Pablo Neruda, Londres, 1971. Fotografía: Bertil Dahlgren. Colección de la Biblioteca Nacional de Chile.
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Literatura

Pablo Neruda, hoy y hace 50 años

A cincuenta años de la muerte del poeta Pablo Neruda (1904-1973), conmemoramos su legado literario con estas reflexiones de Ernesto Lumbreras. La obra del premio Nobel (1971) es fundacional y cimera para la poesía hispánica del siglo XX. Gracias a los versos de Neruda, apunta José Emilio Pacheco, “no hay nada en la tierra que no pueda ser colonizado por la poesía”.


Por Ernesto Lumbreras

El derrocamiento del gobierno de Salvador Allende y la muerte del premio Nobel de 1971 fueron asuntos candentes en los medios de comunicación de todo el mundo. El cruce violento entre la historia y la poesía sacaba a la superficie viejas polémicas, discusiones a menudo maniqueas o bizantinas que prácticamente marcaron el siglo XX; pero también, esa colisión que para cierta poética nerudiana era necesaria y apremiante, el hic et nunc del hombre comprometido con su tiempo, invitaba a revisar el legado del poeta en el corto y en el mediano plazo. Incluso ahora, medio siglo después, heme aquí “con tos y mala vista, barajando viejas fotos” [4], leyendo de atrás hacia delante y al revés la estela del autor de Estravagario. Su último libro en vida, Incitación al Nixonicidio y alabanza de la revolución chilena (1973)[5], reactivaba esa ecuación de contingencia histórica en un contexto también dramático como el que tuvo la escritura de España en el corazón (1937). La presencia personal y literaria de Neruda en México fue añeja y fértil, de mutuas correspondencias, atizada por ciertos desencuentros ideológicos, cúmulos de admiradores y revelaciones de una América profunda que apenas había atisbado en su país natal. Su muerte en circunstancias oscuras, según investigaciones recientes, dio lugar para que varios escritores mexicanos recordaran al poeta y valoraran la dimensión y el peso de su legado literario.

Retrato de Pablo Neruda a los 30 años de edad, con dedicatoria autógrafa a Federico García Lorca, fechado en Buenos Aires, 1934. Colección
de la Biblioteca Nacional de Chile.

 

Llegó a la capital del país en calidad de Cónsul General de Chile; pronto fue cobijado por el grupo cardenista con amplia influencia en el flamante gobierno de Manuel Ávila Camacho. Antes de descender la escalinata del barco japonés Racuyo Maru, en Manzanillo, Colima, en agosto de 1940, el prestigio poético de Pablo Neruda –amén del variopinto anecdotario del personaje– lo conocían y reconocían tanto tirios como troyanos del solar nacional. La guerra de estéticas que venía sosteniendo con Juan Ramón Jiménez –a veces traducida tan sólo en un pancracio de egos– al poco de su arribo a México dio origen a algunos zafarranchos. Sus pleitos ideológicos y personales con José Bergamín, el editor en España de Residencia en la tierra, y con Octavio Paz, uno de sus críticos más entusiastas, fueron la comidilla de varios meses. Es verdad que el chileno se había distanciado de la poética de su libro escrito en el Lejano Oriente, del magma metafórico de destrucciones y resurrecciones, derivando en una épica a sotto voce en torno de su país natal –lejos, claro está, de la estridencia épica de José Santos Chocano–, donde aún prevalecía el filón imaginista en un registro más frugal entremezclado con consignas políticas y reivindicaciones sociales.[6]

Pablo Neruda junto a Rubén Azócar, Antonio Roco, Lola Falcón, Poli Délano y Delia del Carril, entre otros amigos, quienes acudieron al aeropuerto a despedirlo cuando viajó a México para asumir el cargo de Cónsul General, 1940. Colección de la Biblioteca Nacional de Chile.

 

Las estancias y los viajes de Neruda en México han sido registrados y estudiados por Marco Antonio Campos, Víctor Toledo y Mario Casasús. Las biografías de Volodia Teitelboim y Edmundo Olivares Briones, esta última para mi gusto la más completa[7], también han marcado los días mexicanos del autor de Crepusculario, detallando sucesos de envergadura en la vida y en la obra de su biografiado. Después de su estancia de 1940 a 1943, el chileno regresará a nuestro país en agosto de 1949 y estará aquí varios meses, convaleciente de una severa tromboflebitis que lo tendrá en cama una larga temporada, pero también, ultimando el original de su Canto general, que dará lugar a la mítica edición diseñada por Miguel Prieto con las guardas de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros[8]. Esta obra se presentó el 3 abril de 1950 en la casa del arquitecto Carlos Obregón Santacilia[9]. La recepción crítica tardó meses en valorar una de las obras más ambiciosas de la poesía en nuestra lengua; vacío roto por el artículo “Neruda, los críticos y el silencio” de Juan Rejano. Poco después de la nota del poeta español, José Luis Martínez hizo una revisión de los mejores libros publicados en el primer semestre de 1950. El veredicto fue el siguiente: “Arte colonial de Manuel Toussaint, calificado como el Libro más notable; La Güera Rodríguez de Artemio del Valle (sic) como el Libro más vendido; rematando con el Canto general de Pablo Neruda, al que curiosamente define como el Libro más inquietante”.[10]

En la década de los cincuenta, la fama del poeta creció de forma desaforada: traducciones en varias lenguas, premios internacionales, recitales con auditorios a tope, ediciones de miles de ejemplares.

Ejemplares y documentos relacionados con la edición original de Canto general pueden consultarse en la Biblioteca Francisco Xavier Clavigero de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. Crédito: Ibero Mx (sitio en línea).

 

Al año siguiente, ya en Europa, Neruda confesaría a Gabriela Mistral en una carta, entre vanidoso y jovial, que su nombre suena en las listas del Nobel según una infidencia del poeta sueco Artur Lundkvist. En la década de los cincuenta, la fama del poeta creció de forma desaforada: traducciones en varias lenguas, premios internacionales, recitales con auditorios a tope, ediciones de miles de ejemplares, sobre todo en Losada, sello argentino que prácticamente inundó librerías y bibliotecas con toda la producción nerudiana, desde sus libros juveniles hasta las obras más recientes. Regresaría a México en 1961, después de una visita a Cuba; una estancia de pocos días que le sirvieron para entrevistarse con el presidente Adolfo López Mateos, pedir la liberación de Siqueiros, otra vez encarcelado, y reunirse con sus amigos entrañables, Wenceslao Roces, César Martino, Enrique de los Ríos… Su último viaje a nuestro país sería en julio de 1966; Juan José Arreola, quien lo trató en 1942 durante una visita a Zapotlán el Grande, rememora aquellos días:

La última vez que lo vi fue en 1966, cuando el rector don Javier Barros me invitó a decir unas palabras sobre Pablo en el auditorio de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, donde este dio su último recital en México. También grabó el disco de Voz Viva de América. En esa ocasión, al salir del auditorio, Pablo me invitó a que lo acompañara en su auto, junto con su esposa Matilde Urrutia, para trasladarnos a la casa de Esperanza Zambrano, madre de mi amigo Javier Wimer, en donde se ofreció un brindis en su honor.[11]   

Oswaldo Guayasamín fue gran amigo de Neruda. Se conocieron en México, en 1943, gracias a la común amistad con Diego Rivera. Este retrato al óleo, realizado por el pintor ecuatoriano, se encuentra actualmente perdido.

Los libros de Neruda circulaban en nuestro país como la obra de un clásico vivo sumamente popular. Por eso, cuando se confirmó la muerte del poeta en la Clínica Santa María de Santiago de Chile, la noche del 23 de septiembre, doce días después del golpe militar, la noticia en México conmovió a la opinión pública, fue un trago amargo para muchos de sus camaradas y lectores. Al día siguiente y en los posteriores, no dejaron de aparecer notas informativas y editoriales tanto en los principales periódicos de la capital como en diarios de otras ciudades del país. Los suplementos y revistas culturales dieron cabida para artículos y ensayos que abordaron la figura y el legado del chileno. El contexto del deceso, cómo obviarlo, enrarecía la atmósfera, invitaba a la apología y a la diatriba política. Pienso que, para este tipo de sucesos, el consejo de W.H. Auden pudo ser útil: “Por las lenguas que se lamentaban / la muerte del poeta fue ocultada a sus poemas”[12]. Cincuenta años después de aquellos furores y melancolías, de aquellas cóleras y lamentaciones, rescato ciertos tributos y aproximaciones a una obra fundacional y cimera de la poesía mundial del siglo XX.

Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Paul Eluard, Ángel Augier, Efraín Huerta y Miguel Otero Silva en el Congreso Continental por La Paz, 1949, Ciudad de México.

 

El artículo-crónica “Poderío de Pablo” de Efraín Huerta, publicado en la Revista de la Universidad de mayo de 1973, está exento de la contingencia del fallecimiento. ¿Intuía el poeta de Los hombres del alba que la tragedia chilena estaba a la vuelta de la esquina por lo que se anticipó a honrar a su amigo y maestro? El más nerudiano de los poetas mexicanos –nunca su imitador, mucho menos su incondicional apologeta– escribirá una amena y picante relación de sus lecturas y encuentros con el creador de las Odas elementales, incluso, anotará dos o tres desavenencias. Antes de saltar a la reivindicación de la poesía impura, Huerta apunta que el mejor ensayo a la fecha escrito sobre el chileno es Pablo Neruda en su extremo imperio de la puertorriqueña Concha Meléndez, luego rememorará algunas anécdotas como aquella en que le dijo que sus versos despreciaban el punto y coma y que abusaban del adverbio “como”; sobre este exceso Neruda salió al quite con esta respuesta a bote pronto: “Yo no lo inventé: lo aprendí en el Cantar de los Cantares[13]. Citará in extenso un divertido abordaje de Virgilio Piñeira a los Veinte poemas de amor y una canción desesperada: “Este librito –primer Ars amandi americano– venía muy a punto. Los poetas tenían cierto pudor de ‘abrirse el pecho’. Pues entonces Neruda devolvió sus fueros al sentimiento y recordó a cada lector: 1) Que tenía un corazón, 2) Que podía llorar sin ruborizarse”[14]. Sacará de su arcón memorioso aquella noche veraniega de 1940 cuando Octavio Paz lo llamó por teléfono para decirle: “Estamos con Pablo Neruda en el bar Alonso, en Motolinía y Cinco de Mayo. Te esperamos”. Muchos años después, venenos de 1964, escribe el Gran Cocodrilo, lenguas maldicientes llenaban los oídos del chileno con el chisme de que Paz conspiraba para que no le dieran el Nobel; por tal razón, nos confía en su crónica, salió a la defensa del amigo y se permite transcribir fragmentos de una carta de su viejo cofrade de la revista Taller:

Y lo que es más infantil, suponer que yo posea influencia sobre los jurados de la Academia Sueca. No conozco a ninguno de ellos. Y ya que toco este tema, debo decirte mi opinión: creo sinceramente que dos escritores latinoamericanos merecen el premio: Neruda y Borges [subrayado de Paz]. Si pienso así ¿cómo podría intrigar con un poeta que admiro? Una admiración, casi es inútil declararlo, que no implica aprobación de todo lo que dice y hace…[15]

Carlos Pellicer y Neruda, circa 1959, Perú.

 

Cuando el poeta de El laberinto de la soledad tuvo noticia del golpe de Pinochet y poco después de la muerte de Neruda, se encontraba en Cambridge, Inglaterra. Los dos escritores se habían reencontrado en 1967 en un festival de poesía londinense; venciendo su respectivo orgullo, se saludaron con cordialidad y conversaron vaguedades sin tocar sus antiguos diferendos. Tres años después el mexicano recibía el libro más reciente del chileno, Las piedras del cielo (1970) con esta dedicatoria: “Octavio, te abrazo y quiero saber de ti, Pablo”[16]. Con esos antecedentes inmediatos, Paz escribe “Los centuriones de Santiago” en el número 25 de Plural correspondiente a octubre de 1973 donde, tras condenar el cuartelazo en Chile y “las complicidades internacionales”, reflexiona sobre la viabilidad del socialismo en un país democrático, los riesgos y los retos de esa transición; también, enuncia y disecciona paralelismos y diferencias entre el golpe de Huerta en 1913 a Madero y el de Pinochet a Allende, para concluir con este párrafo: “Debemos oponer a la originalidad monstruosa pero real de Tirano Banderas la originalidad humana de una política a un tiempo realista y racional. ¿Tenemos una literatura y un arte? –uno de sus principales creadores fue Neruda–. ¿Cuándo tendremos un pensamiento político?”. Ese mismo número de la revista publicó el texto “A propósito del septiembre chileno”, firmado por José de la Colina, y otro más, “Los funerales de Neruda”, sin firma, que prácticamente reproducía la crónica del corresponsal de Le Monde. Números más adelante, en el Plural número 30 de marzo de 1974, Julio Cortázar escribiría un largo y entusiasta ensayo titulado “Neruda entre nosotros”, texto que funcionaba como obituario y tributo: “¿Quién podrá llegar hasta el litoral chileno y a asomarse al Pacífico implacable sin que los versos de la Barcarola vuelvan desde la ya remota Residencia en la tierra, quién subirá a Machu Picchu sin sentir que Pablo lo precede en la interminable teoría de peldaños y colmenas?”.[17]

Pablo Neruda en su casa en Isla Negra, circa 1969. Fotografía: Luis Poirot. Colección de la Biblioteca Nacional de Chile.

 

Eduardo Lizalde, quien en sus mocedades poeticistas vio y desairó al poeta en casa de Enrique González Martínez, escribió un artículo en Revista de Revistas de Excélsior a los p