Música

Variación 4. Un monumento a Beethoven: cuatro perspectivas

Dentro de los primeros homenajes a Beethoven, organizado por Franz Liszt, tenemos este texto de Robert Schumman en el que elogia la obra del genio a partir de cuatro voces ficticias: Florestán, Jonathan, Eusebius y Raro.

Monumento a Beethoven en Bonn, grabado a color en madera por Franz Kollarž, a partir de una fotografía de E. Hofmann del Monumento a Beethoven en Bonn del escultor Ernst Julius Hähnel, circa 1890; recorte de un periódico alemán no identificado. Ira F. Brilliant Center for Beethoven Studies, Universidad Estatal de San José, San José, California.

 

En 1835, Robert Schumann participó activamente en uno de los primeros y más significativos homenajes a Beethoven: la erección de una estatua en Bonn que habría de quedar lista en 1837 para señalar los veinte años de su fallecimiento. A tal efecto, Schumann contribuyó de diversas formas, ya en la promoción de la colecta organizada por los ciudadanos de Bonn, ya con la donación de sus ganancias por la publicación de Grosse Sonata von Florestan und Eusebius, mejor conocida como Fantaisie für Pianoforte opus 17. Ni las ganancias de la edición ni la colecta juntaron el dinero requerido. La campaña se pospuso y sólo más tarde, impulsada por Franz Liszt, pudo conseguir su propósito cuando en 1845 se develó la estatua que aún puede admirarse. Para promover la campaña de donaciones, Schumann escribió un pequeño texto polifónico cuyas cuatro voces firmaron sus cofrades imaginarios: Florestán,Eusebius, Jonathan y el Maestro Raro.

“Tu Sinfonía en re menor, Beethoven, y todas tus buenas canciones de dolor (y alegría) no las consideramos suficientemente grandiosas para justificar que te dejemos sin un monumento. ¡Tu homenaje es ineludible!”

***

¡Feliz emperador Napoleón, que duermes tranquilo en la lejanía del océano, cuán afortunado eres que los alemanes no te podemos perseguir con un monumento para conmemorar las batallas que nos ganaste y ganaste con nosotros! Tú, también, te levantarías de la tumba con un palmarés orgulloso, “Marengo, París, el cruce de los Alpes, Simplón”, y el mausoleo caería aplastado ignominiosamente. Tu Sinfonía en re menor, Beethoven, y todas tus buenas canciones de dolor (y alegría) no las consideramos suficientemente grandiosas para justificar que te dejemos sin un monumento. ¡Tu homenaje es ineludible!...

Florestán

***

Si debemos llamar de regreso a alguien desde el limbo, yo propongo al crítico del Allgemeine Musikalische Zeitung que escribió de Beethoven en 1799 (página 151): “Si tan sólo Herr Van Beethoven dejara de negar su verdadero ser, y siguiera el sendero de la naturaleza, podría, con su talento y trabajo, darnos muchas buenas cosas para un instrumento que...”, etcétera.

            Treinta y siete años han pasado y el nombre de Beethoven se ha esparcido como un girasol divino, mientras que el crítico en su ático se ha encogido como una enredadera falleciente. Me gustaría conocer al tipo, sin embargo, y levantar una colecta para él, quizá para salvarlo de morir de hambre…

Jonathan

***

¿No debería una nación entera, a la que creaciones de Beethoven han enseñado patriotismo y grandeza de corazón, levantarle a Beethoven algo mil veces más grande? Si fuera un príncipe, le dedicaría un templo en el estilo de Palladio. Adentro habría diez estatuas. Thorvaldsen y Dannecker no las podrían esculpir todas, pero podrían supervisar las ofrecidas por otros. Nueve de las estatuas representarían las nueve musas y las nueve sinfonías. Clío sería la Heroica; Talía, la Cuarta; Euterpe, la Pastoral, y así sucesivamente, con Beethoven mismo como el Apolo divino. Aquí se reunirían de vez en cuando las gentes de Alemania. Habría concursos y festivales y sus composiciones serían tocadas con la máxima perfección…

Eusebius

***

Sus ideas no tienen asidero. Florestán destruye y Eusebius deja que las cosas se caigan. Es cierto que cuando actuamos en la forma preferida por los queridos muertos, damos la más alta prueba de veneración y gratitud; y Florestán debe conceder  que debemos, de alguna manera, hacer gala de nuestro homenaje, que si no se realiza un inicio, las generaciones posteriores condenarán nuestra indolencia […] Entonces, ¡junten sus fuerzas!

            Que haya colectas en cada terruño alemán, de mano en mano, conciertos, funciones de ópera, audiciones en las iglesias y todo lo demás. […] Y así, que una pirámide o un obelisco prominente proclamen a las generaciones futuras que los contemporáneos de un gran hombre, que atesoraron sus obras por encima de todo lo demás, sabían de su deuda y la señalaron con un símbolo extraordinario.

Raro

Versión de Ricardo Miranda de la traducción al inglés de Fanny Raymond Ritter (Londres, 1877), del texto original Neue Zeitschrift für Musik, 1836. 


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