El 26 de julio de 1875 nació Carl Gustav Jung en la pequeña comuna de Kesswil, a orillas del lago de Constanza. Hoy, 150 años después, las ideas y los enigmas que dejó planteados este médico y psiquiatra suizo son un desafío vivo.
Pocos científicos se han propuesto penetrar tanto y tan profundamente en los abismos del alma humana. Quizá esta meta pudiera parecer en nuestros días más propia de un artista o de un filósofo. Por ello, no es casual ni está exento de paradoja que Jung nutriera su trabajo en las riquísimas canteras del simbolismo de la alquimia –ars magna–, de los mitos gnósticos y de la filosofía hermética.
La ciencia positivista ortodoxa difícilmente aceptó ese reto. De hecho, Sigmund Freud, tras haber señalado primeramente a Jung como su delfín, terminaría pocos años después descalificándolo y tildándolo de “místico”. Con ello, Jung quedó orillado a florecer en la marginalidad. Este rompimiento personal y teórico entre ambos genios marcaría los senderos divergentes de las escuelas psicoanalíticas austriaca y suiza.
Explorar la muy extensa y variada obra de Jung es entrar en un bosque de espejos encantados. Nociones y figuraciones complejas se reflejan unas a otras como un caleidoscopio que perfila un universo psicológico de profundidad insondable. El inconsciente colectivo, los complejos y los arquetipos, el sí-mismo y la sombra e incluso la magia son solo algunos de los habitantes de este extraño mundo.
Uno puede sentirse desorientado ante la vastedad, la erudición y la riqueza del pensamiento junguiano. Sin embargo, un hilo de Ariadna que puede guiarnos en ese laberinto pletórico de sentido es la forma en la que nuestro autor caracteriza el mundo de lo simbólico, enclave privilegiado de encuentro entre las distintas regiones de la psique.
La idea de símbolo es crucial en el andamiaje conceptual construido por Jung. La última formulación escrita sobre el tema la haría en 1961, año de su muerte, en el capítulo inicial de El hombre y sus símbolos. Ahí menciona: “Una palabra o una imagen es simbólica cuando representa algo más que su significado inmediato y obvio. Tiene un aspecto ‘inconsciente’ más amplio que nunca está definido con precisión o completamente explicado. Ni se puede esperar definirlo o explicarlo. Cuando la mente explora el símbolo, se ve llevada a ideas que yacen más allá del alcance de la razón”.[1]
Tras estas líneas hay más de cinco décadas de investigación, a lo largo de las cuales el psicólogo suizo construyó una teoría de la psique tan fascinante y revolucionaria como polémica. Para comprender la naturaleza y la función del concepto de símbolo en el pensamiento de Jung es indispensable recordar, así sea en forma extremadamente sucinta, las hipótesis fundamentales que cimientan su edificio teórico, en cuyo núcleo aparece la postulación del inconsciente colectivo y de los arquetipos.
Desde su tesis doctoral, publicada en 1902, figuran ya algunos gérmenes de estas ideas. Luego de reformulaciones sucesivas van asentándose y enriqueciéndose, de modo que, para el momento de la fundación del círculo de Eranos (grupo interdisciplinario creado por Olga Fröbe-Kapteyn en 1933 en torno a la figura de Jung), el psiquiatra suizo puede presentarlas ya consolidadas. En su texto titulado “Sobre los arquetipos de lo inconsciente colectivo”, publicado en el Eranos-Jahrbuch de 1934, escribe:
Una capa, en cierto modo superficial, de lo inconsciente es sin duda alguna personal. La designamos con el nombre de inconsciente personal. Pero esa capa descansa sobre otra más profunda que ya no procede de la experiencia personal ni constituye una adquisición propia, sino que es innata. Esa capa más profunda es lo así llamado inconsciente colectivo. He elegido el término “colectivo” porque tal inconsciente no es de naturaleza individual, sino general, es decir, a diferencia de la psique personal, tiene contenidos y formas de comportamiento que son iguales, cum grano salis en todas partes y en todos los individuos […] Los contenidos de lo inconsciente personal son ante todo los llamados complejos sentimentalmente acentuados, que forman la intimidad personal de la vida anímica. Los contenidos de lo inconsciente colectivo, por el contrario, son los llamados arquetipos. [2]
Jung no pretende formular delimitaciones precisas ni descripciones puntuales sobre el inconsciente colectivo; procede, en cambio, a un estudio fenomenológico donde el análisis de los sueños de sus pacientes va revelando, poco a poco, algunas claves de ese mundo arcano.
En las figuraciones oníricas, a las que considera como “la fuente más frecuente y universalmente accesible para la investigación de la facultad simbolizadora del hombre”[3], Jung detecta en forma recurrente lo que en un inicio nombra como “dominantes del inconsciente colectivo”, “imágenes arcaicas” o “imágenes primigenias”, que parecen condensar una suerte de patrones humanos de comportamiento presentes más allá de límites históricos y geográficos. A partir de 1927 las denominará con el término de “arquetipo”, tomado del corpus hermeticum, y con ciertas connotaciones derivadas de los escritos de Dionisio Areopagita y de San Agustín. En 1946, en su trabajo titulado “El espíritu de la psicología”, Jung gana en precisión y claridad al diferenciar expresamente el “arquetipo en sí”, no perceptible, radicado en el inconsciente colectivo, de la representación o imagen arquetípica que aparece ya en el dominio consciente, como lo hace notar Jolande Jacobi en su estudio Complejo, arquetipo y símbolo en la psicología de Jung.[4]
En el capítulo de “Definiciones”, que incorpora Jung en su tratado sobre Tipos psicológicos, plantea lo siguiente:
La imagen primigenia [arquetipo] es, pues, una expresión que abarca el entero proceso vital. A las percepciones sensoriales y a las percepciones espirituales internas que al comienzo aparecen de un modo desordenado e inconexo, la imagen primigenia les da un sentido ordenador y vinculador, y con ello libera la energía psíquica de la vinculación a la mera e incomprendida percepción. Pero la imagen primigenia vincula también las energías desencadenadas por la percepción de los estímulos a un determinado sentido, el cual encamina el obrar por las sendas correspondientes al sentido. Libera energía inutilizable, estancada, remitiendo el espíritu a la naturaleza y llevando el mero impulso natural a formas espirituales[5]. […] La imagen primigenia es así la necesaria contrapartida del instinto, el cual es un obrar finalista, pero que también presupone una captación, tanto según el sentido como según el fin, de una situación momentánea.[6]
Haciendo una breve recapitulación hasta este punto tenemos, pues, que el inconsciente colectivo es esa especie de magma psicoide primigenio, insondable, que subyace al inconsciente individual. Es el “sedimento vivo” y actuante de la experiencia filogenética en el que se condensa, a su vez, la evolución entera del cosmos. “Es el equivalente interior de la creación; desde el primer día de su ser y su devenir, un cosmos interior de idéntica infinitud al del exterior”[7]. Es el océano de oscuridad donde se disuelven todos los límites trazados por la razón. Más aún, las propias condiciones de posibilidad de toda distinción, el espacio y el tiempo, son por completo ajenas a este ámbito en que no hay cuándo ni dónde; es, parafraseando la sentencia de El secreto de la flor de oro,“la tierra que no está en ninguna parte”.[8]
El paso a ese territorio le está vedado a la razón. Los principios de identidad, de no contradicción y de tercero excluido, fundamento del pensamiento racional, anclan y hacen imposible el paso de la consciencia a esa otra dimensión de la psique. Solo la superación de tales principios –la coincidentia oppositorum– puede abrir el pasaje a ese otro lado, pero transitarlo implicaría, necesariamente, la disolución del yo. Sería como la gota uniéndose al océano, siguiendo una de las imágenes recurrentes de la tradición hinduista.
“Ese ámbito de lo inefable está habitado por la totalidad de los arquetipos en sí, elementos nucleares latentes que son los fundamentos de la psique consciente”.
Ante la consciencia, entonces, ese inconsciente colectivo se presenta como algo radicalmente distinto, como lo completamente otro. Para intentar circunscribirlo de alguna forma, Jung acude al concepto de lo numinoso, acuñado y desarrollado por Rudolf Otto en su obra Lo santo (Das Heilige)[9]. Misterioso, irracional, fascinante y terrorífico en la misma medida, ese ámbito de lo inefable, ese “reino auténticamente proteico de la psique”[10], está habitado por la totalidad de los arquetipos en sí, elementos nucleares latentes que son los fundamentos de la psique consciente. Son sistemas de disposiciones, heredados con la estructura cerebral, que implican simultáneamente imagen y emoción.[11]
“En el símbolo convergen la finitud perceptible de la imagen y la infinitud de lo indecible. Es, literalmente, un umbral hacia el abismo, hacia lo ilimitado”.
En el inconsciente los arquetipos no figuran aislados, sino interpenetrados y fusionados; no obstante, ciertos grupos o motivos comunes pueden ser intuitivamente reconocibles. Asimismo, todos los arquetipos están marcados por un carácter ambiguo y bipolar que hace que presenten orientaciones positivas, negativas o meramente atónicas[12]. En ellos radican, a un tiempo, posibilidades formidables tanto de destrucción como de sanación de la psique.
Al darse la aparición de determinadas constelaciones psíquicas individuales o colectivas, la energía generada por el arquetipo en sí irrumpe desde la profundidad en el ámbito de la consciencia y se posesiona de imágenes procedentes del campo de la percepción, preñándolas de numinosidad, de fuerza fascinante, irracional y tremenda, y conforma así las imágenes arquetípicas, símbolos avasalladores cargados de misterio y de poder que cimbran la totalidad de las funciones del individuo: su percepción, su pensamiento, su emocionalidad y su intuición.
En el símbolo convergen la finitud perceptible de la imagen y la infinitud de lo indecible. Es, literalmente, un umbral hacia el abismo, hacia lo ilimitado. A diferencia del signo y de la alegoría, en el símbolo está invariablemente implicado lo desconocido. “Un símbolo está vivo tan solo cuando también para el contemplador es la mejor y más alta expresión posible de lo presentido y aún no sabido”[13]. En lo velado arraiga la vida del símbolo.
De este modo, el símbolo se instaura como entorno de mediación entre la psique consciente y la inconsciente: “No es ni abstracto, ni concreto, ni racional, ni irracional, ni real, ni irreal; es, en cada momento, ambas cosas”[14]. Se halla, en consecuencia, más allá de toda calificación moral; de dónde se sitúe la consciencia con respecto al símbolo y de cómo reaccione ante él, dependerá que se desencadenen factores positivos o negativos en el individuo.
A la capacidad psíquica de formar símbolos, Jung la denomina “función trascendente”, entendida como una función compleja que permite fluir a las energías de las partes consciente e inconsciente de la psique hacia una zona de confluencia: el símbolo[15]. Ahí, la libido que procede de los abismos psicoides nutre de energía al aspecto luminoso de la psique y lo colma de sentido, con lo que orienta su accionar a través de la intuición, definida por Jung como “percepción a través de lo inconsciente”[16]. Así, menciona Jung:
El arquetipo no solo es, en sí, imagen, sino también dinámica, manifestándose esta última mediante la numinosidad, la fuerza fascinante de la imagen arquetípica. La realización y asimilación de la pulsión tiene lugar […] no mediante inmersión en la esfera pulsional, sino tan solo mediante la asimilación de la imagen que al mismo tiempo significa también y evoca la pulsión, pero de una forma muy distinta a como la hallamos en el plano biológico. […] El arquetipo, como imagen de la pulsión, es, desde el punto de vista psicológico, una meta espiritual hacia la que tiende la naturaleza del ser humano.[17]
Los arquetipos manifiestan una cierta estratificación. Parecen existir arquetipos más básicos, más primigenios que otros, a modo de genealogías que se despliegan en distintos niveles del inconsciente colectivo. Cuanto más profundo sea el estrato del que procede el arquetipo, menores serán sus determinaciones y mayores sus posibilidades de significación, e igualmente será portador de una carga energética de mucho mayor plenitud que los arquetipos derivados más próximos a los niveles de la consciencia[18]. Es explorando este rastro que Jung llegará a proponer la idea de arquetipo del sí-mismo, que en alemán lo denominará Selbst, como aquel que guía desde la profundidad el proceso de individuación de cada ser humano, cuya meta será superar el cisma de su propia psique, experimentando así el misterio de la conjunción, la vivencia de los opuestos, la totalidad de su ser.
Así como el yo forma el punto focal de la consciencia, el sí-mismo se constituye en el arquetipo central del inconsciente colectivo. Las imágenes arquetípicas más relevantes del proceso de individuación –la sombra, el anciano, el niño, el héroe, la madre, el ánima y el animus– se asocian a sectores psíquicos distintos, en tanto que los símbolos de conjunción lo hacen al centro psíquico, al Selbst, y son, consecuentemente, “la expresión imaginaria de un valor supremo”[19]. La paradoja absoluta es propia del sí-mismo, pues es sincrónicamente tesis, antítesis y síntesis. Los mandalas[20] constituyen un ejemplo paradigmático de su simbolización:
Su motivo fundamental es la idea de un centro de la personalidad, por así decir de un lugar central en el interior del alma al que todo está referido, mediante el que todo está ordenado y que a la vez constituye una fuente de energía. La energía del centro se pone de manifiesto en la apremiante, casi irresistible necesidad de llegar a ser lo que se es, del mismo modo que cada organismo tiene que tomar por fuerza la figura de su propio ser. Ese centro no está sentido ni pensado como el yo, sino, si es posible expresarlo así, como el sí-mismo.[21]
El arquetipo del sí-mismo es, pues, el centro del laberinto que debe recorrer cada ser humano para alcanzar la totalidad de su esencia, y ese recorrido es el despliegue psíquico que Jung denomina proceso de individuación: “Empleo el término ‘individuación’ en el sentido de un proceso que genera un ‘individuo’ psicológico, es decir, una unidad, una totalidad independiente, indivisible”[22]. Es un desarrollo progresivo basado en la dialéctica que se establece entre la consciencia y el inconsciente, donde la confrontación de ambas partes da eventualmente paso a su armonización. En este marco, las representaciones alquímicas del “símbolo unificador” se le revelan a Jung como los paralelos más significativos.
La experiencia de la totalidad no es un objeto de la especulación racional o una voluntad de identificación. Es una vivencia radical que compromete al hombre en su integridad y que, de hecho, transmuta cualitativamente su propio ser: “Habría que llamarla más bien un destino”[23]. Para lograr la visión interior que establezca la relación entre el alma y las figuras sagradas, continúa Jung, “se impone abrir el camino a la posibilidad de ver”, y ese es el papel de la psicología: tocar el alma, enseñar el arte de ver:[24]
En mi condición de médico mi tarea consiste en ayudar a mis pacientes a ser capaces de vivir. Por eso no puedo permitirme ningún juicio respecto de sus decisiones últimas, pues sé por experiencia que toda coacción, ya se trate de una ligera sugestión, de persuasión o de cualquier otro medio para producir un cambio, no determina a la postre sino un obstáculo a la vivencia suprema y más decisiva: la de hallarse uno a solas con su Selbst, o cualquiera que sea el nombre que quiera dársele a la objetividad del alma. El paciente tiene que estar solo para experimentar lo que lo sostiene cuando él ya no puede sostenerse por sí mismo. Únicamente esta experiencia puede darle una base indestructible […][25]
Los sueños y los mitos son las expresiones por excelencia de este proceso de compensación psicológica. Los sueños “se originan en un espíritu que no es totalmente humano, sino más bien una bocanada de naturaleza, un espíritu de diosas bellas y generosas, pero también crueles. Si queremos caracterizar ese espíritu, tenemos que acercarnos más a él, en el ámbito de las mitologías antiguas o las fábulas de los bosques primitivos, que en la consciencia del hombre moderno”[26]. Los símbolos oníricos y los religiosos, individuales aquellos y colectivos estos, son los mensajeros esenciales que el inconsciente manda al yo para que este aprenda de nuevo a entender el olvidado lenguaje de los instintos[27]. “Los símbolos individuales no carecen de vínculo con los colectivos. Existen ‘pautas primordiales’ profundas y comunes a ambos, donde sus caminos, inicialmente separados, convergen: El símbolo es cuerpo vivo, corpus et anima; […] Por eso, ‘muy abajo’ la psique es mundo”.[28]
La mitología es el “revestimiento primordial” de los arquetipos devenidos en símbolos colectivos. Sus paralelismos, la uniformidad de sus temas y su continua reaparición autóctona testimonian su universalidad y, por tanto, lo abismal de la profundidad psíquica de la que emergen[29]. En Introducción a la esencia de la mitología, obra escrita en colaboración con Jung y en consonancia con su pensamiento, afirma Karl Kerényi: “La configuración de la mitología es imaginada. Una acumulación de imágenes mitológicas progresa hasta la superficie. Una acumulación que al mismo tiempo es una eclosión: si se consigue contenerla, de la forma en que los mitologemas están a veces fijados en el molde de las tradiciones sagradas, se convierte en una forma de obra de arte”.[30]
Como alcanzamos a vislumbrar, los horizontes y caminos abiertos por Jung son inagotables. Valga cerrar este breve texto conmemorativo con un fragmento de sus memorias que resume, en cierta medida, la invitación al misterio que nos regala su obra:
Atrévete a abrir las puertas ante las cuales todos prefieren pasar de largo […] Fausto II es algo más que un ensayo literario. Es un eslabón en la aurea catena que, desde los inicios de la alquimia filosófica y del gnosticismo hasta el Zaratustra de Nietzsche –casi siempre impopular, ambiguo y peligroso–, representa un viaje de exploración hacia el otro polo del mundo.[31]
Bibliografía
Jacobi, Jolande, Complejo, arquetipo y símbolo en la psicología de Jung. México: Fondo de Cultura Económica, 1983.
Jung, Carl Gustav, Obra completa, vol. 9/1, Los arquetipos y lo inconsciente colectivo. Madrid: Editorial Trotta, 2002.
— Psicología y alquimia. México: Editorial Tomo, 2007.
— Recuerdos, sueños, pensamientos. Barcelona: Seix Barral, 2001.
— Tipos psicológicos. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1994.
—; Joseph Henderson; Jolande Jacobi; Aniela Jaffé; Marie-Louise von Franz, El hombre y sus símbolos. Barcelona: Paidós, 1995.
—; Karl Kerényi, Introducción a la esencia de la mitología. Madrid: Ediciones Siruela, 2004.
—; Richard Wilhelm, El secreto de la flor de oro. Buenos Aires: Paidós, 1961.
[1] Carl Gustav Jung, “Acercamiento al inconsciente”, en El hombre y sus símbolos, p. 20.
[2] C. G. Jung, “Sobre los arquetipos del inconsciente colectivo”, en C.G. Jung, Obra completa, vol. 9/1, pp. 3-4.
[3] C.G. Jung, op. cit., “Acercamiento…”, p. 25.
[4] Jolande Jacobi, Complejo, arquetipo y símbolo en la psicología de Carl Gustav Jung, cfr. pp. 39-40.
[5] C.G. Jung, Tipos psicológicos, p. 526.
[6] Ibid., p. 529.
[7] J. Jacobi, op. cit. p. 61.
[8] C. G. Jung y Richard Wilhelm, El secreto de la flor de oro, p. 109.
[9] Rudolf Otto, Lo santo: lo racional y lo irracional en la idea de Dios. Alianza Editorial, Madrid, 2009.
[10] P. Schmitt, Archetypisches, p. 114, citado en J. Jacobi, op. cit., p. 52.
[11] J. Jacobi, op. cit., cfr. p. 42.
[12] Ibid., cfr. p. 66.
[13] C.G. Jung, op. cit., Tipos…, p. 557.
[14] C.G. Jung, Psicología y alquimia, p. 387.
[15] J. Jacobi, op. cit. cfr. pp. 93-94.
[16] C.G. Jung, “Consciencia, inconsciente e individuación”, en C.G. Jung, Obra completa, vol. 9/1, p. 264.
[17] C.G. Jung, “De las raíces de la consciencia”, citado en J. Jacobi, op. cit., p. 42.
[18] J. Jacobi, op. cit., cfr. p. 58.
[19] Ibid., p. 106.
[20] Del sánscrito मण्डल, que significa “círculo”. Designa dibujos circulares cultuales.
[21] C.G. Jung, “Sobre el simbolismo del mándala”, en C.G. Jung, Obra completa, vol. 9/1, p.341.
[22] C.G. Jung, “Consciencia, inconsciente e individuación”, en C.G. Jung, Obra completa, vol. 9/1, p.257.
[23] Ibid., p. 30.
[24] Ibid., cfr. pp. 21-22.
[25] Ibid., pp. 40-42.
[26] C.G. Jung, op. cit., “Acercamiento…”, p. 52.
[27] Ibid., cfr. p. 52.
[28] C.G. Jung, “La psicología del arquetipo del niño”, en C.G. Jung y Karl Kerényi, Introducción a la esencia de la mitología, pp. 118-119.
[29] J. Jacobi, op. cit., cfr. pp. 101-102.
[30] Karl Kerényi, “Del origen y fundamento de la mitología”, en C.G. Jung y Karl Kerényi, op. cit., pp. 17-18.
[31] C.G. Jung, Recuerdos, sueños, pensamientos, p. 196.