Teoberto Maler, 'Hombre posando en el Palacio', Xlapak, Yucatán, 1887.
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Artes visuales

Apuntalamientos fotográficos, pormenores de una colección

Mauricio Maillé, gestor y especialista en la divulgación del arte, nos brinda un recorrido por la colección fotográfica de Ricardo B. Salinas Pliego, en la cual encontramos mucho de la complejidad cultural y arquitectónica de México. En esta primera entrega, aborda las fotografías de Désiré Charnay y Teoberto Mahler que documentan la arqueología, la luz y el tiempo de la cultura mexicana, mientras que las fotografías de Guillermo Kahlo y Henry Greenwood Peabody atestiguan el legado histórico del México colonial.

 

 


Por Mauricio Maillé

Coleccionar fotografías es coleccionar el mundo.

Susan Sontag

El misterio del coleccionismo radica en la combinación única de motivaciones individuales que llevan a cada coleccionista a embarcarse en la búsqueda y adquisición de objetos específicos. Cada colección y cada coleccionista dibujan su propia historia y motivaciones personales convirtiendo al arte de coleccionar en un fenómeno fascinante. La pasión por el objeto, la búsqueda del conocimiento, la conexión emocional y la preservación son algunas de las anclas que dan forma a esta rara avis que es el coleccionista. Ricardo B. Salinas Pliego es uno de ellos, un coleccionista apasionado que ha elegido a México como tema central de su obstinación por descifrar, estudiar y entender un país tan rico y complejo como el nuestro, a través de sus obras de arte y objetos históricos. Su interés por reunir en pintura, gráfica, cartografía, ediciones bibliográficas y fotografías una suma de testimonios sobre la historia de México, define una línea muy clara de su pasión por comprender la manera en que se ha venido construyendo nuestro país a lo largo de los siglos.

 

Tomar la decisión de socializar el patrimonio artístico personal de Ricardo B. Salinas Pliego es resultado de un genuino interés por compartir este legado y el conocimiento que de sus obras emana.

 

Su insaciable curiosidad busca llenar los espacios de una biblioteca con nuevos volúmenes que permitan tener una visión más profunda de nuestro país; ampliar su acervo pictórico lo motiva para entender el modo en que los artistas han representado México; estudiar la evolución de la geografía a través de los mapas le permite entender nuestro territorio, y, finalmente, el tema central de este texto, la colección fotográfica que reúne la mirada de cientos de fotógrafos en miles de imágenes sobre México. Todo ello constituye un rico mosaico iconográfico que representa uno de los acervos privados más significativos del arte y la historia de nuestro país. Años de incansable trabajo por perseguir, rastrear y descubrir aquellos tesoros que se buscan sin tregua, piezas que embonen admirablemente con otras de la colección. Integrar una nueva obra en la colección significa una suerte de renacimiento para ese objeto que así podrá construir diálogos con otras piezas.

Conforme una colección crece y evoluciona a través de los años, su cuidado requiere de mayor rigor en su manejo y administración. Un aspecto fundamental en el proceso, desarrollo y manejo de la colección de Ricardo B. Salinas Pliego es cuando deja de funcionar únicamente en el ámbito de lo privado y comienza su vida en el espacio colectivo. Tomar la decisión de socializar el patrimonio artístico personal es resultado de un genuino interés por compartir este legado y el conocimiento que de sus obras emana.

La claridad en definir el rumbo de las adquisiciones ha permitido ir esculpiendo la propia identidad de la colección. Las colaboraciones que se han realizado a lo largo de los años con diversos académicos y especialistas han contribuido a enriquecer las perspectivas y los campos de conocimiento de la colección en general, y de las obras en particular. Es bien sabido que una colección que no es objeto de investigación termina siendo una colección muerta y, por ello, resulta necesario mantener y fortalecer los proyectos al respecto.

He tenido la oportunidad de trabajar con la colección fotográfica en los últimos tres años y su riqueza y particularidad requieren enfrentar responsabilidades y desafíos específicos. Es necesario continuar explorando los derroteros más apropiados para encontrar y garantizar su debido manejo y desarrollo. A continuación, enumero algunos puntos sustantivos para llevar a buen término las mejores prácticas de gestión de tan significativo acervo.

 

La conservación

 

Las tareas de conservación representan la salvaguarda física e intelectual de este patrimonio. Contar con una buena casa para la colección resulta primordial; un espacio con los requerimientos técnicos que permitan las condiciones físicas y medioambientales apropiadas para una conservación adecuada. El personal responsable debe estar capacitado en el manejo y manipulación de los materiales, conocer las diversas problemáticas de las obras e implementar las mejores prácticas para salvaguardarla.

 

La catalogación

 

El extenso número de piezas requiere una base de datos robusta que permita el control intelectual de las imágenes para acceder fácilmente a ellas de manera remota. Una base de datos es un repositorio de información dinámico, en el cual se introduce la información más importante sobre las obras de manera continua: datos de investigación sobre la imagen, el autor, la técnica, el contexto histórico, la ubicación física, los reportes de condición de la obra cuando participa en una exposición, préstamos, restauraciones, medidas y fecha de ingreso a la colección para mencionar algunos de los campos.

 

Désiré Charnay, La Iglesia, Plaza de las Monjas, Chichén Itzá, Yucatán, circa1860.

 

La investigación

 

La investigación detona el conocimiento y las responsabilidades hacia el interior y el exterior de la colección. Hacia adentro, el resultado prioriza las tareas de organización de los acervos de acuerdo con las pautas del trabajo de los investigadores. Hacia fuera, la generación de contenidos permite realizar lecturas críticas en torno a la imagen, así como buscar propuestas innovadoras con temas y autores poco explorados en nuestro país.[1]

 

La divulgación

 

Una colección fotográfica bien conservada, organizada, catalogada e investigada debe también contar con una buena estrategia de divulgación que acerque el trabajo realizado a las audiencias para cumplir cabalmente con la última etapa: el acceso a los proyectos de investigación para el público en general, mediante exposiciones, publicaciones y difusión en medios de comunicación y redes sociales. Una colección dinámica se vincula con las audiencias, lo que le permitirá implementar ejercicios constantes de revisión.

Estas cuatro directrices permiten estructurar el pensamiento y las acciones necesarias para el buen manejo de una colección. Las decisiones colegiadas son relevantes y es recomendable revisar frecuentemente las líneas de investigación para determinar las más apropiadas al fortalecimiento de los objetivos de la colección, así como responder a los proyectos estratégicos de la organización.

 

Désiré Charnay, Plaza de las Monjas, Chichén Itzá, Yucatán, circa 1860.

 

Conformación del patrimonio fotográfico

 

La colección fotográfica reunida por Ricardo B. Salinas Pliego se ha centrado en la imagen de México, salvo algunas obras de otros países que han llegado a lo largo del tiempo por diversos motivos.

Una colección fotográfica bien conservada, organizada, catalogada e investigada debe también contar con una buena estrategia de divulgación que acerque el trabajo realizado a las audiencias para cumplir cabalmente con la última etapa: el acceso de los proyectos de investigación para el público en general.

 

En esta primera entrega, realizaré una descripción de una parte de los acervos más relevantes que define la estructura actual de las obras fotográficas hasta hoy. Esta suerte de taxonomía describe algunos de los principales cuerpos de obra y su importancia dentro de la colección. Asimismo, permite entender cómo se conjugan los autores y sus estilos, técnicas y épocas, y cómo dicho patrimonio adquiere una identidad específica, una fisionomía. Su motivo no es catalográfico sino divulgativo, y busca ofrecer una de las posibles miradas que puede tener un acervo como este.

 

La arquitectura en los orígenes de la fotografía

 

Recordemos a François Arago en 1839, secretario de la Academia de Ciencias de Francia y portavoz del inventor de la fotografía Louis Daguerre, hablar con elocuencia ante el parlamento francés de este invento que cambiaría nuestra manera de ver el mundo. Resulta interesante cómo se expresa de la naturaleza de esta invención, enalteciendo sus virtudes en términos clásicos, refiriéndose a las fotografías como dibujos para convencer a los representantes de la asamblea de su relevancia: “Las pinturas en las que la luz engendra los admirables dibujos del señor Daguerre”. Describe también su rápida y eficaz capacidad para el registro de las antigüedades y considera una de sus bondades la salvaguarda del patrimonio. Y vaya que se cumplió esta promesa; las primeras imágenes de una cámara, más allá de su asombro técnico y exactitud, conservan intactos los objetos retratados, edificios y objetos antiguos, y resultan testimonios invaluables del paso del tiempo.

Cuarenta años antes de esta declaratoria de la invención de la fotografía, Alexander von Humboldt en su viaje por América utilizó el dibujo como método de registro y documentación de sus hallazgos. A partir de esta experiencia, estableció rigurosos lineamientos que determinaron la forma en que los futuros viajeros documentarían e ilustrarían “el nuevo mundo”. Ejemplo de ello es el viaje que realiza a mediados del siglo XIX el fotógrafo húngaro Pál Rosty, quien como tantos otros aventureros retomaría parte del itinerario de Humboldt, y viajó con cartas de recomendación del humanista prusiano, realizando anotaciones de su propia experiencia de viaje. De vuelta en Europa, le obsequió el álbum fotográfico de su viaje que registra, entre otras cosas, un monumental árbol fotografiado en Venezuela, sobre cuyo testimonio surgiría una hermosa reflexión de Humboldt sobre el paso del tiempo:

    El 1 de noviembre de 1858 tuve la gran suerte de poder entregarle personalmente –a modo de homenaje– a Alejandro de Humboldt, lamentablemente ya desaparecido, la copia de mi mencionada colección [que incluía una foto del samán]. Para mi gran contento, el glorioso anciano reconoció al instante el gran samán, que en su juventud, hace ya casi medio siglo, vio y describió; tan viva fue la impresión que causó en el alma del entonces viajero el hermoso árbol, tan admirablemente fiel la memoria del famoso hombre –que ya estaba tan cerca de la tumba– y tan mínimo el cambio experimentado por el árbol gigantesco en cincuenta años.[2]

La relación entre la fotografía y el tiempo es compleja, y ha sido objeto de innumerables disertaciones por historiadores y académicos. Se podría decir que la fotografía es una tecnología que permite registrar la luz y el tiempo en un momento específico, lo que hace que sea una herramienta con propiedades para capturar y documentar la realidad. Esta capacidad para capturar instantes específicos suscita reflexiones sobre la temporalidad de la existencia humana y nuestra relación con el pasado. La fotografía es una suerte de máquina del tiempo que nos permite viajar y acercarnos a cosas o situaciones que de otra manera se habrían perdido. La documentación fotográfica del siglo XIX de la arquitectura del pasado posee una aura particular, donde tanto la memoria de estas edificaciones como las técnicas fotográficas y las copias que han sobrevivido muestran envejecimiento y desgaste. Se crea una suerte de reliquia fotográfica en la que la imagen es la salvaguarda de la arquitectura antigua.

 

Apuntalamientos fotográficos

 

La arquitectura ha definido rasgos fundamentales del devenir humano. A través de estos registros documentales, la fotografía ha ejecutado una suerte de apuntalamiento de la memoria arquitectónica. Las imágenes son portadoras de memoria al revelar edificios que se han transformado, destruido o han sido saqueados a lo largo del tiempo.

Las obras de la colección fotográfica de Ricardo B. Salinas Pliego que responden a esta premisa arquitectónica han aumentado de manera constante. En ocasiones, la adquisición de una colección de imágenes (previamente constituida) de un autor o un tema fortalece significativamente los acervos existentes. Por otra parte, se van sumando obras individuales que enriquecen áreas de la colección de manera específica.

La fotografía de arquitectura se convierte en una de las columnas vertebrales de la colección. En esta primera entrega, veremos el trabajo de cuatro fotógrafos imprescindibles para la cultura visual y la historia de la fotografía de arquitectura en México: Désiré Charnay, Teoberto Maler, Guillermo Kahlo y Henry Greenwood Peabody.

 

El México antiguo

 

En orden cronológico empezaré con una breve descripción de los acervos de dos fotógrafos viajeros que recorrieron nuestro país en los albores de la fotografía en pleno siglo XIX, llevando a cabo la complejísima empresa, física y técnica, para documentar la arquitectura prehispánica en zonas remotas de nuestro país. Las más de doscientas treinta imágenes en diversas técnicas y formatos constituyen dos de los acervos más relevantes de estos autores en nuestro país.

Désiré Charnay (Fleurie, 2 de mayo de 1828-París, 24 de octubre de 1915) es considerado uno de los grandes pioneros de la fotografía en México. Su proyecto fotográfico por el territorio nacional implicó grandes esfuerzos en el despliegue de equipos de trabajo e insumos para llevar a cabo su ambiciosa tarea. Incansable cronista de sus aventuras, escribió varios libros y artículos en revistas europeas y norteamericanas de gran difusión, en los que narró sus periplos por tierras mexicanas. Tuvo una clara conciencia de las virtudes de la fotografía y los medios impresos en el mundo moderno para difundir sus crónicas viajeras y lograr un impacto mediático.

 

Désiré Charnay, Una de las escalinatas de la pirámide Kabul en Izamal, Yucatán, circa 1886.

 

Uno de sus mayores logros fue la documentación detallada que realizó de diversos sitios arqueológicos de nuestro país. Sus fotografías fueron ampliamente difundidas y tuvieron gran impacto en la comunidad arqueológica internacional, lo que contribuyó a la popularización de los estudios en estos temas.

En sus imágenes de la región de Yucatán, como en las de Teoberto Maler, destaca la dramática presencia de la selva que a lo largo de los siglos se apropió de estas construcciones hasta la llegada de los fotógrafos y arqueólogos del siglo XIX. Estos ávidos viajeros, cuyos recursos eran insuficientes, ponían en marcha sus equipos de trabajo para desmontar la maleza y descubrir, durante días de faenas con machete, aquellas piedras en el olvido. La arquitectura aparecía poco a poco, como si la selva fuese una serie de telones que, al abrirse, iban develando el edificio, para después preparar el laboratorio, elegir los mejores ángulos para la toma y montar la cámara sobre su respectivo tripié. Con la sonoridad de la selva y el cansancio acumulado tras días de trabajo, el fotógrafo disparaba y durante varios segundos el lente de la cámara absorbía pirámides, edificios y objetos ceremoniales para plasmarlos en el soporte del vidrio o del papel. Las piedras volvieron a respirar y se convirtieron en imágenes, testimonio impreso, redescubrimiento arqueológico.

 

The Ancient Cities of the New World: Voyages and Explorations in Mexico and Central America from 1857-1882, de Désiré Charnay, Harper & Brothers, Nueva York, 1887.

 

La colección de Désiré Charnay está constituida por 132 imágenes impresas con la técnica de albúmina en diversos formatos; son en su mayoría fotos de ruinas arqueológicas de Oaxaca y el mundo maya. Muchas aparecen en su libro Ciudades y ruinas americanas, México 1858-1861. 

A esta colección mexicana se suma un álbum de 34 imágenes realizadas en 1863 en Madagascar. Charnay formaba parte de una misión diplomática francesa a la isla africana, en un momento en que Francia intensificaba su presencia y control colonial en África. Durante su estancia, realizó un estudio detallado de la cultura y las costumbres del pueblo malgache, y también recopiló información sobre la flora y la fauna. Más allá de la belleza y la calidad estética de estas imágenes, que conforman un álbum de excepcional calidad fotográfica, la lectura crítica que nos corresponde efectuar de los retratos revela una mirada colonialista propia del contexto histórico de la misión diplomática.   

Teoberto Maler (12 de enero de 1842, Roma-22 de noviembre de 1917, Mérida) llegó el 30 de diciembre de 1864 al puerto de Veracruz como cadete de la 1.ª Compañía Pionera del Cuerpo Imperial Mexicano, pues era voluntario del cuerpo expedicionario del archiduque austriaco Maximiliano de Habsburgo, quien, a instancias de Francia, había sido nombrado emperador de México.

Al fracasar el gobierno de Maximiliano en junio de 1867, Maler permaneció como civil en México. Se cree que en la Ciudad de México comenzó su interés por la fotografía. Durante diez años fortaleció sus conocimientos sobre esta técnica, que posteriormente le permitiría ganarse la vida. Por entonces comenzó su recorrido por el territorio mexicano, principalmente por Jalisco, Guerrero, Oaxaca y Chiapas, donde tomó retratos, paisajes y vistas de ciudades. Los retratos realizados en Oaxaca que alberga el museo Peabody en la Universidad de Harvard sugieren que manejó un estudio fotográfico. Dichas imágenes distan mucho de la manera en que Désiré Charnay fotografió a los indígenas de nuestro país. Teoberto se integraba a la cultura local, lo que le permitió una mayor cercanía y empatía con los sujetos fotografiados.

 

Fotografía por Désiré Charnay, El tacon o filanzane en Madagascar, Madagascar, 1863.

 

Será, no obstante, hasta 1877 que dará inicio a su periplo por el mundo maya, el cual definirá el resto de su carrera como fotógrafo. El arquitecto austriaco Hasso Hohmann describió el trabajo de Maler:

Gracias a su formación como arquitecto, Maler tenía habilidad profesional para documentar las ruinas mayas que consideró más interesantes, y lo hizo a través de dibujos, de planos, secciones y vistas. Ni el británico Frederick Catherwood (1799-1854) –como Maler, arquitecto de formación–, quien documentó edificios y monumentos mayas cubiertos de profusos relieves, esculturas e inscripciones 40 años antes que Maler, ni tampoco quienes siguieron sus pasos en el siglo XX, se acercaron a igualarle en su capacidad de observación ni en la precisión de su documentación. Además de la arquitectura monumental, también los detalles más pequeños llamaron su atención.

El exhaustivo registro de Maler de los monumentos mayas se caracteriza por un enorme rigor en su técnica y encuadre de los edificios. La calidad de las copias en platino que se encuentran en la colección de Ricardo B. Salinas Pliego ofrece una invaluable oportunidad para acercarse a un importante testimonio histórico y percibir el enorme esfuerzo que implicó esta iniciativa. A diferencia de aquellas imágenes de Charnay, donde se advierten los edificios aún cubiertos por la selva, Maler, en muchas de sus imágenes, otorga un lugar importante al follaje de la selva previamente devastada, lo que establece una relación dramática entre la naturaleza y las ruinas. Pareciera que un huracán arrasó la selva develando los edificios, que afloran de las entrañas de la maleza después del cataclismo.

 

Teoberto Maler, fotografía de autor desconocido, circa 1895, publicada en la revista Globus.

 

Maler financió la mayor parte de su trabajo gracias a una herencia que recibió de su padre. Merced a ello pudo dedicarse durante largos años a su obsesivo trabajo de documentación de la arqueología del mundo maya. Esto le permitió acercarse en 1898 al museo Peabody de la Universidad de Harvard para recibir financiamiento y continuar sus pesquisas. Los resultados se publicaron en boletines informativos del museo y su trabajo empezó a ser más reconocido internacionalmente. Asimismo, la revista Globus publicó durante varios años diversos aspectos de sus hallazgos del mundo maya.

El acervo de Maler consta de 105 imágenes impresas en platino, que describen la aventura fotográfica de este austriaco por recuperar la memoria de aquellas excelsas piedras labradas que dormían bajo el cobijo de la selva desde hacía siglos. El final de su vida transcurrió en el más profundo olvido y murió a los 75 años, el 22 de noviembre de 1917, en una casa que rentaba en la calle 59, número 619, en la ciudad de Mérida.

 

La herencia colonial

 

La Independencia de México arrojó diversas interrogantes identitarias a la joven nación. La reivindicación de nuestro pasado indígena se convirtió en un estandarte para redefinir nuestra historia milenaria, mientras el legado colonial dormía en el olvido. Sería hasta 1901 que un proyecto editorial norteamericano se erigiría como un nuevo referente de nuestra memoria arquitectónica, sacudiendo a las elites mexicanas:

Sylvester Baxter, un reportero autor de varios libros relacionados con la historia del Southwest norteamericano, elaboró una monografía monumental compuesta por un volumen de texto y nueve tomos de fotografías (realizadas por Henry Greenwood Peabody) intitulada Spanish-Colonial Architecture in Mexico, publicada en 1901. Obra de gran envergadura, revela la riqueza de la herencia española de México, la cual asombró a los norteamericanos cultos de la época. El impacto fue tal que de Estados Unidos procede la revaloración de la arquitectura novohispana en el México del siglo XX.[3]

El ambicioso proyecto editorial sobre arquitectura virreinal, a pesar de su limitado tiraje –125 ejemplares–, no tardó en convertirse en una publicación referencial, y el gobierno de Porfirio Díaz decidiría iniciar un proyecto de documentación de los bienes inmuebles propiedad de la federación, en especial de las iglesias.

Este contexto nos permite abordar la obra de dos autores de la colección Ricardo B. Salinas Pliego, cuyo trabajo se complementa de manera excepcional: Henry Greenwood Peabody y Guillermo Kahlo, que son para la fotografía del arte colonial en México lo que Désiré Charnay y Teoberto Maler para la fotografía de arqueología: autores de referencia.

 

Henry Greenwood Peabody, Fuente del salto del agua, circa 1898.

 

Esta dupla ejecuta su proyecto fotográfico de finales del siglo XIX a principios del siglo XX, acumulando miles de clichés sobre la arquitectura civil y religiosa de nuestro país. Se trata de un registro fotográfico fundamental a lo largo del siglo XX para estudiar la historia de la arquitectura colonial de México. En palabras de Guillermo Tovar y de Teresa, sus imágenes son:

testimonios de un México que heredamos y no hemos sabido conservar material y espiritualmente. La mayoría de las ciudades mexicanas fotografiadas por Greenwood y Kahlo se han ido transformando en un caos urbanístico y arquitectónico que devora esos vestigios y les arrebata su atmósfera y contexto. Ya que los mexicanos de hoy no podemos disfrutar cabalmente de esa herencia, por la obra destructora del siglo XX en sitios y ciudades mexicanas, estas fotografías quedan como huella de una grandeza perdida.[4]

Acercarse como espectador a este universo tan grande de imágenes puede resultar repetitivo, ya que su propósito no era producir imágenes artísticas, sino registrar de manera sistemática un patrimonio arquitectónico en peligro. Olivier Debroise en su Fuga mexicana agrega: “A pesar de su utilidad para la investigación, aburren y desconciertan al observador por su monotonía”[5]. Sin embargo, dentro de estos miles de imágenes destacan algunas cuya composición e iluminación son particularmente bien logradas.

Henry Greenwood Peabody (1855-1951) fue originario de Misuri, EE. UU., y estudió en Dartmouth College. Desde mediados de la década de 1880 consolidó su prestigio como fotógrafo con la publicación de carpetas tanto colectivas como individuales. En 1899 fue invitado a México por el periodista Sylvester Baxter (1850-1927), oriundo de Boston, para familiarizarse con algunas de las principales ciudades del país y levantar un inventario del rico legado arquitectónico español. En la colección hay 112 fotografías, y forman parte de las nueve carpetas de fotografías del libro Spanish-Colonial Architecture in Mexico. Cada una está montada sobre cartón y en la parte trasera tiene comentarios de Sylvester Baxter.

El patrimonio de Guillermo Kahlo (Pforzheim, Imperio alemán, 26 de octubre de 1871-Ciudad de México, 14 de abril de 1941) en la colección de Ricardo B. Salinas Pliego lo conforman 676 fotografías en plata sobre gelatina, realizadas con una cámara de gran formato. Dentro de este grupo, 486 están distribuidas en cinco álbumes y 190 sueltas. Todas forman parte de la encomienda de José Yves Limantour, ministro de Hacienda del gobierno de Porfirio Díaz, iniciada en 1904 para documentar los bienes inmuebles propiedad de la nación, en especial las iglesias. El resultado total de este trabajo fueron más de mil trescientas placas de vidrio.

 

Cuatro proyectos de largo aliento

 

La fotografía posee la capacidad de capturar un detalle del mundo en centésimas de segundos, sin embargo, una característica que vincula a Désiré Charnay, Teoberto Maler, Henry Greenwood Peabody y Guillermo Kahlo es que su trabajo fotográfico sobre la arquitectura en México no fue parte de una sencilla encomienda ni requirió de unos cuantos clics, tampoco se trató de cubrir una nota periodística en donde son necesarias la inmediatez, la objetividad y la capacidad de transmitir una historia en poco tiempo. En las imágenes de estos cuatro fotógrafos habitan miles de días dedicados a la planeación, ejecución y procesamiento de tan vasta empresa creativa. Se trata de cuatro proyectos de largo aliento que les permitió profundizar en su quehacer fotográfico.

Aunque cada fotógrafo tuvo su enfoque y estilo personal, estas similitudes en términos de temática, documentación histórica, contribución al conocimiento, apoyo institucional, innovación técnica e influencia en la percepción de México ayudan a contextualizar sus trabajos y resaltar su importancia en el campo de la fotografía y la representación visual de la cultura mexicana.

 


[1] Dos ejemplos serían los libros La invención de la memoria, fotografía y arqueología en México, que reúne por primera vez un número importante de imágenes que documentan diversos aspectos de la arqueología mexicana; y Anita Brenner, luz de la modernidad, cuya investigación, a cargo de Karen Cordero y Pablo Ortiz Monasterio, arrojó nuevas luces sobre el papel de Anita Brenner en la cultura mexicana.

[2] Memorias de un viaje por América, Pál Rosty, Publicaciones de la Escuela de Historia / Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1968.

[3] Guillermo Tovar y de Teresa, prólogo del catálogo de la exposición Dos miradas a la arquitectura monumental de México: Guillermo Kahlo y Henry Greenwood Peabody, RM, Ciudad de México, 2009. 

[4] Guillermo Tovar y de Teresa, ibid.

[5] Olivier Debroise, Fuga mexicana. Un recorrido por la fotografía de México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Ciudad de México, 1994.

 

 



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