”Nuestras obras intentan transformar el sistema en lugar de simplemente señalarlo con el dedo." — Frida Kahlo (seudónimo de una integrante anónima de las Guerrilla Girls).
En 1985, un grupo de mujeres irrumpió en las calles de Nueva York con máscaras de gorila y una misión. Eran las Guerrilla Girls, un colectivo de artistas y profesionales del sector cansadas de un mundo del arte que en ese entonces —y se podría argumentar que hoy también, a pesar de ciertos avances— era casi exclusivamente territorio de hombres blancos.
Las Guerrilla Girls se definen a sí mismas como "la conciencia del mundo del arte". Su misión es denunciar el sexismo, el racismo y la corrupción en la política, el cine y, por supuesto, las artes visuales. Las máscaras del colectivo nacieron de un error afortunado: "Fuimos 'Guerrillas' antes de ser 'Gorillas'. Desde el principio, la prensa quería fotos publicitarias y necesitábamos un disfraz. Nadie recuerda con total seguridad cómo conseguimos nuestro pelaje, pero una historia cuenta que, en una reunión temprana, una de las chicas originales, que escribía mal, puso 'Gorilla' en lugar de 'Guerrilla'. Fue un error iluminado. Nos dio nuestra 'másculinidad'", cuentan las integrantes.
El anonimato fue una decisión estratégica. En una industria donde el éxito depende del nombre y las relaciones, ocultar el rostro era una manera de subvertir las reglas del juego. Sin cara y sin nombre real, el espectador no podía atacar a la persona y tenía que enfrentarse al contenido de la obra. Además, el anonimato funcionaba también como herramienta de libertad de expresión. En una entrevista para la revista Interview, el colectivo afirmó: "El discurso libre anónimo está protegido por la Constitución. Te sorprendería lo que sale de tu boca cuando llevas puesta una máscara."
Todo empezó en 1984 cuando el MoMA presentó An International Survey of Recent Painting and Sculpture. La exposición pretendía mostrar lo más relevante del arte contemporáneo mundial. Sin embargo, de los 165 artistas seleccionados, solo 13 eran mujeres. Cuando un grupo de artistas protestó frente al museo y nadie prestó atención, las Guerrilla Girls decidieron tomar el asunto en sus propias manos. Adoptaron nombres de artistas fallecidas como Frida Kahlo, Käthe Kollwitz o Artemisia Gentileschi, en homenaje a predecesoras silenciadas y con el propósito de enfocar la atención en los datos.
Su obra más icónica apareció en 1989: ¿Tienen que estar desnudas las mujeres para entrar en el Met? El cartel mostraba la famosa Gran Odalisca de Ingres, pero con cabeza de gorila. La pregunta surgía de un dato que ellas mismas habían recopilado recorriendo el museo: menos del 4% de los artistas en las secciones de arte moderno eran mujeres, mientras que el 76% de los desnudos expuestos eran femeninos. El cuerpo femenino como objeto decorativo, mientras la mente femenina era rechazada como sujeto creador.
Con el paso del tiempo ocurrió lo inesperado. Los museos que ellas atacaban empezaron a comprar sus obras. Han exhibido en la Tate Modern, la Bienal de Venecia, el Centre Pompidou y el MoMA. El Getty Research Institute alberga su archivo completo y sus pósters forman parte de las colecciones permanentes del MoMA, la Tate Modern, el Art Institute of Chicago, el Museo de Arte de São Paulo y el Centro Pompidou, entre muchos otros.
Aquí surge el gran debate: ¿es esto un éxito o un fracaso?
Por un lado, la institucionalización puede verse como la victoria del caballo de Troya. Al entrar en el museo, las Guerrilla Girls han obligado a la institución a conservar la evidencia de su propia discriminación. Han contribuido a que los museos actuales tengan departamentos de diversidad y a que los curadores piensen dos veces antes de presentar una exposición compuesta exclusivamente por hombres blancos.
Por otro lado, la adquisición de sus obras por parte de los museo
s puede verse como una forma de artwashing —el uso del arte para limpiar la reputación de instituciones, empresas o gobiernos con historiales poco éticos. Al estar colgada en una pared blanca, institucional y prístina, la obra se convierte en un objeto histórico, lo que permite a la institución proyectar una imagen progresista sin necesariamente transformar sus estructuras de poder. ¿Sigue siendo una protesta si puedes comprar el póster en la tienda de regalos por 20 dólares? Las propias Guerrilla Girls tienen una respuesta: "¿Qué haces cuando el mundo del arte al que has dedicado toda tu vida de repente te abraza? Pues llevas tu crítica directamente adentro."
En 2026, los problemas que señalaron en 1985 han mejorado, pero no han desaparecido. Las Guerrilla Girls siguen activas, se han adaptado a los nuevos tiempos y han ampliado su foco hacia la industria del cine, donde denuncian la falta de directoras en Hollywood y la persistente brecha racial y de género en los premios más importantes. Siguen haciendo giras, conferencias e intervenciones en todo el mundo.