Recordar el nacimiento de un gran poeta conlleva tratar de penetrar, hasta donde esto sea posible, en sus esencias abismales. Hoy recordamos la presencia de Rainer Maria Rilke (1875-1926) en el Seminario de Cultura Mexicana, en el festival de poesía con el que se conmemoran los 150 años del natalicio de este poeta universal que, por medio de la palabra, dejó un legado que ha trascendido el tiempo. A su vez, quiero recordar lo que para mí representó Rilke a través de la lectura de un libro que fue fundamental en mi juventud y lo sigue siendo en mi vejez: Cartas a un joven poeta. Para ello habré de remontarme al pasado –al fin y al cabo, soy arqueólogo– para rememorar cómo dos libros fueron esenciales en mi vida y cómo sus páginas abrieron senderos por los que he transitado a lo largo de mi existencia.
Corría el año de 1958. Estudiaba el bachillerato en el Colegio Cristóbal Colón y tenía que decidir a qué me iba a dedicar. Mis padres estaban un tanto angustiados por mi falta de definición en ese sentido y yo más, pues faltaban pocos meses para concluir mis estudios de preparatoria. Fue entonces cuando sucedió algo que iba a ser definitivo para mí. Un buen amigo, el médico y antropólogo Luis Alberto Vargas, me prestó un libro singular, Dioses, tumbas y sabios de C. W. Ceram. Cuando leí el capítulo dedicado al antiguo Egipto ya no seguí adelante: el tema me apasionó al conocer acerca de aquella sociedad compleja y, más aún, saber sobre quiénes habían hecho posible conocer las entrañas de aquella civilización. Tomé una decisión: estudiaría arqueología. Fui a ver a mis padres y les comenté.
—Queridos padres, ya decidí lo que voy a estudiar.
—¿Medicina, química, o tal vez ingeniería…? —preguntó mi madre.
—No, arqueología.
Hubo un silencio espantoso. Les expliqué las características de la escuela a la que pensaba ingresar. Mi madre me respondió:
—Hijo, dices que en esa escuela las clases son solamente en la tarde, ¿no sería bueno que en las mañanas llevaras cursos en la Escuela Bancaria y Comercial?
En pocas palabras, me estaba dando a entender que me moriría de hambre como arqueólogo. Fui a ver a mi amigo y le relaté lo sucedido. Su respuesta fue definitiva:
—Mira, Eduardo, a lo mejor te mueres de hambre, pero morirás muy contento porque hiciste lo que tú quisiste…
Santo remedio, al año siguiente me inscribí en la Escuela Nacional de Antropología e Historia.
Como alumno en la escuela conocí a una compañera y nos hicimos novios. Un día me llevó un libro y me dijo:
—Eduardo, quiero que leas este libro y después lo comentamos.
El libro en cuestión era Cartas a un joven poeta de Rainer Maria Rilke. Cuando leí aquellas cartas en las que el gran poeta respondía al joven aprendiz, me identifiqué de inmediato con el autor. Diversas cosas en las que yo había pensado durante mis años de juventud las veía plasmadas en las palabras del autor de las Elegías de Duino.
Aquellos dos libros fueron decisivos en mi vida. El primero me abrió el camino a mi vocación de arqueólogo; el segundo marcó el camino hacia mi interior… A partir de aquel momento los escritos de Rainer Maria ocuparon un lugar privilegiado en los estantes de mi biblioteca. Vuelvo a retomar mis repetidas lecturas de las cartas de respuesta al joven Franz Kappus, quien un buen día decidió enviarle a Rilke sus poemas. Así lo expresa Kappus:
Con veinte años apenas, y en el umbral de una carrera totalmente opuesta a mis inclinaciones, pensé que, si alguien podría comprenderme, ese alguien era el poeta de Mir zur Feier [Para festejarme]. Casi sin darme cuenta, le escribí una carta para acompañar mis poesías. En ella me explayaba como nunca antes lo había hecho y como ya nunca más haría.
Acudo al joven Franz ya que, por lo general, solo se le menciona de paso, pero gracias a él contamos con las diez respuestas que Rilke le escribe entre 1903 y 1908, en las que nos brinda una filosofía de vida plena de significados que nos hacen transitar hacia arcanos que llegan al infinito. En ellas habla de la soledad, del amor, de la mujer, del sexo… En fin, nos lleva por senderos y oleajes en que solemos perdernos y naufragar cuando somos jóvenes. El joven escritor señala lo siguiente con relación a la importancia de las cartas publicadas en 1929, tres años después de la muerte del poeta:
Lo importante son estas diez cartas. Importantes para el conocimiento de ese universo en que Rainer Maria Rilke vivió y creó, y también importantes para quienes están creciendo y formándose, y para quienes se formarán mañana. Pero cuando un príncipe va a tomar la palabra, los demás debemos guardar silencio (Kappus, 2005: 10-11).
Tiene razón el joven poeta: debemos dejar que Rilke hable por medio de la palabra escrita. Para mí, las cartas 4 y 7 son sublimes por el contenido que encierran. Escuchamos la voz del poeta en la primera de ellas, escrita “En camino hacia Worpswede, cerca de Bremen, 16 de julio de 1903”:
Usted, querido señor, es tan joven, está tan lejos de todo comienzo, que quisiera rogarle tanto como me sea posible hacerlo, que sea paciente con todo aquello que todavía no está resuelto en su corazón, y que trate de amar a sus propias preguntas como a aposentos cerrados, como a libros escritos en un idioma muy extraño. No busque ahora respuestas, no se le pueden dar porque no las podría vivir, y de eso se trata, de vivirlo todo. Por el momento, no viva sino sus preguntas. Viviéndolas, tal vez un día, casi sin darse cuenta, llegue a las respuestas (Rilke, 2013: 30).
Con relación al sexo, señala:
El sexo es difícil, sí, pero todo lo que nos ha sido encomendado es difícil. Casi todo lo serio es difícil, y todo es serio […] una relación con el sexo absolutamente propia, íntima y libre de todo convencionalismo y ética, entonces no tendrá ya que tener miedo a perderse, y a hacerse indigno de su mejor bien.
Y continúa con estas palabras:
La voluptuosidad de la carne es una experiencia tan sensual como una mirada pura, como el sabor de un fruto maduro en nuestra boca. Es una experiencia sin límites que nos es dada, un conocimiento del universo, la plenitud y el brillo de toda sabiduría. Y lo malo no es experimentarla, lo malo es hacer mal uso de ella, convertirla en una distracción para los momentos de tedio, en una diversión, en lugar de servir para la concentración, para un ascenso hacia la cumbre (op. cit., p. 31).
El poeta considera la voluptuosidad de la carne como una experiencia única que nos permite conocer el universo y con él la plenitud y el brillo de la sabiduría. Las palabras alcanzan aquí lo sublime y lo llevan a referirse al poder creativo que hace posible la vida de otros seres:
En un solo pensamiento creador reviven mil noches de amor olvidadas, que lo llenan de grandeza y elevación. Y quienes están juntos por las noches, entrelazados en una mecida voluptuosidad, están cumpliendo una obra grave, acumulan dulzuras, profundidad y vigor para la obra de algún poeta venidero que se levantará para cantar indescriptibles delicias (op. cit., p. 32).
La carta finaliza con una alusión a la soledad. En palabras del poeta:
Por eso, querido señor, ame su soledad, soporte el dolor que le ocasiona, y que el sonido de su queja sea bello. Pues los que están cerca de usted están lejos y se hace un espacio alrededor de usted. Si lo que está cerca de usted está lejos, entonces su ámbito ya linda con las estrellas y es casi infinito.
Ya para terminar la carta, agrega: “Pero su soledad, aun en medio de tan opuestas condiciones, le será sostén y hogar, y desde ella encontrará usted todos los caminos” (op. cit., p. 34).
En la carta VII (Roma, 14 de mayo de 1904) vuelve a escribir sobre la soledad. El poeta insiste en su concepción sobre el tema y hace ver que no hay que dejarse turbar porque algo se le presenta al joven para salirse de ella. Señala:
La gente, con la ayuda de los convencionalismos, tiene todo resuelto yéndose a lo más fácil, y a los aspectos más fáciles de lo fácil. Pero está claro que debemos buscar lo difícil. Todo lo que vive tiende a ello, todo en la naturaleza se desarrolla y se defiende, según su especie, esto es lo característico de sí mismo, y trata de serlo, a toda costa y contra toda resistencia […] Es bueno estar solo, porque la soledad es difícil. El hecho de que algo sea difícil debe ser el motivo más puro que nos impulse a hacerlo (op. cit., p. 46).
De inmediato habla acerca del amor, al que considera la prueba más difícil. Lo dice con estas palabras: “El amor de un ser humano por otro es posiblemente la prueba más difícil para cada uno de nosotros. Es el más alto testimonio de nosotros mismos, la prueba suprema para la cual todo lo demás no son sino preparativos. Es por eso que los jóvenes, nuevos en todos los aspectos, no saben todavía amar. Y deben aprender” (op. cit., p. 46).
Más adelante, insiste en esto y define la relación amorosa de manera tal que sus palabras se transforman en guía. Muchos son los párrafos que nos da el poeta; de ellos tomo los que considero esenciales. Comienzo con uno que, aunque un tanto extenso, nos transmite qué no es el amor:
En eso yerran a menudo y muy gravemente los jóvenes (pues es propio de ellos no tener paciencia), y cuando el amor les sobreviene se precipitan uno hacia el otro, aunque su alma es apenas un bosquejo, impreciso, desordenado, ellos se juntan. Pero ¿qué?, ¿qué puede hacer la vida con ese montón de formas blandas que ellos llaman su unión y que quisieran llamar su felicidad? ¿Y mañana, qué? Cada cual se pierde por el amor de otro, y pierde al otro también, y a muchos otros que pudieran venir todavía. Y pierden los horizontes y las posibilidades, cambian el ir y venir de cosas, vislumbradas, llenas de presentimientos, por un conflicto estéril del que ya nada puede salir, nada, si no es un poco de tedio, decepción y pobreza, y tal vez la salvación en uno de los muchos convencionalismos que, como refugios públicos, se hallan instalados a lo largo de ese camino –el más peligroso–. Ningún campo de la existencia humana está más lleno de convencionalismos que este; salvavidas de diversos tipos, botes y flotadores, la sociedad ofrece todos los medios para escapar (op. cit., p. 47).
Entre los convencionalismos a los que hace alusión Rilke se encuentra el matrimonio, y considera como errores todos aquellos que conducen, finalmente, al juego de las convenciones. Al referirse a la mujer comenta “La mujer suele tener una vida más espontánea, más fecunda y más confiada que el hombre, y por lo tanto también más madura y más próxima a lo humano”, para de inmediato agregar algo muy importante:
Esta humanidad madurada por la mujer en el dolor y en la humillación verá el día en que ella romperá las cadenas de su condición social. Y los hombres, que no presienten tales hechos, quedarán sorprendidos y vencidos. Un día (varios indicadores lo atestiguan ya en los países nórdicos), la joven existirá, la mujer existirá. Y los términos joven y mujer, no nada más significarán lo contrario al varón, sino algo por sí mismos, algo que no haga forzosamente pensar en un complemento ni en un límite, sino solo en una forma de vida: el ser humano femenino (op. cit., pp. 49-50).
Termina la carta con una consideración que, cuando la leí por primera vez, me impactó de manera contundente. Dijo el poeta:
Este progreso transformará (contra la voluntad de muchos hombres) la vida amorosa, hoy tan llena de errores. El amor no será ya una relación de varón y mujer sino de un ser con otro. Y ese amor, mucho más humano, será infinitamente más delicado, lleno de consideraciones, bueno y claro en todas las cosas que ate y desate. Se asemejará al que precisamente estamos preparando con nuestra dura lucha: dos soledades protegiéndose, limitándose, e inclinándose una ante la otra (op. cit., p.50).
¡Cuánto desearía que algunas mujeres “feministas” leyeran estas páginas…!
En busca de la tumba de Rilke
Los arqueólogos somos asiduos visitantes de lo que ocurrió en el tiempo pasado. En varias ocasiones, tanto en mis escritos como en entrevistas, menciono el título de Marcel Proust En busca del tiempo perdido, comparándolo con el quehacer del arqueólogo. En efecto, buscamos el tiempo que fue y nos adentramos, irreverentes, en aquel pasado que nos permitirá encontrarnos frente a frente con los rostros que fueron. Los vestigios que dejaron las sociedades antiguas nos revelan, a través de sus obras, la historia por la que transcurrieron, la economía que las sustentaba, las relaciones que se dieron entre los individuos, el poder creador que se expresó en la creación de dioses y también en la arquitectura, la escultura, la pintura, la danza y la literatura. Y algo muy importante: los conceptos acerca de la vida y la muerte. Este último tema siempre me ha atraído y no son pocas las palabras que a él he dedicado.
Todo lo antes dicho es preámbulo para comentar sobre mi interés por conocer la tumba del poeta. Siempre me había propuesto que algún día tendría que buscar la tumba de Rilke. Y allá fui. Perdida en los Alpes suizos, en un pequeño poblado llamado Raron, se encuentra sobre una loma la iglesia de San Miguel, que en su interior luce un mural del Juicio Final. Afuera, en un costado de la misma, están varias tumbas y una de ellas es la de nuestro poeta. Cuando la visitamos, María Luisa y yo sentíamos la presencia del poeta, más aún cuando llegamos hasta la lápida que se alza encima de la tumba. Un rosal subía a lo largo de ella, recordándonos la importancia que para Rilke representaba aquella flor. La emoción era intensa. María Luisa arrancó un cabello y lo ató al tallo; lo mismo hice yo, arrancando un pelo de mi barba y dejándolo allí, en aquel paraje invernal en el que el poeta había pedido ser enterrado y dejó su epitafio para que quedara grabado en su tumba. Las palabras dicen, en alemán, lo siguiente:
“Rose, oh reiner Widerspruch, Lust, Niemandes Schlaf zu sein unter soviel Lidern”.
La traducción, o una de ellas, es:
“Rosa, ¡oh, pura contradicción!, alegría de no ser el sueño de nadie bajo tantas pupilas”. (traducción de Angelloz, 1955).
Esas palabras han tratado de ser interpretadas por muchas personas sin éxito. Algunos resaltan la presencia de la rosa al recordar aquel pasaje que, poco tiempo antes de su muerte, sucedió: esperando a una dama, el poeta arrancó una rosa en la casa de Muzot y al hacerlo se picó con una espina, lo que provocó una infección que aceleró la leucemia que padecía. Otros hablan de no sé qué tantas cosas. La verdad es que hasta hoy no hay una explicación satisfactoria y lo que permanece es la frase que invita a penetrar en el pensamiento rilkeano. Quizá una aproximación a ella podría ser la siguiente: leyendo a Fernando Fernández en su opúsculo La poesía, me encuentro sorpresivamente que, al analizar las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), menciona las influencias que el autor tiene de la escritura germánica y en particular de Heinrich Heine (1797-1856). Alude a un poema de Bécquer que, de inmediato, me recordó el epitafio de Rilke. Lo transcribo a continuación:
¿Será verdad que cuando toca el sueño
con sus dedos de rosa nuestros ojos,
de la cárcel que habita huye el espíritu
en vuelo presuroso?
¿Será verdad que, huésped de las nieblas,
de la brisa nocturna el leve soplo,
alado sube a la región vacía
a encontrarse con otros?
¿Y allí, desnudo de la humana forma,
allí los lazos terrenales rotos,
breves horas habita de la idea
el mundo silencioso?
Este bello poema, que remite al momento de la muerte cuando el espíritu se desprende del cuerpo, contiene varias palabras que vemos en el epitafio: rosa, sueño, ojos… ¿Simple coincidencia? ¿Leyó Rilke a Bécquer? No lo sé a ciencia cierta, pero el contenido me deja dudas acerca de aquellas palabras inscritas en una lápida mortuoria…
Por mi parte, siempre pensé que el día en que entendiera lo que Rilke quiso decir en su epitafio habría comprendido plenamente al autor. Todavía no lo consigo. Escribí algunas palabras –que ya no recordaba– al final del libro de Angelloz, cuando terminé su lectura hace ya muchos años. En ellas expresé lo que sentí en aquellos momentos trascendentales de mi vida. Dicen así:
Hoy hemos estado frente a la tumba de quien amó la soledad. De un rosal que sube junto a su lápida solo queda, en pleno otoño, una rosa roja que, solitaria, parece responder a lo escrito en ella: “¡Rosa, oh pura contradicción!”, y ser la parte viva después de haber provocado la muerte. La pequeña iglesia marca las horas, mientras que la tarde, perezosa, parece alargarse indefinidamente entre los macizos montañosos de los Alpes, que contemplan y guardan la tumba del solitario Rilke. Todo parece proyectar una infinita soledad y lleva al hombre, al poeta, a elevarse hacia las cumbres…
Referencias
Angelloz, J. F., Rilke. Buenos Aires: Editorial Sur, 1955.
Fernández, Fernando, La poesía. México: Seminario de Cultura Mexicana, 2025.
Kappus, Franz, “Introducción”, Cartas a un joven poeta, traducción de Alma Alicia Martell. México: Editorial Colofón, 2005.
1 Ensayo leído en el Festival de Poesía del Seminario de Cultura Mexicana (2025).