El pintor Leonid Pasternak conoció al poeta Rilke en 1899, cuando este viajó a Moscú en compañía de Lou-Andreas Salomé y su marido Friedrich. Fue entonces que realizó este boceto, utilizado para la composición del retrato del poeta, elaborado después de la muerte de Rilke. Colección Familia Rilke-Beyer. Fuente: Wikipedia.
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Literatura

Mi Rilke y sus elegías

La novelista y poeta Myriam Moscona conmemora los 150 años del natalicio de Rainer Maria Rilke (1875-1926) con una meditación personal sobre las Elegías de Duino, obra que indaga en los enigmas espirituales, la introspección en esta vida efímera, así como las posibilidades de existencia entre lo visible y lo invisible. “Algo que caracteriza a las grandes obras literarias es la capacidad de decirnos algo nuevo cada vez que volvemos a ellas”, afirma la escritora1.


Por Myriam Moscona


A Fernando Fernández

Motivo: que mueve o tiene eficacia o virtud para mover.

Como sustantivo: motivo o razón que mueve para algo. 

Teoría de la reflexión: la que explica el cambio de dirección de una onda (como la luz o el sonido) al chocar con una superficie de otro medio.

Motivo:

Se escribe este texto en medio de una mudanza, como constante mudanza fue la vida de Rainer Maria Rilke, poeta de distintas geografías, de distintas cicatrices que se formaron en las fronteras europeas donde nació, así como en los distintos climas y regiones en los que concibió su obra durante el tiempo convulso de su existencia breve.

Teoría de la reflexión:

Lo leí por primera vez en mi juventud. Leí fervorosamente las Elegías. Creí con ingenuidad encontrar en su búsqueda, algo de la mía. Seguí sus huellas. Leí sobre sus amores, seguí su correspondencia, idealicé su espíritu, lo adoré sin límite.

 

La madre de Rilke, apesadumbrada por la pérdida de su primera hija, solía vestir al pequeño René (más tarde, Rainer) como una niña. Praga, 1880. Archivo de Literatura Suiza, Berna.

Rilke en una fotografía de 1882.

 

Motivo:

Hijo de un militar que soñaba con un mundo verticalizado hecho a su manera, Rilke fue hermano de una niña muerta, la primogénita. La madre del poeta, Sophia (Phia), desolada por esa pérdida, vestía a René Karl Wilhelm Johann Josef Maria Rilke como niña. Buscaba a su hija muerta en un niño de siete nombres y de sensibilidad extrema. René Karl (René, renacido, en francés) no tuvo, como puede inferirse, una relación armónica con esa madre que pedía de su hijo una realidad imposible. El resultado fue una relación tirante y un final nada feliz, pues su madre le sobrevivió cinco años.

Teoría de la reflexión:

A diferencia de las ciencias naturales, que buscan explicar los fenómenos, las ciencias del espíritu buscan “vivir” y “comprender” la experiencia interna en relación con lo invisible, con aquello que se percibe, pero no se ve. ¿Y qué otro telón de fondo tienen las Elegías de Duino, sino un acercamiento a la condición de la existencia entre el mundo de lo visible y lo invisible, en el transcurso fugaz de nuestro paso por la Tierra, en nuestra capacidad de introspección? “En ningún lugar habrá mundo, amada, sino adentro”, se dice en la Séptima elegía.

Motivo:

¿Poeta checo? ¿Poeta alemán? Ambas naciones quieren hacer suyo a Rilke. Su infancia se desarrolla en Praga. Después, deja la ciudad y, antes de cumplir los 17 años, regresa. Es una etapa crucial. Inmerso en el umbral del arte, del amor, de sus lecturas cada vez más sofisticadas, de la admiración por otros escritores, Rilke, al separarse nuevamente de Praga unos años después, la evocará en el arco de sus imágenes, en el espíritu de su obra. Buena parte de la crítica alemana lo niega y sostiene que su verdadero espíritu está inmerso en el espacio escritural alemán y que esa raíz resulta inseparable de su poesía. En Relatos de Praga, hay un breve prefacio que comienza con estas líneas:

Este libro es todo pasado. La tierra natal y la infancia –ambas ya lejanas– son su trasfondo. Hoy no lo habría escrito así y probablemente no lo habría escrito, pero en aquel tiempo en que lo escribí me fue necesario […] del pasado solo poseemos aquello que amamos. Y queremos poseer todo lo que hemos vivido.

Teoría de la reflexión:

Durante mi juventud, Rilke aparecía en los muros de mi cuarto como una estrella de rock. Lo leía sin entender gran cosa y ¡cuánto me emocionaba no entenderlo! Para mí, era un médium, el conductor de algo que, por incomprensible que resultara, sabía que depositaba en mí el poder de elevarme a un mundo que percibía inalcanzable. Mi enamoramiento del poeta comenzó a ser brutal. Por eso consumí toda la correspondencia que pude, “para conocerte mejor”, como dijo la bestia. Cartas a la amiga veneciana, Cartas a Benvenuta, Cartas del verano de 1926 –año de su muerte–, cruzadas entre Rilke, Marina Tsvetáieva (quien lo idealizaba más que yo) y Borís Pasternak. Después, las Cartas a Merline, la madre del pintor Balthus; además, todo aquello que pude conseguir sobre su larga pasión por Lou Andreas-Salomé, quince años mayor que Rilke y quien le aconsejó cambiar su nombre a Rainer. Además de los increíbles testimonios escritos de la princesa y mecenas Marie von Thurn und Taxis sobre su poeta protegido. 

Motivo:

Los taxis, palabra que existe en todas las lenguas, se deben a ella. Su familia alquilaba carruajes para llevar a la gente de un lado al otro, los phaetones. A ella están dedicadas las Elegías. “De la propiedad de la princesa Marie von Thurn und Taxis”. Varios poetas mexicanos hemos imitado esta dedicatoria, usando como guiño: “De la propiedad de…”, aunque las traducciones al castellano son muy variadas: “De las propiedades de”, “en posesión de”, “pertenecientes a las propiedades de”, hasta llegar a la sorprendente versión de Juan Rulfo, publicada apenas en 2015, en la que se decidió por la más llana: “Propiedad de la princesa Marie von Thurn und Taxis-Hohenlohe”, añadiendo los años en que se demoró la escritura de las diez elegías (1912-1922). Como si el poeta hubiese escrito una por año. Sabemos que no fue así. Hubo períodos de un referido y doloroso silencio.

 

Retrato de la princesa Marie von Thurn und Taxis, mecenas de Rainer Maria Rilke, en una fotografía de 1902. 

 

Motivo:

Europa en la entreguerra. El mayor desastre hasta el momento. Diez millones de muertos tras la Primera Guerra Mundial. La humanidad está en crisis. Europa hecha trizas. Sin embargo, cuatro proyectiles literarios surgen a la vez. T. S. Eliot publica La tierra baldía en 1922; Joyce, el Ulises, en 1922; Proust, Sodoma y Gomorra, el cuarto libro de En búsqueda del tiempo perdido, en ese mismo año; y, para coronar, al año siguiente, 1923, Rilke publica Elegías de Duino(concluidas un año antes).

Teoría de la reflexión:

Estoy invitada a Udine, la tierra natal de Tina Modotti. Alessia Cassanni, la anfitriona y quien se convertiría, junto con Ana María González, en la traductora al italiano de mi Tela de sevoya, me preguntaba, desde antes de iniciar el viaje, si me gustaría visitar algo más. No dudo en rogarle: “Quiero ir a Duino”. Ella me dice que hará lo posible. Tiene una amiga que nos recibirá a la salida del tren e intentará llegar al castillo antes de que lo cierren a las tres de la tarde. Son las 14 horas con 15 minutos. El camino tiene sus tropiezos. La anfitriona del coche no entiende por qué una mexicana que visita por primera vez esa región no prefiere ir al castillo de Miramar, el castillo de Maximiliano. “Mira, es muchísimo más importante, más hermoso. Tengo un conocido que nos puede guiar. Incluso podría dejarnos en el castillo a deshoras, piénsalo en el camino”. No, no había nada que pensar. ¿Cuántas veces soñé en mi juventud y en mi madurez con ir a Trieste y caminar donde caminó mi entonces idealizado poeta? Llegamos al filo del tiempo. Se nos dice que, en el invierno, solo abren un domingo al mes y es ese domingo, y que tenemos que apresurarnos porque el castillo debe ser desalojado a la hora que se indica. Pregunto si puedo visitar la habitación de Rilke. “No, signora. Mi dispiace, la camera è chiusa”. Me conformo con subir a la cumbre del castillo de Duino, pero antes hay pasillos, puertas que dan al mar, vitrinas con fotos de Rilke, con manuscritos de Rilke, con libros de Rilke, con versiones y versiones de sus libros a varias lenguas, las esculturas, que miro al paso, hermosísimas, pero hay que apresurarse. Finalmente, llegamos a un nicho aterrazado. Salimos. La vista es sobrecogedora, pero el mal tiempo comienza a manifestarse con furia. Alessia me dice: “Tómate bien de los barrotes”. Nunca en mi vida había estado ante la presencia de un viento de tal magnitud. Sonaba como un cuarteto de cuerdas desquiciado. “Es el bora”, me dice Alessia. Estoy asustada porque sé que si me suelto va a ocurrir una desgracia. 

 

Sino porque estar aquí es mucho, y porque parece

que lo que está aquí nos necesita, que esto tan fugitivo

extrañamente nos concierne. A nosotros, los más fugaces. Una vez

cada cosa, solo una. Una vez y no más. Y nosotros también

una. Nunca más. Pero ese

haber sido una vez:

haber sido terrenales, no parece revocable.

“Novena elegía”.

 

Rainer Maria Rilke escribió gran parte de las Elegías de Duino en el castillo de Duino, construido en un acantilado sobre el mar Adriático. Crédito: Fundación Rainer Maria Rilke.

 

Motivo:

Rilke parecía buscar una trascendencia en un mundo que pobló de preguntas sobre sí mismo, sobre el universo y sobre una vasta reunión de enigmas espirituales. Y en ese sentido, solo la mano que escribía parecía ofrecerle, si no una respuesta, sí un tejido que el lenguaje soportaba. La angelología rilkeana es más cercana a la del islam que a la de las otras religiones monoteístas. Es decir, los ángeles no son divinos y su función es transmitir revelaciones, registrar las acciones de los humanos y regular los fenómenos naturales. Asocio esto a una experiencia que relata la princesa Thurn und Taxis en su hermosísimo volumen Recuerdos de Rainer Maria Rilke. Alguna noche comenzaron una especie de juego sobre la planchette, especie de tabletilla que se usaba para las sesiones espiritistas. El juego consistía en una sesión donde se conseguía que un lápiz escribiera automáticamente. Fueron varias sesiones. En una de ellas, Rilke le preguntó a esa voz silente su nombre. “Me llaman La desconocida”, dijo el lápiz. Un buen día, en otra de las muchas sesiones, la Desconocida fue contundente, “Me llaman, me voy”. Y no volvió a aparecer, pero le indicó a Rilke, o así lo interpretó él, a dónde debía seguir su camino. Rilke fue a dar a Toledo y de allí a Ronda. 

 

[…] ¿sientes los ángeles? / Los tiempos susurran como los bosques.

 

Teoría de la reflexión:

Regreso a mi juventud. Los vapores del sueño me marean. Despierto con agitación y no me atrevo siquiera a escribirlo. Recuerdo lo que decía Walter Benjamin: aquel que apenas se despierta sigue aún bajo el hechizo del sueño. “No debemos hablar inmediatamente del sueño, nunca, a nadie. Así evitaremos la ruptura entre los mundos nocturno y diurno. Contar sueños al despertarse resulta funesto porque el hombre, que es a medias cómplice del mundo onírico, lo traiciona con sus palabras y ha de atenerse a su venganza. Dicho en términos más modernos: se traiciona a sí mismo”. Esa jovencita había soñado lo que tardó años en transfigurar. Lo hizo en su cuaderno de notas. 

En el sueño, Rilke me regalaba su ropa vieja y ahora, años después, quizá sea el momento de recordarlo en voz alta. 

 

Rainer Maria Rilke en el jardín del castillo de Muzot, circa 1922, Sierre. Archivo de Literatura Suiza, Berna.

 

Motivo:

Algo caracteriza a las grandes obras literarias. La capacidad de decirnos algo nuevo cada vez que volvemos a ellas. Regreso a las Elegías que se han transformado conforme he cambiado de edad, conforme el tiempo me ha movido. He visto, en la compleja belleza de estas diez elegías, pliegues recién descubiertos, incluso ahora, después de haberme expuesto a ellas tantas veces. Si yo me muevo, se moverán conmigo. Algo que, sin duda, no ocurre con obras de bajo voltaje que se exponen al primer contacto. Bengalas que ciegan a la primera, pero su luz se extingue de tal forma que, al poco tiempo, no les hallaremos más, pues su naturaleza o sus limitaciones son permanecer estáticas. “Son buenas obras solo aquellas que han sido durante mucho tiempo, si no trabajadas, al menos soñadas” (Joseph Joubert).

Motivo:

Las Elegías marcan un hito en la poesía lírica del siglo XX. Y quisiera explicar, desde mi punto de vista, cuál es su aportación mayor. De lo que nos habla Rilke en este conjunto es de la existencia, y lo hace lindando su discurso con la filosofía. ¿Para qué? ¿Por qué vivimos? La pregunta central en la ética de Aristóteles. ¿Y el tiempo? Transcurre y nos arrastra de la vida a la muerte. Tomemos por ejemplo la novena elegía, para mí, una de las más poderosas. 

Comienza preguntándose por el laurel y sus colores, por qué si pudiéramos transcurrir como laurel, es más, como hoja de laurel, para qué ser humanos. Y si ser basta, ¿por qué ser otros que la hoja de un árbol? Este discurso no se hace con argumentos de la filosofía, sino con la fe en el peso de las imágenes que son vehículo para el pensamiento. A menudo más veloz y menos retórico que la exposición de largas disquisiciones.

Manuscrito de las Duineser Elegien (Elegías de Duino), entregado por Rilke a Marie Thurn und Taxis, agosto de 1922. Crédito: Archivio di Stato di Trieste.

 

Páginas interiores del libro Duineser Elegien (Elegías de Duino), publicado por Insel-Verlag, en Leipzig, 1923. 

 

 

 

Y si nos vamos hacia atrás y nos asomamos a lo más conocido de estas elegías, a la primera de todas, y recordamos: “¿Quién si gritara yo me escucharía entre el coro de los ángeles?”. O dicho de otra manera, si yo gritase de dolor, ¿quién podría contener mi sufrimiento? ¿Y para qué sufrir? ¿Por qué no ser la hoja de un laurel que embellece sin congoja?

Enseguida se entra al corazón del poema con esta sobrecogedora estrofa (ya citada):

 

Sino porque estar aquí es mucho, y porque, al parecer,

todo lo de aquí nos necesita, estas cosas efímeras, que de un modo

tan extraño nos incumben. A nosotros, los más fugaces. Cada cosa una vez

una vez y no más. Y nosotros también

una. Nunca más. Pero ese

haber sido una vez:

haber sido terrenales, no parece revocable.

 

No es casual que ese “una vez” busque eco en sus reiteraciones: “una vez y no más” o “una” y “nunca más” o “cada cosa una vez”. En alemán esto es una experiencia auditiva y rítmica de otro orden (no hablo alemán, pero puedo notar las reiteraciones en su partitura). La novena elegía en Rilke equivale a la Novena sinfonía en Beethoven.

Teoría de la reflexión:

¿Cuánto pesa un pedestal? Depende de su tamaño. El mío cayó de un sentón, aunque fue aflojándose poco a poco. Me explico, mientras juegan mis dedos con las pequeñas piedras del deslave. También fue una delicia tenerlo al pie de mi casa y en los muros de mi cuarto de juventud. Allí, en el tiempo en que los ídolos no son cuestionados. Ahora el pedestal ya no tiene al semidiós, pero el poeta sigue intacto. 

Nosotros, / que tan grandes misterios necesitamos, / y para quienes nace / tantas veces del dolor feliz progreso, ¿podríamos ser sin ellos? / ¿Es vana la leyenda que dice que hubo un día en que, llorando a Lino, la Música primera, atreviéndose, traspasó la árida dureza, / al grado de que por vez primera, en el espantado espacio, del cual un joven casi divino / escapó de repente para siempre, el vacío entró / en esa vibración que ahora nos arrebata y consuela y ayuda?

 

Rainer Maria Rilke con el escultor Auguste Rodin.

“Nosotros,

que tan grandes misterios necesitamos,

y para quienes nace

tantas veces del dolor feliz progreso, ¿podríamos ser sin ellos?

¿Es vana la leyenda que dice que hubo un día en que, llorando a Lino,

la Música primera, atreviéndose, traspasó la árida dureza,

al grado de que por vez primera, en el espantado espacio,

del cual un joven casi divino

escapó de repente para siempre, el vacío entró

en esa vibración que ahora nos arrebata y consuela y ayuda?”.

 

Teoría de la reflexión:

Rilke se echaba a las princesas a la bolsa y a la cama, y disfrutaba ser adorado, que la labor de los mecenas resolviera su vida llena de amores a medio cumplir. Fue una mala pareja, un pésimo padre, un mal abuelo y un poeta lleno de leyendas que murió a los 51 años, habiendo escrito su epitafio que parecía anticipar otra de las leyendas: que había muerto por el pinchazo de una espina de rosa.

 En el libro Vidas escritas de Javier Marías, Rilke aparece como un chulo cazafortunas, esperando siempre los favores de la lírica, buscando el guiño de baronesas, condesas, princesas y otras jerarquías de la corte. Rilke a veces era feo, a veces, bello. Sus ojos, hermosos y saltones, su salud siempre comprometida. Viajaba de un lugar a otro, tuvo decenas y decenas de residencias, en castillos, en hoteles, en hosterías, mientras que el único trabajo cotidiano conocido fue ser secretario de Rodin, según Javier Marías, “solo dos horas al día”. Hay testimonios de su aprendizaje en esa época, pero también de un desgaste emocional.

Rilke conquistaba a las mujeres, les escribía cartas portentosas, quedaba de verlas en dos, en tres semanas y llegada la fecha, cancelaba con otra de sus bellas cartas aduciendo que una mujer que lo amara debía de amar su soledad. Y vuelta a empezar y háganle como quieran.

El Rilke que yo idealicé no era de carne y hueso, era el semidiós que podía elevarme como hasta el día de hoy logra hacerlo con su poesía.

Motivo:

De la lejana época en que realicé algunas semblanzas de poetas vivos mexicanos, quisiera recordar a quienes mencionaron a Rilke como figura central de sus lecturas: Alí Chumacero, Tomás Segovia, Ricardo Yáñez, Marianne Toussaint, Juan Bañuelos, Thelma Nava, Enriqueta Ochoa, Eduardo Lizalde, Margarita Michelena, Francisco Hernández, Gloria Gervitz, Jorge Esquinca, Elsa Cross y Homero Aridjis.

Rilke ha estado presente en el lienzo de grandes pintores como Cy Twombly o Vicente Gandía, en diversas películas como Las alas del deseo de Wim Wenders y en diversos lieder. Su poema icónico Pantera fue convertido en un cortometraje de animación; las Cartas a un joven poeta han sido adaptadas al teatro; Los sonetos a Orfeo, escrito de un tirón tras concluir las Elegías de Duino, fueron musicalizados por varios compositores. Menciono solo a dos: Benjamin Britten y Paul Hindemith.

En cuanto a las traducciones al español de las Elegías, quizá la de Juan José Domenchina sea una de las que valdría la pena destacar, además de la sorpresiva versión de Juan Rulfo, apoyada en otras versiones. Una de las menos afortunadas es, en mi opinión, la de José María Valverde, pero todas son encomiables por su alto grado de dificultad. La de Juan Carvajal, publicada por la UNAM, es la que hemos citado para conmemorar vida, tiempo, muerte y trascendencia del poeta lírico. Un planeta verbal, musical y espiritual que seguirá en órbita.

Teoría de la reflexión:

“¡Por fin, por fin, la obra! Las Elegías han concluido”, le escribe Rilke, desde el castillo de Muzot, una torre medieval del siglo XIII, en Suiza, a la princesa Marie Thurn und Taxis. Las Elegías no llevan dedicatoria “porque siempre le han pertenecido a usted”, le expresa en una de sus emotivas cartas.

Los sonetos a Orfeo siguieron en un delirio escritural a las Elegías. Los escribió en un par de rachas creativas de forma inesperada en febrero de 1922. Su objetivo era crear “un templo en el oído” y vivificar mediante el lenguaje el poder transformador de la música y la poesía para crear un espacio interior en la mente del individuo mediante los 56 sonetos. Rilke murió tres años después. Su tumba puede visitarse en Raron, Suiza, muy cerca del castillo donde consideró que el ciclo de las Elegías, su obra mayor, por fin se había cerrado.

 

1 Este texto fue leído en el Festival de Poesía del Seminario de Cultura Mexicana (2025).



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