muestra a jugadoras en plena acción pero hipersexualizadas, con shorts diminutos y poses que no tienen nada de deportivo, con el pie de foto "el gol y las curvas de facha”. Hoy en día, las jugadoras siguen ganando hasta cien veces menos que sus contrapartes masculinas, y los uniformes y tacos diseñados para cuerpos de mujer llevan apenas una década en el mercado.
Fútbol: diseñando una pasión demuestra que el diseño es inseparable del deporte. Mirar los objetos del fútbol es mirar el siglo XX y lo que va del XXI. Cada balón, cada camiseta, cada cartel es un reflejo del tiempo en que fue hecho, la gente que lo usó y el mundo que lo rodeaba. Con el Mundial 2026 a la vuelta de la esquina, la exposición llega en el momento justo para recordar de dónde venimos antes de ver a dónde vamos.