Música

Variación 33. Beethoven en la Alameda


El monumento a Ludwig van Beethoven, localizado en el lado oriente de la Alameda Central de la Ciudad de México, a un costado del Palacio de Bellas Artes, ofrece uno de aquellos casos paradójicos donde, tras un objeto artístico que nos enorgullece, más bien anidan la ignorancia y cierta apatía.

Cuenta Verónica Zárate Toscano, reconocida historiadora, que como parte de los festejos por el Centenario de la Consumación de la Independencia “el consejo de la liga de ciudadanos alemanes en México, organizó el Día Alemán el 17 de septiembre de 1921. Se realizaron diversos actos que, por supuesto, incluían la interpretación de algunas piezas de Beethoven a cargo de la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo la batuta de Julián Carrillo”. En tal ocasión, “cobijado por la música, el doctor Gustav Pagenstecher, psicometrista que llevaba muchos años residiendo en la ciudad y era miembro de la Academia Nacional de Medicina en México, a nombre de la colonia alemana, hizo entrega del título de donación al pueblo de México de un monumento ‘al genial compositor Beethoven’ ”.

Un més después, el presidente Obregón agradeció el gesto que, siempre de acuerdo a Zárate Toscano, había

encontrado en este país un eco de gratitud y de entusiasmo. De gratitud, porque todo corazón mexicano se muestra sensible a tan delicada y noble prueba de simpatía; de entusiasmo, porque Beethoven, convertido ahora en símbolo de la amistad de dos pueblos, representa para México, así como para el resto del mundo, el tipo egregio de las almas heroicas, sintetizadoras de las alegrías, los sufrimientos y las aspiraciones de la especie humana y verdaderas antorchas en el camino por donde los hombres van hacia el bien y la belleza.

El monumento no fue inaugurado en 1921 –como erróneamente afirman diversas fuentes–, sino que sólo se prometió su donación. La escultura se encomendó al artista silesiano Theodor von Gosen, de la Academia de Artes de Breslau, y para su materialización contribuyó Franz Boker, “conocido integrante de la familia de ferreteros que se había instalado en México durante el Segundo Imperio”.

            En realidad, la escultura sólo se colocó en la Alameda hasta 1927, en el marco del centenario luctuoso de Beethoven. “La nota periodística –sigue Zárate Toscano– que da cuenta de la inauguración del monumento nos da más pistas para comprender la intención de su autor. Dice que Von Gosen, al comprender que ‘el retrato del inmortal compositor no llegaría a expresar su vida espiritual con la fuerza que deseaba, prefirió colocar la idea sobre la figura perecedera y frágil, lo simbólico y general por sobre lo individual’ ”. Así pues, “utilizó dos figuras de más de tres metros de altura, representando la lucha de Jacob con el ángel. La interpretación que se da es que el genio alado significa la ‘redención’ y la otra figura, arrodillada, simboliza el sufrimiento del alma humana, que pugna por salir del abismo y se aferra al ángel que lo llevará a las alturas”. Enmarcada por una pérgola construida por Adamo Boari –hoy desaparecida–, las recientes y oportunas pesquisas de Verónica Zárate nos dejan ver la estatua con renovados ojos y espíritu. ¡Qué orgullo que la Ciudad de México cuente con un monumento semejante!, aunque durante los días que corren el ruido y las obnubiladas miradas de quienes pasean por ahí, apenas se den cuenta de ello.


Liber agradece a Verónica Zárate Toscano habernos proporcionado una copia de su ensayo “A la sombra de Beethoven en la Alameda”, que aparecerá en Bicentenario. El ayer y hoy de México, número 50, diciembre 2020, Instituto de Investigaciones Históricas Doctor José María Luis Mora.

 

 


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