Bona de Mandiargues, fotografía de Man Ray, 1955.
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Artes Visuales

Bona Tibertelli: la vida como obra de arte

Bona Tibertelli fue una mujer libre y transgresora, afirman la historiadora Adriana Konzevik y la periodista Gabriela Vélez. La obra pictórica y literaria de Bona ha sido poco valorada, pues se han magnificado sus apasionadas relaciones con Octavio Paz y Francisco Toledo. Es momento de mirar su arte surrealista, sus collages [itálicas], su “arte textil reformulado”, y su arte de ruptura y libertad: inventivas para forjarse una vida propia.


He olvidado tu nombre, Melusina,
Laura, Isabel, Perséfona, María,
tienes todos los rostros y ninguno,
eres todas las horas y ninguna,
te pareces al árbol y a la nube,
eres todos los pájaros y un astro,
te pareces al filo de la espada
y a la copa de sangre del verdugo,
yedra que avanza, envuelve y desarraiga
al alma y la divide de sí misma.

OCTAVIO PAZ, Piedra de Sol

Talentosa, libre, provocadora; polifacética, asombrosamente bella, dueña de un potente erotismo, esta artista nacida en Roma en 1926 y fallecida en el año 2000, en París, estrechamente ligada a la vanguardia surrealista europea y a algunos de sus personajes señeros, exploró durante buena parte del siglo XX variados terrenos artísticos como la poesía, la novela, la pintura, el dibujo, la escultura, el collage y el trabajo con fragmentos de textiles. Pero sin duda la principal obra de arte de Bona Tibertelli de Pisis, o de Mandiargues, fue la invención de su propia vida, al rebelarse contra las buenas costumbres y la moral imperante en la sociedad y en los medios artísticos durante la segunda posguerra del siglo XX, época en que la sumisión femenina a la sociedad patriarcal aún predominaba.

Bona consigna en su postrero libro autobiográfico Vivir en la hierba. Infancia temprana, y en Una autobiografía –escrito con Alain Vircondelet en 1977– que a muy tierna edad entendió que la única cosa que de verdad hubiera querido cambiar era precisamente a la que estaba condenada de por vida: su sexo. Amaba a sus cuatro medios hermanos, una chica y tres varones, pero prefería la compañía de estos últimos, cuyo carácter admiraba y buscaba imitar en las interminables tardes de juegos en la maravillosa villa de la Emilia-Romaña que habitaba la familia de Leone y Maria Luisa Tibertelli. Su propio padre, al que amaba, le manifestó que hubiera preferido que fuese hombre, porque el sino de las mujeres era casarse, remendar calcetines y tener hijos. Profundamente humillada por ese pensamiento retrógrado de su progenitor y renuente a aceptar una vida no escogida, y que la limitaba a ser esposa y señora, juró ser capaz de vivirla con libertad y superar los estereotipos. Y sin duda, lo logró.

Hizo a un lado las muñecas, y descubrió, al observar los prodigios que la cocinera servía en la mesa familiar, que ella también quería “servirse de sus manos, hacer cosas”. Ya en sus primeros recuerdos de vida, tan intensos y claros, Bona prefiguró lo que sería su destino, especialmente cuando a sus seis años vio aparecer en la villa familiar a quien definiría su vocación artística. Se trataba de Filippo de Pisis, el tío Pippo, hermano de su padre, elegante y excéntrico personaje que modificó para siempre su manera de ver las cosas.

Pronto la familia habría de dejar la villa y adaptarse a una austera casa en Módena: Bona ya no podría ver al tío pintar en el ático, se separaría del campo, y poco después, al entrar Italia de lleno en la Segunda Guerra Mundial al tiempo que ella pisaba fuerte la adolescencia, habría de esquivar las bombas para asistir a cursos de dibujo. Sin embargo, el golpe más fuerte fue la muerte de su padre, en 1945.

Bona a los 16 años en Módena.

 

La jovencísima Bona entró en un abatimiento profundo de cuyo silencio y retiro sólo conseguiría sacarla la jovialidad del tío Pippo, llegado de Venecia. De Pisis primero fue poeta, pero se relacionó con Giorgio de Chirico, Carlo Carrà y Alberto Savinio, integrantes de la vanguardia pictórica parisina, y una vez instalado en Roma, en 1919, comenzaría a pintar paisajes, escenas marinas, bodegones e incluso algunos esbozos eróticos masculinos. Clasificado como “pintor metafísico”, sus obras se exhibieron dos veces en la Bienal de Venecia. Ese arribo hizo que Bona deseara recuperar el tiempo perdido y alejarse del pasado: la respuesta a todas sus preguntas habría de ser el arte; y ella sería pintora.

Aunque alguna vez se definiría como “autodidacta ignorante”, Bona se formó en el Taller de Arte Venturi de Módena, y luego en la Academia de Bellas Artes veneciana. Adicionalmente, al seguir los pasos de su tío, pronto experimentó con minerales y vegetales acuáticos para intentar componer naturalezas muertas, de manera que gradualmente su manejo de conchas, raíces y algas evocaría influencias metafísicas. Su acercamiento al surrealismo se dio en la espontaneidad, en lo lúdico y en las temáticas; posteriormente elaborará bocetos eróticos con personajes marinos.

A finales de los cincuenta, se advierte ya una estética propia, cuando Bona incorpora el collage (que, se afirma, lo aprendió en México) a su quehacer artístico, y la aguja y las tijeras para crear lo que se dio en llamar “arte textil reformulado”, y luego para expresar una rabia contenida al rasgar tejidos y particularmente los forros de los sacos de quien sería su marido. Al respecto dijo:

“Volteé las chaquetas de los hombres (su caparazón), corté el velo para llegar al corazón de la armadura, la protección. Al hacerlo, creo que sentí algo de placer”.

 

Izquierda: Retrato de mujer de Bona Tibertelli, óleo y tela cosida sobre lienzo. Derecha: Le grand monde
de Bona Tibertelli, montaje con óleo,1954.

.

En dicha década, Bona también estuvo influenciada por el expresionismo abstracto, que priorizaba las pinceladas expresivas y experimentaba con lo orgánico y lo espiritual; Jackson Pollock y Mark Rothko figuran entre sus grandes exponentes, aunque también hubo mujeres como Lee Krasner y Joan Mitchell. Lo cierto es que la obra de Bona, muy poco estudiada y valorada, es luminosa; con toques eróticos, plena de símbolos y signos, y algo de alquimia y esoterismo, como los caracoles o los uróboros, animales que se devoran la cola.

En 1947, conoció en París al poeta y crítico de arte André Pieyre de Mandiargues, su futuro marido. Ella misma contaría que André, amigo de su tío, les había reservado un cuarto en el Hôtel des Saints-Pères. A la artista le impresionó el aspecto del poeta, su pelo ensortijado, sus conocimientos y cultura; y aunque era muy tímido, pronto se encontraron conversando fluidamente en italiano. Por esa misma época, en los cafés donde André Breton y Benjamin Péret regenteaban el cenáculo surrealista, se conocieron Octavio Paz y Pieyre de Mandiargues, quien, nacido en el seno de una familia calvinista, había estudiado literatura y era un apasionado del arte y de la arqueología, en especial de la etrusca.

La obra del hombre con quien Bona se casó en 1950 se caracteriza por una fantasía convulsa y desbordante, y un profundo erotismo. En 1967 por su novela La marge obtendría el Premio Goncourt, posteriormente llevada al cine, como otras suyas; y recibiría en 1979 el Gran Premio de Poesía de la Academia Francesa. Tradujo al francés a Octavio Paz, W. B. Yeats, Salvador Elizondo y Yukio Mishima, y presentó antologías de múltiples artistas, incluida desde luego la de su esposa: Bona, l’amour et la peinture (Skira, Ginebra, 1971), que contiene reproducciones de dibujos, collages y pinturas, y una foto de la pareja tomada por Henri Cartier-Bresson.

Volviendo a la época de los cafés surrealistas, André, amigo de Max Ernst y Leonor Fini, otra maravillosa y subversiva mujer, ícono de la vida artística y social parisina, con quien había tenido una importante relación amorosa –como lo testimonian las 560 cartas que intercambiaron entre 1932 y 1945 y que salieron a la luz muchos años después de su muerte–, presentó a Bona, su novia y luego flamante esposa, a Breton y a la pléyade surrealista. En ese mismo círculo se conocerían ella y Octavio Paz, cuya vida en México estaba llena de problemas, como él mismo decía.

Bona con André Pieyre de Mandiargues en Venecia en 1954. Fotografía de Henri Cartier-Bresson.

 

Paz se enamoró de Bona, de su vitalidad y belleza. A sus 27 años, era admirada por los gurús surrealistas, comenzando por Breton y siguiendo con el poeta Giuseppe Ungaretti, fotografiada en unas imágenes de enorme sensualidad por Man Ray. Una intensa y febril pasión erótica, amorosa y artística, que se prolongaría durante casi una década, envolvió a Paz y Bona, con el conocimiento de sus respectivas parejas. Así lo atestiguan los respectivos ires y venires de los amantes, de sus cartas y escritos, por tres continentes y múltiples ciudades.

El poeta mexicano, ya laureado, con becas y puestos diplomáticos, estaba casado desde 1937 con la lúcida y polifacética Elena Garro, autora de novela, teatro y ensayo histórico, y de una de la obra cumbre de la literatura mexicana del siglo XX: Los recuerdos del porvenir, novela que, se ha dicho, prefigura el realismo mágico. La relación entre Paz y Garro era tortuosa, en gran medida por los celos enfermizos de Paz, cuyas brillantes páginas reflejaban las pasiones y tormentos de su vida real de pareja. Luego de un genuino martirologio conyugal, y ya con una hija, se divorciaron en 1959. Para entonces era un amor fracturado; de hecho, a finales de los cuarenta, cuando Paz y Bona se involucraron en una relación amorosa, Elena, a su vez, sostenía un apasionado amorío epistolar con el también extraordinario escritor argentino Adolfo Bioy Casares, que se prolongó por dos décadas, aun cuando solamente se vieron un par de veces.

La relación de los Mandiargues con Paz no se constriñó a lo amistoso, pues con frecuencia se promocionaron mutuamente en sus respectivos continentes. Así, en 1958, Paz impulsó una exposición individual de Bona en la galería de Antonio Souza, sita en Génova 62, en el corazón de la Zona Rosa. En los lienzos de esa muestra, cuya presentación escribió Paz, ya se apreciaban elementos como tierra, polvo, yeso, y se advertía un tránsito de la figuración a la abstracción. Inaugurada en 1956 con una exhibición de dibujos de Rufino Tamayo, la galería de Antonio Souza era punto de legitimación y difusión de las nuevas tendencias artísticas, y pasarela de la vanguardia artística mexicana y extranjera.

Bona de Mandiargues, fotografía de Man Ray, 1953.

 

Bona había expuesto ya en la galería Berggruen de París, en 1952, así como en la Galleria Il Millione de Milán, en su país de origen. Entre 1959 y 1960 formaría parte de la Exposición Surrealista Internacional EROS en la galería Daniel Cordier, al lado de los más destacados exponentes de dicha corriente. Acompañó la muestra la puesta en escena de La ejecución del testamento del Marqués de Sade, del canadiense Jean Benoît, realizada en la casa de Joyce Mansour. Bona asistió ataviada con un provocativo disfraz, del que más tarde se despojó al efectuar un striptease. Breton remató así el texto que dedicó en 1959 al gran ceremonial de Benoît: “Dejemos pasar al Marqués de Sade ‘a nuestra semejanza’ y reinventado con todas sus facultades por Jean Benoît”.

Volviendo a 1958, Bona y André llegaron a México el 11 de marzo de dicho año con el pretexto de la inauguración y el deseo de conocer el país. Permanecieron cinco meses. Visitaron Taxco, recorrieron la Huasteca rumbo al Tajín, Teotihuacan, Cuernavaca y, por supuesto, la majestuosa capital, su centro histórico, su espléndido Castillo de Chapultepec, reminiscencia de un imperio fallido, y de la mano de Paz conocieron los infinitos vericuetos de una ciudad que tiene muchas ciudades para obsequio del forastero.

Octavio y Bona deciden vivir juntos. Antes de zarpar, ella le regaló el dibujo de una flor-vulva que se convertiría en la ilustración de la portada de La estación violenta.

Paz los presentó con la crema y nata literaria y de la plástica: Alfonso Reyes, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Carlos Pellicer, el coleccionista Álvar Carrillo Gil, Juan Soriano, la pintora Leonora Carrington, a quien André conocía desde antes de la guerra. Les organizó escapadas a la animada vida nocturna de la capital y viajes por el interior del país, a algunos de los cuales fueron los tres, pero en otros, sólo Octavio y Bona. Una noche, en Tecolutla, decidieron vivir juntos. Antes de zarpar, ella le regaló el dibujo de una flor-vulva que se convertiría en la ilustración de la portada de La estación violenta. Divorciados de sus respectivos cónyuges, Bona y Paz se instalaron en París, en 1962; él trabaja en la embajada y se dedica con denuedo a la literatura. En abril de ese año, cuando Paz ya organizaba su traslado con Bona para presentarse en la embajada de México en la India, ella le dice que no irá, que tiene un amante, con quien se irá a Mallorca.

 

Bona con Francisco Toledo en Venecia, 1970.

 

Francisco Toledo, que había llegado a París en 1960 y vivía bajo la protección de su generoso paisano y brillante colega Rufino Tamayo, era el jovencísimo artista zapoteco de quien Bona se había enamorado. Lo había conocido en 1961. Lo presentó con artistas, lo promovió en galerías y aparentemente fue quien le sugirió adoptar la indumentaria blanca y los huaraches de los campesinos oaxaqueños que se convertirían en su emblema; también le pidió a Paz interceder para conseguirle hospedaje en la Casa de México en Francia.

Paz partió desolado a encabezar la embajada mexicana en Nueva Delhi, y a modo de expiación escribió la obra de teatro La hija de Rappaccini. El enorme éxtasis pasional de estos dos grandes es visible en buena parte de los escritos del Nobel. Atento y erudito lector, el ensayista Guillermo Sheridan ha sabido encontrar esas pistas febriles y amorosas en el cuerpo de su obra, sobre todo en su poesía.

Bona regresó perturbada de Mallorca a París y se refugió con André. Suplicó perdón a un Paz atormentado y celoso, y logró que aceptara una posible reconciliación. Acordaron verse el 14 de agosto, y pasaron juntos una semana.

Bona le escribe a Paz que teme a Toledo y que lo extraña; “mi cama se calienta con tu recuerdo”, le dice. Él le sugiere que se refugie en la India. Ella acepta, y Paz se alegra y teme. A finales de enero de 1963, Bona llegó a Nueva Delhi. Al saber que esa visita era decisiva, Paz la planea con primor. Luego de cuatro meses de travesía por Asia y la India, se despiden en Kabul. Él la ama pero la percibe inasible, inaccesible.

Bona quiere volver a la India, pero esta vez Paz se niega y le propone ir en mayo de 1964 a París, donde podrían verse y decidir juntos su destino. Sin embargo, al arribar, se entera de que Bona se irá a Venecia con Pieyre de Mandiargues. Destrozado, una mañana se cruza en la calle con Marie-José Tramini, a quien había conocido en Delhi años atrás. Era el 21 de junio. Marie-José y Paz se casarían en enero de 1966 y permanecerían juntos por el resto de la vida.

En noviembre de 1965, Bona deja nuevamente a André y se va a Juchitán con Francisco Toledo. Al mes, escapa de la violencia y el maltrato de su amante y vuelve a París. Toledo recuerda así su amor: “Tenía apenas 20 años; ella, 35. ¿Qué se puede esperar de un muchachito de esa edad? De madurez, nada… Estuvimos juntos, viajamos. Era 1965 cuando vivió conmigo en Juchitán durante el tiempo que duró la fiesta de la Candelaria. Creo que a partir de esa experiencia escribió un libro: La Cafarde; por mi parte hice un cuadro: Bona en Juchitán, colmado de pescados”. (Angélica Abelleyra, Se busca un alma, Barcelona: Plaza y Janés, 2001.)

En efecto, en Grecia, cuando desempacó su vestido de tehuana y vio las manchas de sangre, Bona comenzó a escribir La Cafarde (1967). En sus memorias recuerda eróticamente a Toledo: “Tu oscuro cuerpo de reptil / Cae como un rayo en la noche blanca de nuestras sábanas”. Además, pintó un retrato salvaje y tormentoso de Toledo con una gemela de ella, La Dame aux chats(1971).

Más allá del intríngulis pasional de estos cuatro grandes artistas, hay varios hechos incontrovertibles: Paz se enamoró de la belleza de Bona, pero también de su inteligencia y sensibilidad artística; y pese al distanciamiento por lo sucedido, Mandiargues fue hasta su muerte amigo de Paz. Lo incluyó en la selección de escritores de la Bibliothèque de la Pléiade y seguramente contribuyó a que se le abrieran las puertas de Gallimard.

El poeta, por su parte, siempre siguió difundiendo la obra de André en español y considerándolo uno de sus mejores amigos. Sin duda, fue por su mediación que en 1956 se publicó el cuento breve “Clorinda”, de Mandiargues, en la Revista Mexicana de Literatura, cuya traductora, aunque no se consigne –apunta Sheridan–, es Elena Garro. Por otra parte, aun cuando Bona, luego de su febril e infortunada aventura con Toledo, regresó con André y tuvieron una hija, Sibylle, Paz siguió promoviendo la obra de ella en galerías mexicanas y bonaerenses.

Pese al poco entusiasmo que el surrealismo había despertado en México durante los primeros años, dicha corriente estuvo presente en la obra de artistas señeros. No está de más recordar los grupos que existían en la capital, luego de la dispersión de los participantes en la exposición de 1940. El primero fue el de la calle Gabino Barreda, conformado por Remedios Varo, Benjamin Péret, Kati y José Horna, Leonora Carrington, Esteban Francés, exiliados, y Gunther Gerzso, mexicano. Eva Sulzer y César Moro integraron el segundo grupo, que se fundó en el sur de la ciudad tras la llegada de Wolfgang Paalen y su entonces esposa Alice Rahon. Hubo otra agrupación, que se relacionaría con las ya existentes, integrada por Bona de Mandiargues, Edward James y Luis Buñuel; pese a que su característica fue la breve estancia en el país de sus miembros, con la excepción de Buñuel, dejaron un rastro indiscutible en el arte.

La ete Ricardo di de Chirico de Bona Tibertelli, acrílico sobre lienzo.

 

Muchos poetas y pintores, surrealistas o no, se rindieron al hechizo mexicano, a sus mitos y vestigios arqueológicos, a su colorido y riqueza cultural; hechizo previo a la visita de André Breton en 1938, entre cuyos frutos se cuenta Souvenir du Mexique, su ensayo impreso en 1939. En cuanto a Yves Tanguy, en su primera muestra pictórica en la Galerie Surréaliste de París, en 1927, alternó obra propia con piezas prehispánicas; Antonin Artaud, por su parte, en su viaje a México en 1936, convivió unos meses entre los tarahumaras y experimentó con los ritos del peyote; mientras que Georges Bataille investigó “la parte maldita” de los sacrificios humanos entre los aztecas.

Su arte es eminentemente curativo, conciliador; y sus creaciones, actos terapéuticos. Desde 1958 abandonó la pintura en favor de asombrosos collages, confeccionados con telas multicolores descosidas y luego despedazadas con tijeras, para sublimar así sus angustias de carencia y separación.

A su vez, Leonora Carrington, antes de pintar el mural El mundo mágico de los mayas para el Museo Nacional de Antropología, convivió una temporada con indígenas del norte de Chiapas, en casa de Gertrude Blom, antropóloga, periodista y fotógrafa suiza que vivió cinco décadas en San Cristóbal de las Casas; Gordon Onslow-Ford vivió oculto en un pueblo tarasco; y Wolfgang Paalen se apasionó a tal punto del arte prehispánico que se convirtió en experto del contrabando de piezas prehispánicas robadas.

Cuando el gallo canta de Bona Tibertelli, colores crayón sobre papel.

 

Edición francesa del libro ¿Águila o sol? de Octavio Paz, ilustrado por Bona Tibertelli.

 

El dominio absoluto o La lubricidad de Bona Tibertelli, collage de tejidos sobre lienzo, 1970.

 

Entre 1952 y 1987, Bona participó en 47 exposiciones, 33 individuales y 14 colectivas, en Francia, Italia, México, Estados Unidos, Japón, Egipto, Bélgica, Suiza. Es autora de seis libros y tres artículos, e ilustró numerosas obras de importantes poetas y escritores de la época; entre ellas, Aigle ou soleil?, la traducción al francés de Águila o sol de Paz. Respuesta a los sufrimientos y pérdidas de la existencia, su arte es eminentemente curativo, conciliador; y sus creaciones, actos terapéuticos. Desde 1958 abandonó la pintura en favor de asombrosos collages, confeccionados con telas multicolores descosidas y luego despedazadas con tijeras por la ira de la artista, que sublima así sus angustias de carencia y separación. Es como si el arte y la literatura de Bona conformaran una función compensadora de deficiencias o distorsiones de una conciencia profundamente maltratada, como lo atestiguan sus internaciones en hospitales psiquiátricos.

Bona murió en 2000, nueve años después de André, fallecido en 1991. Ambos yacen en el cementerio del Père-Lachaise. Una parte de los archivos de la artista se resguardan, junto con los de su marido, en el Institut Mémoires de l’Édition Contemporaine, en la abadía de Ardenne, cerca de Caen, Francia. Otros, muy importantes, como su colección de arte, manuscritos y piezas eróticas, se subastaron en Christie’s.

Durante décadas, surrealistas fueron únicamente los varones, por lo que la búsqueda artística e intelectual de mujeres como Leonora Carrington, Remedios Varo, Frida Kahlo, Leonor Fini, Kati Horna y la misma Bona fue soslayada por la historia, que magnificó, en cambio, su vida pasional y sexual. Prófugas de convencionalismos políticos y religiosos, acudieron en pos de su propia libertad, lo que las transformó en pioneras del feminismo. Esa rebelión, consustancial a la creación artística y al replanteamiento que como mujeres hicieron del surrealismo, proclamaba la libertad de pensamiento. Por ende, Bona fue una mujer libre y transgresora que creó su propia manera de vivir su cuerpo y su sexualidad, su propia manera de relacionarse con los hombres, su propia estética y su propia idea del arte.

 

Artículo escrito por: 

Adriana Konzevik Cabib y Rosa Gabriela Vélez Paz

Adriana Konzevik Cabib es licenciada en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, ha cursado múltiples diplomados y seminarios y ha ocupado diversos puestos en el INAH, el INBA y la SRE. Es autora de Jaime Torres Bodet, iconografía (FCE, 2018); El Palacio Legislativo de San Lázaro (Miguel Ángel Porrúa); Himno nacional mexicano (Miguel Ángel Porrúa); Luces sobre México: catálogo selectivo de la Fototeca Nacional del INAH(RM/INAH); Arte y ciencia. El patrimonio desconocido de la UNAM. (Fundación Cultural UNAM), entre otras. Coordinó múltiples catálogos de arte y es fundadora de las revistas Alquimia y A tu Salud; ha catalogado colecciones históricas, etnográficas y artísticas y realizado guiones museográficos para exposiciones temporales y permanentes.

Rosa Gabriela Vélez Paz es licenciada en Periodismo y pasante de la licenciatura de Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Acreditó el Diplomado de Actualización para el Ejercicio Profesional del Periodismo de la UIA con la tesina La columna política en México. Laboró en las mesas de redacción de La Jornada y Proceso, y realizó entrevistas para El Gallo Ilustrado, de El Día, y para La Jornada. Escribe textos para muestras y libros fotográficos, y con la historiadora Adriana Konzevik es coautora del libro Himno nacional mexicano. Ha laborado para la Gerencia de Producción del FCE y para la Coordinación Nacional de Difusión del INAH e impartido talleres de periodismo y fotoperiodismo.


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