'La Arcadia o Estado pastoral' de Thomas Cole, óleo sobre tela, 1834, New-York Historical Society, Nueva York.
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Música y ópera

Música y naturaleza

Nada más grato que recibir el verano y conmemorar el Día Internacional de la Música con el análisis del musicólogo Fernando Álvarez del Castillo sobre el “amor reverencial” de Beethoven por la naturaleza y la manera en que se expresa en obras como la Pastoral y La gloria de Dios en la naturaleza. La primera, la conocida Sexta sinfonía, tiene influencias de la Gran sinfonía del compositor alemán Justin Heinrich Knecht, cuyas innovaciones técnicas y sonoras se retomarían únicamente hasta el siglo XX.


Por Fernando Álvarez del Castillo

Concebir el arte como una derivación de la naturaleza es aceptar que el poder creativo de esta existe también en el artista. Cada obra de la creación le rinde tributo a la fuerza inconmensurable que la crea. Así como los días y las noches se presentan cotidianamente, obligados por un poder sin límites que les impide ser iguales, la interpretación de una sinfonía nunca volverá a repetirse. Donde la ciencia aún no logra penetrar los insondables misterios de la existencia, la imaginación lo hace con sus sabias narraciones mitológicas. La creación del universo, de los astros, de los elementos y de la vida misma se asemeja al microcosmos humano en el que descubrimos que todo forma parte del todo. La naturaleza es cambio, movimiento, renovación y crecimiento expresados en su propio lenguaje, el más hermoso que los seres podemos experimentar y que al mismo tiempo nos contagia. La música también se alimenta de esas leyes, tan rígidas y flexibles a la vez. Si aceptamos la máxima de Séneca que “todo el arte es una imitación de la naturaleza”, entonces toda la naturaleza es una explosión de belleza. Alimentarnos de ella es tan necesario como respirar. Cuando los humanos nos alejamos del campo y empezamos a vivir en las ciudades, perdimos el contacto con su sabiduría, por ello, en el contexto de lo que Jean-Jacques Rousseau llama “estado de naturaleza”, no resulta extraño que varios compositores activos durante el temprano Romanticismo se inspiraran en temas que vinculan a los hombres con el entorno campirano.

“Nunca conocí a ninguna otra persona que se deleitara tanto con ella y que gozara a tal extremo las flores, las nubes y todos sus elementos. La naturaleza era su comida y bebida cotidianas, parecía, en una palabra, existir solo en ella”.

 

Así describe el pianista y compositor inglés Charles Neate la pasión de Ludwig van Beethoven por la naturaleza, en la que encontraba una panacea capaz de curar todas sus angustias y de proporcionarle la calma y la paz necesarias para recuperar su ánimo creativo. Tras prolongadas caminatas por la campiña vienesa, llenaba su cabeza de ideas que más tarde plasmaría musicalmente en sus magníficas obras. Neate fue uno de los fundadores de la Royal Philharmonic Society –la misma que encargó a Beethoven en 1817 su Novena sinfonía–, y tuvo oportunidad de convivir con él durante 8 meses en 1815; convivencia que lo dejó profundamente impresionado por el amor que le profesaba a la naturaleza.

 

Beethoven componiendo la Pastoral de Franz Hegi, dibujo en color, 1839, Beethoven-Haus, Bonn.

 

Este interés puede encontrarse en algunas de las obras tempranas de Beethoven. Entre 1801 y 1802 compuso la canción o himno Die Ehre Gottes aus der Natur (“La gloria de Dios en la naturaleza”), a partir de un texto del poeta Christian Fürchtegott Gellert, que inicia con las palabras “El cielo alaba la gloria de la eternidad; su rugido proclama su nombre”. Dicha canción forma parte de las piezas dedicadas al conde Johann Georg von Browne, militar ruso benefactor del compositor durante su juventud. Esta breve canción –o quizá debería decir oración–, no deja duda del amor reverencial que Beethoven sentía por la naturaleza, y de la forma en que la ve como una clara manifestación del creador.

Die Ehre Gottes aus der Natur (“La gloria de Dios en la naturaleza”) no deja duda del amor reverencial que Beethoven sentía por la naturaleza, y de la forma en que la ve como una clara manifestación del creador.

 

Contemporánea de la Quinta sinfonía, pero muy diferente en concepto y forma, la Pastoral se estrenó junto con la Quinta, el 22 de diciembre de 1808, en el Theater an der Wien. La Sexta está dedicada a sus benefactores: el príncipe Joseph Franz von Lobkowitz y el conde Andréi Razumovski. El programa la numeraba como la quinta y la presentaba de esta manera: “Sinfoníapastoral, más bien expresión de un sentimiento que una pintura”. Finalmente, cuando la obra se publicó en 1826, su título fue el siguiente: Sinfonía pastoral o Recuerdos de la vida en el campo.

Gracias a los apuntes del músico, sabemos que originalmente se había propuesto escribir una explicación más detallada de cada movimiento; la cual jamás se llevó a cabo y sólo consignó en sus apuntes lo siguiente: “Cualquiera que tenga noción de la vida campirana podrá deducir las intenciones del autor sin necesidad de muchos textos descriptivos”. Aun así, pese a sus dudas, Beethoven proporcionó algunos indicios de un programa, intitulando cada movimiento, pero insistió en el carácter subjetivo de las ideas que se había propuesto expresar mediante el rechazo de toda interpretación pictórica o descriptiva: “Dejemos al oyente el cuidado de descubrir la situación. Toda pintura, en cuanto se lleva demasiado lejos en música, pierde”. Al primer movimiento lo llamó: “Despertar de alegres sentimientos al llegar al campo”. El segundo quedó como “Escena a orillas del arroyo”. El tercero es una “Alegre reunión de campesinos”. El cuarto lo intituló escuetamente “Trueno, tormenta”; y el quinto, que concluye la sinfonía, es “El himno de los pastores en acción de gracias después de la tormenta”. Como antecedentes de la Sinfonía pastoral, a menudo se citan el Himno a la agricultura para coro del célebre clarinetista suizo Jean-Xavier Lefèvre (1763-1829) y las obras de Justin Heinrich Knecht.

La dicha de los pastores interrumpida por la tormenta es una pieza curiosa y original para órgano solo, de carácter descriptivo. No nos encontramos tan lejos de la Pastoral de Beethoven; de hecho, entre las posesiones del genio de Bonn se encontró una copia del método de órgano de Knecht, publicado en 1798.

Compositor, organista y teórico musical alemán, Knecht nació en Biberach an der Riß, Suabia, el 30 de septiembre 1752, diecinueve años antes que Beethoven. Recibió las primeras clases de su padre y continuó su educación en su pueblo natal, con lecciones de órgano, violín y canto. También tuvo una buena educación general. Alentado por el poeta Christoph Martin Wieland –mejor recordado por su poema épico Oberon–, que procedía de un pueblo vecino, se estableció en Weimar, donde Johann Wolfgang von Goethe había cobrado relevancia. Como Wieland, Knecht se vio influido por los gustos artísticos del conde de Stadion-Warthausen, en cuya corte amplió sus conocimientos musicales y conoció la obra de los principales compositores contemporáneos.

Justin Heinrich Knecht por Johann Baptist Pflug, miniatura, circa 1807. (Fuente: Wikipedia).

 

Estudió en una institución colegiada luterana donde entró en contacto con Christian Friedrich Daniel Schubart, quien influyó en sus gustos literarios y musicales al tiempo que lo acercó a la obra de Friedrich Gottlieb Klopstock y a los intereses culturales de la corte de Württemberg, donde Schubart, a causa de sus duras críticas contra el absolutismo, estuvo preso durante diez años.

En 1771 Knecht se convirtió en preceptor luterano, profesor de literatura y director musical en Biberach, ciudad imperial libre hasta 1803, que tenía una rica vida cultural. Organizó conciertos y escribió obras de teatro, además de componer música para estas y de escribir sobre teoría musical.

En 1792 renunció a fin de dedicarse completamente a sus labores como organista y director musical en la iglesia de San Martín, ecléctico templo que permitía el culto de católicos y protestantes. Con la esperanza de obtener un cargo en la corte, ya fuera como compositor o maestro de capilla, en 1806  partió a Stuttgart, pero sus múltiples esfuerzos sólo le granjearon, en abril de 1807, el puesto de director de orquesta, pues los nombramientos de la ópera y la orquesta de la corte los realizaba el rey de Württemberg. Debido a una serie de intrigas, Knecht se vio obligado a abandonar su cargo al cabo de 18 meses, para regresar a su antigua vida como organista en Biberach, donde ejerció hasta su muerte, el 1 de diciembre de 1817.

Las actividades de Knecht como maestro, músico de iglesia y hombre de teatro se reflejan en sus composiciones y escritos. Para el teatro, principalmente en Biberach, escribió óperas, Singspiel y música incidental; para la Iglesia compuso salmos e importantes obras para órgano; mientras que para la academia realizó ocho obras pedagógicas, música de cámara y piezas para teclado.

La dicha de los pastores interrumpida por la tormenta es una escena teatral para órgano solo que sigue criterios estéticos como armonías perfectas, notas claras, estructuras simétricas, delicados cambios de tono, al tiempo que aplica recursos inusuales de expresión (como los que se encuentran en las obras orquestales de la Escuela de Mannheim)[1] a las posibilidades tonales y técnicas del órgano. Probablemente se basó en sus propias composiciones con imitaciones de tormentas escritas para sus obras teatrales. Este hecho explica su inclinación por la expresión dramática. Inspirado en las obras para órgano de Claude Balbastre, los concertos comiques de Michel Corrette y las piezas para clavecín de Jacques Champion de Chambonnières, Knecht conmueve con sus poderosos “cuadros musicales” de batallas, tempestades en el mar y tormentas.

Los truenos, que específicamente señala el compositor en la partitura, anticipan técnicas sonoras que sólo se volverían a utilizar a principios del siglo XX .

 

Un sutil manejo de las posibilidades organísticas describe la aparición de oscuras nubes que anuncian la tormenta y una vez pasada esta, llega la calma bajo un feliz cielo despejado. Los truenos que señala el compositor en la partitura –veinte en total– anticipan técnicas sonoras que sólo se volverían a utilizar a principios del siglo XX.

Compuesta 24 años después, el Retrato musical de la naturaleza o Gran sinfonía es la obra que más se menciona en la literatura musicológica como una importante precursora de la Sexta sinfonía de Beethoven. Pese a ello, hoy día es apenas conocida. El culto a los héroes musicales que dominó la segunda mitad del siglo XIX y una gran parte del XX llevó a una lamentable reducción del repertorio musical, con el sacrificio de obras supuestamente inferiores de grandes maestros, o de obras notoriamente interesantes y representativas de los “maestros menores”, que fueron de gran importancia para la vida musical de su época. Esta limitación ha afectado la comprensión de obras aparentemente bien conocidas pero que hoy se presentan alejadas del contexto musical de su tiempo. No hay obra de arte que sea de generación espontánea, como tampoco hay compositor ajeno a su tiempo. Sin un conocimiento suficientemente amplio del repertorio de cada período, de cada escuela y de cada estilo, el oyente actual difícilmente podrá identificar el lenguaje de una escuela o de una corriente estética y juzgar en su justa dimensión la originalidad y grandeza de una obra maestra como la Sinfonía pastoral de Beethoven.

El Retrato musical de la naturaleza o Gran sinfonía fue compuesta entre 1782 y 1783. Obtuvo los derechos Heinrich Philipp Bossler, quien, curiosamente, editó también las primeras obras de Beethoven. En la primera edición, que apareció en enero de 1785, se encuentra una descripción inusualmente elaborada del programa de la obra. Producto de su tiempo –el apogeo del clasicismo–, no carece de originalidad. Continúa una larga tradición de imitadores de la naturaleza –pájaros trinando, arroyos que murmuran, tormentas, etcétera–, cuyos inicios se remontan a la música europea del siglo XIV. Posteriormente aparecerán Antonio Vivaldi, Georg Philipp Telemann, Joseph Haydn, Leopold Mozart, Luigi Boccherini, Antonio Rosetti y la escuela de Mannheim, hasta llegar al famoso abad compositor Georg Joseph Vogler –dedicatario de la obra–; todos ellos explotaron recursos sonoros representativos o descriptivos de la naturaleza. De todas formas, una obra programática de estas características fue una novedad en la década de 1780.

El Retrato musical de la naturaleza o Gran sinfonía continúa una larga tradición de imitadores de la naturaleza –pájaros trinando, arroyos que murmuran, tormentas, etcétera–, cuyos inicios se remontan a la música europea del siglo XIV.

 

Una comparación entre el Retrato musical de la naturaleza o Gran sinfonía de Knecht y la Sinfonía pastoral de Beethoven revela similitudes que no pueden ser pasadas por alto (cinco movimientos, una tormenta, descripciones campiranas, preeminencia de temas musicales y un himno de acción de gracias, entre otras); y a la vez, permite advertir la genialidad de Beethoven al tratar el mismo tema (la naturaleza) con mayor imaginación y asombrosos recursos técnicos, aunque la sinfonía de Knecht esté muy bien escrita. No debe olvidarse que Knecht la compuso para intérpretes aficionados, con la intención de darse a conocer en el extranjero. De hecho, escribió varias sinfonías programáticas, incluida una basada en el Quijote de Cervantes, por desgracia, perdida, siendo el Retrato la única obra del género que se conserva.

Heinrich Philipp Boßler fue un afamado editor musical, además de ayuda de cámara principesco y grabador en cobre. Editó las primeras obras de Beethoven. Familia tocando el piano de Heinrich Philipp Boßler; grabado en cobre según un dibujo de Viktor Wilhelm Peter Heideloff, Speyer, 1782. (Fuente: Wikipedia).

 

Los cinco movimientos de la Gran sinfonía se suceden ininterrumpidamente, y cada uno está, aquí sí, precedido por una detallada descripción. El primer movimiento representa un hermoso paisaje campirano bañado por un sol brillante; vientos suaves soplan, un pequeño arroyo se desliza por el valle; el trinar de los pájaros acompaña el sonido de una cascada en la montaña. Un pastor toca la gaita, las ovejas retozan y la pastora canta con su dulce voz. En el segundo movimiento, los cielos de mayo se oscurecen. En el ambiente se siente el bochorno que impregna los aires; se apilan nubes oscuras y los vientos empiezan a ulular; a la distancia se escucha un trueno, mientras poco a poco se aproxima una tormenta. El tercer movimiento es la tempestad (en la sinfonía de Beethoven es el cuarto), que irrumpe con toda su furia acompañada por los rugidos de los vientos y una lluvia torrencial, los árboles se mecen y crujen en tanto que las salvajes corrientes crecen y se precipitan furiosamente. En el cuarto movimiento, la tormenta cede gradualmente, las nubes se disipan y se puede apreciar la belleza del cielo azul. Finalmente, en el quinto movimiento –un himno con variaciones–, la naturaleza alza su alegre voz a los cielos para dar gracias al creador con cánticos dulces y felices.

El célebre musicólogo belga François-Joseph Fétis (1784-1871), autor de la Biografía universal de los músicos y bibliografía general de la música, afirma que Knecht anticipó no sólo el esquema general de la Pastoral de Beethoven, sino también algunos de sus paisajes y figuras. Por su parte, George Grove (1820-1900), fundador del conocido diccionario que lleva su nombre, adquirió las particelle de la obra, puestas a la venta por el arqueólogo y filólogo Otto Jahn, y afirmó que los títulos y las similitudes eran fortuitos, lo que resulta muy poco probable.

La música de Knecht es encantadora, de colores pastel, descriptiva hasta cierto punto, y transmite nociones de lo “sombrío” y lo “tormentoso”, así como sentimientos radiantes.

 

La metodología, la brillante instrumentación y el lenguaje estilístico de Knecht pertenecen al estilo de Mannheim, lo que no sorprende, pues conoció y se vio influenciado por este modelo de composición. Su música es encantadora, de colores pastel, descriptiva hasta cierto punto, y transmite nociones de lo “sombrío” y lo “tormentoso”, así como sentimientos radiantes. Hay la debida proporción del clasicismo, pero de lo bucólico, lo festivo o lo humano hay pocos indicios. A diferencia de la concepción de Beethoven, la de Knecht es un paisaje y, más importante, un cielo todavía incontaminado por la Revolución. Es en mucho un estudio en tinte y color, análogo en música al arte paisajístico alemán del siglo XVIII.

Aunque las obras de Knecht no son grandiosas ni profundas, alcanzan niveles inobjetables de calidad académica dentro de los criterios estéticos de su tiempo. Un artista fino, imaginativo y un gran orquestador que realmente merece un mejor lugar en la historia de la música.

Homenaje a Justin Heinrich Knecht en Biberach, grafiti del artista callejero Daniel Schuster (Daschu). (Fuente: página de Biberach an der Riß)

 

Bibliografía:

Anderson,[1]  Keith. Knecht: Le Portrait musical de la Nature (CD) Naxos, 2014.

Grove, [2] George. Beethoven y las nueve sinfonías. Madrid: Altalena, 1982.

Gülke, [3] Peter. Beethoven-Knecht (CD). Arlés: Harmonia Mundi, 2019.

Massin,[4]  Jean y Brigitte Massin. Ludwig van Beethoven. Madrid: Turner, 1987.

The New Grove Dictionary of Music and Musicians, ed. de Stanley Sadie, vol. 12, Londres: MacMillan, 1980.


[1] El célebre historiador y cronista del siglo XVIII Charles Burney escribió que “la orquesta era considerada como la más completa y disciplinada de Europa”. Especialmente bien conocida por el control que tenía de las dinámicas y por realizar efectos novedosos escritos por los compositores residentes. Estos incluían el premier coup d’archet, un ataque de precisión por parte de las cuerdas, y el “cohete de Mannheim”, un arpegio vigoroso en aumento.



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