Portada: Autorretrato, litografía de Juan O'Gorman, 1963, Museo Nacional de Arte, Ciudad de México. Juan O’Gorman arquitecto, Un artista muy sutil Con voluntad de albañil, Fue pintor de fio esmero Y poeta tilichero. No hizo casa de cajón Para acumular dinero. Por andar d’enamorao Dándoselas de glotón Se volvió vegetariano Y esquelético marciano. Al infierno fue directo, Hoy reposa en el panteón Con hambre de tiburón. Juan O’Gorman, 1957.
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Artes visuales

Juan O’Gorman, un buen mexicano

Conmemoramos al arquitecto y pintor Juan O’Gorman, a cuarenta años de su muerte, recapitulando su legado con un ensayo de la comunicóloga Sofía Margarita Provencio, sobrina bisnieta del artista, en el que aborda el pensamiento estético, crítico y social de O’Gorman, un hombre complejo que buscó un mejor futuro para México. “Yo prefiero que mi pintura le guste al pueblo más que a la gente que conoce de arte. Es mi actitud servir a la patria dando algo que guste a sus moradores”.


 

 

 Juan O’Gorman, como bien lo muestra en su Autorretrato múltiple (1950), construyó muchas versiones de sí mismo. Más allá de sus talentos como arquitecto y pintor, fue un hombre complejo, cambiante, siempre en proceso, muchas veces contradictorio. Su vida en muchos sentidos fue espejo del contexto en el que creció y se desarrolló como artista: un México posrevolucionario que buscaba reinventarse a través de una supuesta identidad colectiva con bríos de grandeza nacionalista pero carente de una hoja de ruta. Así, un modernismo incipiente dio paso a la historia nacional del siglo XX.

O’Gorman nació en un México radicalmente distinto al que lo vio morir. Siempre dispuesto a modificar y calibrar su mirada, de un joven funcionalista y pragmático, defensor de los valores del socialismo soviético, se transformó en un regionalista empedernido que terminó por afiliarse al partido hegemónico en el poder. Los hitos históricos y múltiples cambios que sucedieron en paralelo a sus 76 años de vida lo influenciaron profundamente. Lo motivaron y apasionaron, también lo provocaron, y finalmente, lo decepcionaron hasta que se quitara la vida en 1982. Un 18 de enero, sin dejar mensaje alguno, tomó una cuerda y se colgó de un árbol en su casa en la calle Jardín en la colonia San Ángel. La decisión fue clara y premeditada. El artista apasionado y arquitecto multifacético, quien nació en plena Revolución mexicana, murió en un último acto transgresor, cansado de la decadencia del mundo que le rodeaba.

La vida de O’Gorman comienza un 6 de julio de 1905 en el barrio de Coyoacán, hijo de Cecil Crawford O’Gorman, inmigrante irlandés quien tuvo a bien casarse con Encarnación O’Gorman, su prima lejana. Encarnación, mejor conocida como Chonita, era descendiente de Carlos Tadeo O’Gorman, el primer cónsul que envió la Corona británica al México independiente de 1923. De tal forma que los hijos de Cecil y Chonita: Juan, Edmundo, Margarita y Tomás se apellidaron O’Gorman O’Gorman.

Autorretrato múltiple de Juan O'Gorman, 1950, Museo de Arte Moderno, Ciudad de México.

 

Juan vivió sus primeros años rodeado del paisaje semidesértico del Bajío, en la ciudad de Guanajuato. Su padre Cecil, químico de formación, había sido contratado para trabajar en la compañía minera El Profeta. Al estallar la Revolución, la vida en Guanajuato se tornó complicada y violenta. La familia O’Gorman O’Gorman decidió regresar a la Ciudad de México, donde en 1913 adquirieron una casa con un gran jardín en el barrio de San Ángel, en aquella época un suburbio. Fue ahí donde transcurrieron los años revolucionarios, a pocas cuadras del cuartel Yaqui, instalado en la plaza de San Jacinto.

Como era de esperarse, Juan y sus hermanos coleccionaron memorias particulares de los años bélicos. Los relatos autobiográficos tanto de Juan como de su hermano, el historiador Edmundo O’Gorman, están llenos de anécdotas de enfrentamientos y encuentros con soldados. Escuchaban las batallas desde la azotea de la casa y posteriormente bajaban a ver qué posible botín habría quedado entre los cuerpos de los vencidos. Juan relata que en momentos de escasez llegaron a comer carne de gato y perro, e incluso en una ocasión se hicieron de una mula que había sido víctima del fuego cruzado. Dentro de la casa, un santuario protegido con una bandera del Reino Unido que colgaba sobre la entrada en símbolo de paz, aquel gran jardín se convirtió en un vergel lleno de hortalizas y verduras. Se implementó un sistema de captación de agua pluvial para fomentar la autosuficiencia. Sin embargo, en temporadas de sequía, continuaban extrayendo agua del río Magdalena; debido a los múltiples cuerpos arrojados al río y las enfermedades que pudieran provocar, Cecil, utilizando sus conocimientos de química, trataba el agua para convertirla casi por arte de magia en potable.

A pesar de no asistir formalmente a la escuela, durante esos años, los niños O’Gorman O’Gorman recibieron una educación estricta de aritmética y literatura. Contaban con una biblioteca formidable y su padre les leía en inglés frecuentemente. En casa vivieron muchos contrastes, las ideologías de sus padres eran muy distintas. Su madre era una mujer piadosa y profundamente religiosa, mientras que su padre era un hombre firme que promulgaba el estricto apego a la ciencia. Juan contaba que mientras su madre los llevaba al sermón de los domingos, su padre les prestaba El origen de las especies de Darwin, insinuando que lo leyeran durante misa. Sin embargo, en medio de todas las diferencias, para los O’Gorman siempre hubo un punto en común: el arte.

Angelita Moreno de O’Gorman, abuela de Juan, le inculcó a temprana edad la curiosidad por la pintura. Le montó su primer “taller improvisado”, el cual surtió de lienzos y materiales; y lo motivó diciéndole que tenía talento
para el dibujo.

Desde pequeño, Juan estuvo expuesto a la pintura y al dibujo. Los muros de la casa de San Ángel los intervino Cecil, quien también era un talentoso pintor y retratista. Igualmente, Angelita Moreno de O’Gorman, madre de Chonita y abuela de Juan, le inculcó a temprana edad la curiosidad por la pintura. Le montó su primer “taller improvisado”, el cual surtió de lienzos y materiales; y lo motivó diciéndole que tenía talento para el dibujo. Años más tarde, Juan afirmaría que su amor por México se lo debía a su madre y a su abuela, y su paleta de color, al primer entorno de su infancia, que describió como “casas pintadas de diversos y vivos colores y cerros pelones, rojos, llenos de cactus verdes y vegetación seca”, en referencia a esos primeros años en Guanajuato.

La familia O’Gorman O’Gorman: Encarnación O'Gorman, Cecil Crawford O’Gorman, Margarita O’Gorman
(al centro), Juan O’Gorman (al centro arriba) y Edmundo O’Gorman (derecha abajo), circa 1909.

 

Sembradas la curiosidad e interés por el arte, el punto de inflexión que selló la gran exploración técnica de O’Gorman fue, asombrosamente, resultado de un encuentro inesperado. La historia cuenta que, con apenas 15 años de edad, Juan era un adolescente bromista. Se colocaba de forma estratégica a un costado de la ruta del tranvía eléctrico que conectaba San Ángel con la ciudad; se escondía detrás de unos arbustos y, al pasar el tranvía, rociaba con agua a los pasajeros por las ventanillas, lo cual le provocaba carcajadas incontrolables. Un buen día, una de sus víctimas, a quien describió como un hombre vestido de gris, con sombrero negro y portador de una carpeta de mano, bajó enfurecido del vagón y persiguió al perpetrador de la travesura. Se llamaba Antonio Ruiz, mejor conocido como El Corsito, pintor y profesor de dibujo, quien se convertiría en el gran maestro de O’Gorman.

Juan O’Gorman de pequeño en su casa de San Ángel, en la calle del Santísimo, circa 1917.

 

Más allá de sus virtudes y atrevimientos estéticos, O’Gorman fue un artista sumamente técnico, utilizando siempre métodos estrictos y complejos. El Corsito fue quien le inició y enseñó el oficio de la pintura. Con él aprendió a hacer pinceles, a curtir la cola, a preparar telas, maderas, papel para pintar con acuarela seca y con temple. Con respecto al temple, le enseñó a moler los colores y a preparar los diversos vehículos de la pintura, así como la preparación de los colores para la acuarela, óleo y encáustica. Se convirtieron en grandes amigos y con los años su relación fue fuente de inspiración importante para O’Gorman. El Corsito, ocurrente y humorístico, pintó su propia interpretación del Autorretrato múltiple. En su versión, el Juan que se encuentra al centro de la pieza es un guajolote que se mira en el espejo, y lo que ve es un pavorreal, burlándose así del ego de su querido amigo.

Entre los libros de Darwin y la obsesión con la teosofía de su padre, el catolicismo de su madre, su encuentro con El Corsito, el éxito creciente del muralismo, la gestión educativa de José Vasconcelos, las demandas revolucionarias y, en general, los múltiples cambios de una ciudad que poco a poco se despedía de sus vestigios rurales, Juan O’Gorman formó su persona mediante contrastes y con la promesa de un futuro distinto para México.

En 1922, ingresó en la Escuela Nacional de Arquitectura. Pese a la insistencia de su padre para que estudiara medicina, O’Gorman estaba decidido a explorar sus capacidades como arquitecto para construir el México del futuro. Los círculos creativos que se formaron en aquella transición histórica tuvieron la tarea de inventar cómo se vería el México moderno. El concepto de nación estaba destruido, la Revolución había evidenciado las enormes diferencias y realidades que se vivían en el territorio nacional, y había una necesidad latente por definir los símbolos y las historias que unirían al país. Era claro que había que caminar lejos de la estética afrancesada del porfiriato, pero no se sabía del todo hacia dónde. Así fue como el propio Estado mexicano, en un proceso de indefinición, favoreció la explosión de propuestas y estilos múltiples que caracterizaron a la primera mitad del siglo XX en México. Todo se valía, mientras ofreciera un camino nuevo.

O’Gorman se obsesionó con la posibilidad de una solución que brindara a la población la oportunidad de construir de manera accesible los espacios que tanto se necesitaban. El funcionalismo, como lo profesaba, al eliminar los acabados caros y laboriosos, y concentrarse únicamente en las necesidades puntuales de la construcción, permitía hacer más con menos.

Mientras estudiaba en la ENA, O’Gorman tuvo sus primeras oportunidades laborales en los despachos de los arquitectos José Villagrán y Carlos Obregón Santacilia. Ambos, siendo profesionistas reconocidos, dieron pie a la transición que dejaba atrás la arquitectura colonial, dominante hasta ese momento en México, adaptándola a las necesidades modernas. Aunque jamás llegaron a los extremos que exploró O’Gorman, a Villagrán y Obregón Santacilia se les considera antecesores del funcionalismo. En 1923, se publica Vers une architecture del arquitecto francosuizo Le Corbusier. El texto circuló en México a partir de 1924, y O’Gorman, así como Juan Legarreta y Álvaro Aburto, asumieron el planteamiento técnico que ahí encontraron, el cual dictaba que “la casa es una máquina para habitar”, suprimiendo las consideraciones estéticas de la arquitectura tradicional e historicista. O’Gorman se obsesionó con la posibilidad de una solución que brindara a la población la oportunidad de construir de manera accesible los espacios que tanto se necesitaban. El funcionalismo, como lo profesaba O’Gorman, al eliminar los acabados caros y laboriosos, y concentrarse en las necesidades puntuales de la construcción, permitía hacer más con menos. Así, vivienda obrera, edificios sindicales, casas estudio y escuelas prefabricadas constituyeron la primera modernidad de O’Gorman.

Carlos Tarditi le dio la oportunidad de realizar sus primeros murales en espacios públicos, específicamente, en tres pulquerías del centro: Los Fifís, Entre Violetas y Mi Oficina.