En 1981, el filósofo francés Jean Baudrillard publicó Simulacra y simulación, un libro en el que argumentaba que la sociedad moderna había reemplazado la realidad con signos y símbolos hasta el punto de que ya no había manera de distinguir entre lo real y su representación: “La simulación ya no es la de un territorio, un ser referencial o una sustancia. Es la generación, a través de modelos, de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal”. Baudrillard murió en 2007, sin haber vivido muchos de los avances tecnológicos que tenemos hoy. Sin embargo, su teoría de los simulacros parece profética.
Baudrillard, al igual que la ciencia ficción, intentó advertirnos de lo que estaba por venir. Philip K. Dick exploró en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) un mundo donde la diferencia entre lo humano y lo artificial se vuelve indetectable. William Gibson, en su novela Neuromante (1984), creó un mundo digital que sustituye la realidad tangible. En la película Matrix (1999), el personaje principal esconde sus archivos dentro de un ejemplar de Simulacra y simulación. En Her (2013), de Spike Jonze, un hombre se enamora de un sistema operativo con inteligencia artificial. Y, sin embargo, por más que la ciencia ficción intentó advertirnos, la noción de ficción es cada vez más ambigua. ¿Qué tanto hay de ficción en algo que eventualmente se replica en la realidad?
Ha habido tendencias en la industria del entretenimiento relacionadas con los deepfakes. En su blog, Ernesto Priego menciona algunas: el tour “Ecos”, construido alrededor de Soda Stereo, con una representación holográfica (“una representación virtual de alta tecnología”) de Gustavo Cerati (1959–2014); el proyecto ABBA Voyage, que abrió al público el 27 de mayo de 2022 en el ABBA Arena de Londres y se ha extendido en múltiples ocasiones, con funciones programadas al menos hasta noviembre de 2026; o el caso de Carrie Fisher en The Rise of Skywalker (2019), donde apareció mediante CGI.
Estos casos donde la ficción se mezcla con la vida real no son aislados . En Truth Social, Donald Trump ha publicado decenas de videos generados con IA donde aparece con una corona pilotando un jet de combate, donde demócratas se arrodillan ante él mientras agita una espada y donde aparece arrestando a Barack Obama. En 2024, “Taylor Made Freestyle” de Drake utilizó voces generadas por IA que imitaban a Tupac Shakur (1971–1996) y a Snoop Dogg. En 2020, Kanye West le regaló a Kim Kardashian un holograma de su padre fallecido, Robert Kardashian, quien murió en 2003. El holograma fue creado con algoritmos de machine learning para reproducir sus movimientos, expresiones y voz, y le entregó un mensaje de cumpleaños a su hija como si viniera desde el más allá. El guion, claro, fue escrito por el propio Kanye. Si bien a veces puede haber buenas intenciones detrás de “traer de vuelta” a los muertos o replicar personas, en la mayoría de los casos todo se reduce al dinero: lucro póstumo, lucro con la imagen ajena, lucro con las emociones de los demás. Como casi todo lo que se vende, la mercadotecnia se basa en la vulnerabilidad emocional de las personas.
Desde que la IA se volvió accesible al público general, han surgido varias controversias mientras se regulan estas plataformas. Grok, el chatbot de xAI, estuvo bajo fuego durante un tiempo porque era posible pedirle que desnudara a personas conocidas, figuras públicas e incluso menores de edad. En su artículo The Goon Squad, Daniel Kolitz afirma: “Cualquiera que haya prestado atención a la evolución del porno en línea durante los veinte años anteriores podía percibir, en su variedad y abundancia casi abrumadoras, el plano para un nuevo tipo de persona, una nueva relación con la sexualidad humana”. Este hiperrealismo crea la ilusión de conexión mientras aleja a las personas entre sí y genera más soledad, más incels y más relaciones con pantallas en lugar de con humanos.
Comparación de una imagen original y su manipulación mediante IA: herramientas de deepfake permiten eliminar digitalmente la ropa, evidenciando los riesgos de vulneración de la privacidad y el consentimiento en la era del hiperrealismo.
Ha habido una preocupante tendencia de parejas y compañeros generados por IA. Incluso cuando algo es claramente artificial, estamos viviendo un momento de psicosis colectiva donde los sentimientos nublan el lente crítico que nos permite distinguir entre la realidad y la fantasía. Lil Miquela, cuyo usuario de Instagram es @lilmiquela, es una influencer completamente generada por computadora que existe desde 2016. Tiene millones de seguidores en TikTok e Instagram, cobra más de 10,000 dólares por publicación y ha colaborado con marcas como Dior, Chanel, Calvin Klein y Samsung. Los reels y TikToks están inundados de comentarios preguntando “¿es esto IA?”. En muchos casos la respuesta es obvia; sin embargo, cada vez es más difícil distinguir.
Todo esto plantea una pregunta urgente: ¿qué va a pasar con nuestras relaciones humanas y con el control que tenemos sobre nuestra propia imagen? En un mundo donde cualquier persona puede ser recreada, desnudada, arrestada o resucitada digitalmente sin su consentimiento, la identidad y nuestro talento artístico o creativo deja de pertenecernos. Como escribió Baudrillard: “Simular una enfermedad no es fingirla: quien simula una enfermedad produce en sí mismo algunos de los síntomas”. La simulación parece estar sustituyendo la realidad.